Millones de toneladas de polvo enriquecido con microorganismos, metales pesados y alérgenos («polvo del Sahara») cruzan cada año el océano Atlántico desde el norte de África hasta las costas de América y el Caribe debido a la intensificación de las sequías y el cambio climático.
Este fenómeno meteorológico, que alcanza su periodo de mayor intensidad durante los meses de verano, avanza impulsado por la Capa de Aire Sahariano (SAL, por sus siglas en inglés), una masa de aire extremadamente seco y cálido que viaja a miles de metros de altura.
Los científicos y organismos internacionales de salud alertan sobre el incremento de los riesgos sanitarios y ambientales asociados a la densidad de estas nubes, cuyas partículas finas son capaces de penetrar en los niveles más profundos del sistema respiratorio humano y debilitar los ecosistemas marinos.
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El proceso de desprendimiento de estas masas de polvo comienza en las zonas áridas del continente africano.
La combinación de una sequedad extrema en los suelos y la acción constante de los vientos alisios eleva las partículas hacia la atmósfera. Según los registros climatológicos, este desplazamiento ocurre principalmente entre las estaciones de primavera y otoño.
Las investigaciones recientes apuntan a que los procesos de desertificación, agravados por la gestión inadecuada de las tierras y las alteraciones climáticas globales, facilitan la suspensión de volúmenes de polvo cada vez mayores.
Tras elevarse, la nube recorre una distancia superior a los 5.000 kilómetros antes de alcanzar las Antillas, el Caribe y zonas de Norteamérica, manifestándose visualmente a través de cielos brumosos, días nebulosos y precipitaciones acompañadas de sedimento.

Una carga biológica y química en suspensión
El principal foco de atención para los expertos en salud pública radica en los componentes que viajan adheridos a las partículas de arena. Lejos de tratarse de polvo inerte, las muestras analizadas revelan una compleja mezcla hongos, residuos de pesticidas, metales pesados como el mercurio e incluso partículas radiactivas de baja intensidad, que constituyen remanentes de los ensayos nucleares ejecutados en el norte de África durante la década de 1970.
Un estudio liderado por científicos de la Universidad de Texas A&M en 2024 detectó material genético perteneciente a más de 100 familias de bacterias y hongos en muestras ambientales recolectadas en la ciudad de Houston durante uno de estos episodios meteorológicos.
De acuerdo con las conclusiones del equipo de investigación, la presencia de minerales como el hierro, el calcio y la arcilla ejerce un efecto protector sobre los microorganismos, resguardándolos de la desecación y de la radiación solar directa, lo que garantiza su viabilidad biológica a lo largo de la travesía oceánica.
A nivel epidemiológico, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) reportó que, si bien el volumen global de polvo experimentó una reducción marginal durante el año 2024, las afectaciones directas sobre la salud de la población y las actividades económicas locales muestran una tendencia al alza.
El incremento del material particulado fino y grueso en el aire deteriora los índices de calidad ambiental de forma inmediata. Los síntomas clínicos recurrentes detectados en las zonas de impacto abarcan la irritación de la garganta, la tos persistente, la congestión nasal y las dificultades respiratorias agudas.
Los datos clínicos confirman una correlación directa entre la llegada de las nubes y la exacerbación de patologías crónicas obstructivas, tales como el asma y la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC).
El impacto del fenómeno se extiende asimismo al entorno marino. Al depositarse sobre el océano, el polvo descarga elementos como el cobre y diversos patógenos que colonizan las estructuras de los corales. Este factor acelera el desarrollo de patologías como el denominado «síndrome blanco», comprometiendo la supervivencia de arrecifes previamente vulnerables debido al calentamiento de las aguas.
Protocolos de mitigación y medidas sanitarias
Frente a la recurrencia de las tormentas de polvo, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantienen activos protocolos específicos de prevención dirigidos a los grupos de mayor vulnerabilidad, entre los que se incluyen niños, adultos mayores, mujeres embarazadas y pacientes con antecedentes respiratorios crónicos.
Las directrices oficiales emitidas por estos organismos internacionales contemplan el uso obligatorio de protección física mediante mascarillas quirúrgicas o pañuelos de tela húmedos para cubrir la nariz y la boca en espacios exteriores.
Ante la presencia de partículas o sensación de cuerpo extraño en los ojos, se aconseja efectuar lavados prolongados utilizando exclusivamente agua potable, hervida o debidamente clorada.
Las autoridades sanitarias recomiendan el resguardo domiciliario y permanecer en el interior de las viviendas mientras persistan las concentraciones densas de polvo en el ambiente. Con el fin de evitar la sedimentación de contaminantes, se debe realizar un control estricto de las fuentes de agua, manteniendo cubiertos de forma hermética los pozos, tanques y depósitos de almacenamiento para consumo doméstico.
Para el mantenimiento del hogar, se prescribe humedecer los suelos antes de proceder a las labores de limpieza o barrido, evitando de este modo la re-suspensión de las partículas acumuladas en las superficies. Finalmente, se insta a los pacientes asmáticos y alérgicos a mantener la disponibilidad inmediata de sus medicamentos de control y rescate prescritos para contener posibles crisis.
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Fuente: AVN
Ciudad Valencia/RN












