Un cuentista de Puerto Cabello: Julio César Guanipa | Marhisela Ron León

Cuento-Puerto Cabello-Julio César Guanipa-El almendrón de las cayenas rojas

Hoy iniciamos la publicación de obras de escritores de Puerto Cabello, principalmente prosistas. En esta ocasión, compartimos una muestra de la narrativa de Julio César Guanipa.

Leer este relato de Julio, “El almendrón de las cayenas rojas”, disparó en mí varias imágenes. De niña usaba unos shorts, una blusita y unos zapatos Kikers grises de trenzas que me apretaban, pero que me gustaban tanto que con ellos caminaba por todas partes, recolectando con una amiguita almendrones secos para golpear la dura cáscara con una piedra grande hasta sacar la semilla, “el maní”.

También regresó el sonido de los rieles: vivía tan cerca de la vía que escuchaba de madrugada el paso del tren de carga y, en varias ocasiones, el de pasajeros.

 

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De las cayenas tengo marcas aún más vivas. Mi mamá las sembraba a lo largo de toda la cerca del patio en la casa de mis abuelos; de aquella cerca y de esas flores guardo la memoria exacta: recuerdo que una vez mi abuela Nicasia agarró una rama de esas matas, le quitó las hojas una por una y, por haberme tardado jugando o salido sin permiso, me dio unos buenos chaparrazos en las piernas mientras con cada uno yo pegaba un brinco.

Hoy la cayena es otra cosa en mi vida: es la flor que casi siempre llevo puesta en el cabello. Esa misma flor que para Pedro en el cuento significaba la promesa del amor y de la espera, en mi cuerpo ha pasado del rigor de la abuela al adorno cotidiano de mi propia identidad.

A continuación, el relato que nos convoca:

 

El almendrón de las cayenas rojas

 

Domingo de Ramos del año 1953.

El viejo autobús avanza ruidoso por el Puente Torres hacia Barquisimeto; el calor hace pesado el día y el viaje promete ser largo. La monotonía la rompen doce guaros caroreños, jóvenes casi todos que viajan a Puerto Cabello a disfrutar de los días santos a orillas de las playas. El resto del pasaje, otros siete pasajeros, viaja a Barquisimeto.

“Por el camino (piensa el conductor) se enderezará la cosa”. Uno de los caroreños alebresta las cuerdas de un cuatro y dos muchachos del grupo comienzan a cantar un tamunangue. Un coro de risas, aplausos y ruido de maracas alegra un poco el ambiente.

En la plaza de las Tres Torres, lugar donde hay un presidio de vieja data, se bajan los siete pasajeros mientras los jóvenes cantores entran en calor entre risas y bromas.

El bus, entre jadeos y crujidos, comienza a reanudar el camino cuando oyen un silbido y un «¡Párate ahí!», además de los pasos de alguien que corre. El chofer aminora la marcha y un hombre sube al estribo, sonríe con timidez y camina hacia un asiento mientras el conductor le pregunta en alta voz:

 

—¿A dónde se dirige el amigo?

El nuevo pasajero responde, aún sonriente:

—Yo me quedo en Urama, antes de Morón.

 

El cuatrista del grupo sigue rasgando las cuerdas del cuatro, soltando los versos del tamunangue. Todo es risa y alegría, un ambiente que no comparte el pasajero recién llegado.

Uno de los jóvenes se da cuenta de ello y, buscando apoyo en el grupo con un gesto, le habla al viajante solitario:

 

—Oiga, amigo, acérquese acá y bébase unos cocuys con nosotros.

No hubo respuesta. El recién llegado no apartaba la vista de la carretera; se notaba triste y pensativo, pero el joven no se rendía y, levantándose de su asiento, fue a sentarse cerca de él y en tono conciliador le dijo:

—Disculpe, señor, ¡na’guará!, no fue mi intención molestarle.

El joven del cuatro y el grupo dejaron la charanga y esperaron en silencio la respuesta del señor.

—No, joven, no me ha molestado. Lo que pasa es que tengo la cabeza ocupada con un poco de cosas y no tengo ánimos de nada.

—Bueno, pues, entonces intégrese para que se distraiga un poco, o cuéntenos; desahóguese.

 

El hombre se volteó hacia el resto del grupo. Eran jóvenes casi todos, el más viejo no llegaba a los treinta años. Suspiró profundamente, fue a sentarse a un asiento más cercano a los cantores y, sin soltar un rápido bolso que llevaba entre las manos con algo de ropa posiblemente, los saludó con una inclinación de cabeza.

El joven del cuatro le calculó unos cincuenta años de edad, canas prematuras, huellas de los años en el rostro, en fin… Carraspeó como buscando las palabras.

 

—Muchachos, yo vengo de las Tres Torres.

Una voz surgió del grupo de jóvenes:

—¿Trabaja ahí?

—No. Estuve ahí veinte años exactos encerrado.

 

Los muchachos se vieron la cara, y el joven que había tomado la iniciativa de invitarlo intervino:

 

—Disculpe, amigo, mi nombre es Rogelio. Yo entiendo que es un poco difícil para usted hablar de eso, pero nos gustaría saber un poco más de su historia.

—Bueno, mi nombre es Pedro. Estuve veinte años preso por matar a un hombre. Eso fue en Canoabo, algo más arriba de Urama. Fue en una pelea de gallos; hubo una discusión y el asunto fue tomando calor. Yo estaba entre el público de apostador y, en medio del corre-corre, el dueño de uno de los gallos agredió a otro gallero; yo salí en su defensa. El agresor era hombre de mucho dinero; empujamos los «cola e’ gallo» y yo le llevé ventaja… El rival quedó tirado en el piso, me hicieron preso, me llevaron a juicio y me echaron encima treinta años. Me encerraron en Las Tres Torres, y allá en Urama quedaron mi mujer y mis tres hijos de cinco, cuatro y dos años. Fue horrible… Mi esposa hacía sacrificios para visitarme.

 

De repente, Pedro enmudeció. El autobús había dejado atrás San Felipe; desde la ventanilla vio pasar la entrada de Marín, tratando de organizar sus ideas.

 

—Bueno, lo cierto es que el tiempo pasaba. Dos, tres, cuatro años, y mi esposa haciendo de tripas corazones para viajar a Barquisimeto. La conversación era casi siempre lo mismo: que por qué lo hiciste, que los niños, la escuela, que los niños solo me recordaban por unas fotos, en fin.

 

De repente, Pedro sonrió y así estuvo un rato con la sonrisa en su boca.

 

—¿Saben? Ella tenía una falda muy bonita, blanca, con cayenas rojas estampadas; era una falda blanca como las que usan las llaneras. Me gustaba mucho verla luciéndola. Un día que vino a visitarme me dijo que la había guardado pa’cuando yo volviera.

 

Entonces, Pedro se encogió de hombros.

 

—Las visitas se fueron distanciando. Me decía que las cosas a veces se ponían duras.

 

Rogelio, el conversador del grupo, intervino:

 

—Bueno, amigo Pedro, no es fácil en situaciones como esas.

—Ya lo creo. Lo cierto es que uno de esos abogados que cachicamean por los penales tomó interés en mi caso, y usando ciertos tecnicismos logró que me rebajaran la condena. Cuando supe eso brinqué de alegría; además, había de por medio mi buen comportamiento. Era mi año número diecinueve y las últimas visitas se habían distanciado con seis meses de por medio.

—¿Fue duro, no?

—Desde luego. Hasta llegué a pensar que mi mujer tenía otra pareja, uno ni sabe. Cuando vi que estaba cerca el día de mi libertad, le envié un mensaje con un señor de Morón que visitaba a un interno pariente de él. Le hablaba de mi libertad —hoy— y de que si aún me esperaban allá, que pegara un retazo de la falda con una cayena a una hoja del almendrón que había al comienzo del camino hacia Canoabo. Si la hoja no estaba allí a mi llegada, yo seguiría de largo.

 

Los muchachos se asombraron. Pedro les había caído bien después de escuchar el relato, y Rogelio exclamó:

 

—¡Caramba, señor Pedro!

—Y bueno, ahí voy.

 

Se hizo un silencio sepulcral en el autobús. Carbonero y Canoabito habían quedado atrás, y el autobús devoraba el camino hacia Urama. Era cuestión de minutos. El conductor comenzó a aminorar la velocidad y unos avisos les anunciaban la llegada a su destino.

Al superar una media curva pudieron observar el pueblo, la vía hacia Canoabo y el enorme árbol de almendrón. ¡En veinticuatro hojas del árbol habían prendido en cada una un retazo blanco con una cayena roja!

A la sombra del árbol, una mujer acompañada de tres jóvenes, tres varones y una jovencita, aguardaba; la mujer lucía una falda blanca con veinticuatro retazos de varios colores donde antes habían estado las cayenas.

Una explosión de alegría llenó el autobús:

 

—¡Pedro, te están esperando!

 

Los jóvenes reían, las mujeres lloraban y todos le daban cariñosas palmadas a Pedro.

…Pedro también lloraba. Al apearse del autobús, el chofer, con los ojos húmedos de lágrimas, le dijo:

 

—Pedro, deje el pasado en manos de Dios. Sea feliz.

 

El bus comenzó a jadear al acelerar mientras Pedro se unía a su mujer y a sus hijos en un abrazo.

 

…

Sobre el autor:

Julio César Guanipa-escritor-Puerto Cabello

Julio César Guanipa Betancourt nació en Caracas en 1946; es el único miembro de su familia no nacido en Puerto Cabello, a donde llegó a los seis meses de edad.
Escribe cuentos y ensayos desde 1966. Lector incansable desde los doce años, mantiene una pasión constante por los libros, alimentada por referentes fundamentales como Ramón Díaz Sánchez y Miguel Otero Silva.

 

 

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Marhisela Ron León-columnas-Desde la orilla 2
Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

Tiene también un libro de narrativa publicado por el CEBAC, producto de sus colaboraciones semanales como columnista del Diario Ciudad Valencia: Desde la orilla (2025).

 

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