El Día de los Muertos se celebra cada 2 de noviembre en países de América Latina, como una forma de rendir homenaje a quienes se han ido de este mundo, con rituales y creencias propias. Pero la historia no queda allí, el culto a los fallecidos tiene otros escenarios de larga data y ubicados geográficamente en países como Egipto, por nombrar alguno, del medio oriente donde existe un tratado exacto y puntual sobre el salto de escenario -después de la muerte- llamado el “Libro de los Muertos” documento de orden teúrgico el cual es un tratado de alta magia.
Para entender el “Libro de los muertos”, primero hay que comprender la visión que tenían los egipcios respecto a la muerte: cuando una persona fallece, se creía que enfrentaba una serie de pruebas para llegar al Más Allá, un lugar placentero, con campos siempre fértiles y sin carencias. Es curioso que, exceptuando estas maravillas, el Más Allá era muy parecido a la tierra, incluso las personas conservaban la misma condición social y necesitaban de objetos materiales para su comodidad.
Para los antiguos egipcios, la muerte no significaba el final de la existencia, sino una transición y el inicio de un viaje hacia la vida eterna. Contrario a la creencia popular de que estaban obsesionados con morir, los egipcios amaban profundamente la vida terrenal. Su complejo sistema de creencias y rituales funerarios estaba diseñado precisamente para preservar esa alegría y negar la mortalidad, asegurando que la identidad del individuo continuara intacta en el más allá.
La Concepción del Alma
Para que una persona alcanzara la inmortalidad, su identidad ontológica no debía desaparecer. Consideraban que el ser humano estaba compuesto por varias partes fundamentales:
El Cuerpo (Het o Hat): La base física que debía conservarse intacta mediante la momificación para albergar los componentes espirituales.
El Ka: La fuerza vital o chispa divina que requería ofrendas de comida y bebida en la tumba para seguir existiendo.
El Ba: La fuerza anímica o personalidad de la persona, representada a menudo como un ave con cabeza humana, que podía viajar entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
El Aj: La entidad brillante y transfigurada en la que se convertía el difunto tras superar con éxito los ritos funerarios.
El proceso de momificación
La preservación del cuerpo era estrictamente indispensable; destruirlo significaba perder toda oportunidad en el más allá (por ello nunca practicaban la incineración). El método tradicional duraba aproximadamente 70 días e incluía los siguientes pasos:
Extracción de órganos: Se retiraba el cerebro y las vísceras. El hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos se deshidrataban y guardaban por separado en los vasos canopos, protegidos por los cuatro hijos de Horus.
Preservación del corazón: El corazón nunca se extraía de forma permanente, ya que los egipcios tenían fe en el cardiocentrismo; creían que allí residían la inteligencia, la memoria y las emociones.
Desecación y vendaje: El cuerpo se cubría con natrón (un tipo de sal natural) durante unos 40 días para secarlo. Después, se lavaba, se ungía con aceites y resinas olorosas, y se envolvía minuciosamente en tiras de lino, intercalando amuletos protectores.
DEL MISMO AUTOR: EL LENGUAJE ESTÉTICO Y EL PENSAMIENTO DEL BOLERO
El juicio de Osiris y el pesaje del corazón
Una vez sepultado con su ajuar funerario (comida, joyas, herramientas y ropa para sus necesidades futuras), el difunto debía cruzar el inframundo guiado por los hechizos del Libro de los Muertos. El punto culminante de este viaje era el juicio ante el dios Osiris.
En la Sala de las Dos Verdades, el dios Anubis colocaba el corazón del fallecido en una balanza, equilibrándolo contra la pluma de Maat (símbolo de la verdad y la justicia cósmica).
Si el corazón era pesado (lleno de pecados): El monstruo (mezcla de cocodrilo, león e hipopótamo) devoraba el corazón, provocando la temida «segunda muerte» y borrando al individuo de la existencia.
Si el corazón era ligero (puro): El difunto era declarado «justo de voz» y ganaba el acceso al Campo de los Juncos (Aaru), un paraíso eterno que reflejaba la perfección de la vida en Egipto, libre de dolor y sufrimientos.
Origen de estas creencias
Los orígenes del Día de los Muertos “en el Hemisferio Sur” se remontan a las antiguas civilizaciones indígenas de México y América Central, como los aztecas y los mayas. Estas culturas creían que la muerte no era el final de la vida, sino más bien un tránsito hacia otro plano de existencia. Para ellos, era una ocasión para honrar a los difuntos y mantener viva su memoria.
En países como Estados Unidos el Día de los Muertos coincide con Halloween, a pesar de que ambas son dos festividades que involucran la celebración de los difuntos, tienen diferencias significativas en cuanto a su origen, tradiciones y enfoque. Halloween tiene su origen directo en el Samhain, una milenaria festividad de la cultura celta.
El vínculo principal: El Samhain
El fin del año celta: El Samhain (celebrado entre el atardecer del 31 de octubre y el 1 de noviembre) marcaba el final de la cosecha, el fin del verano y el comienzo del año nuevo celta, que coincidía con el invierno y la oscuridad.
El velo entre los mundos: Los celtas creían que durante esa noche la línea o el velo que separaba el mundo de los vivos del mundo de los espíritus se volvía muy delgado, permitiendo que las almas de los difuntos y seres de ultratumba cruzaran a la tierra.
Tradiciones heredadas de los celtas
Disfraces y máscaras: Para evitar ser reconocidos o atacados por espíritus malignos que vagan esa noche, la gente usaba máscaras y disfraces hechos con pieles de animales para confundirse con ellos.
Hogueras y protección: Los druidas (sacerdotes celtas) encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus y guiar a las fuerzas positivas durante la transición de estación.
Las linternas (de nabos a calabazas): Aunque hoy se usan calabazas (Jack-o’-lantern), en las antiguas tradiciones celtas de Irlanda y Escocia se vaciaban nabos y remolachas con velas dentro para iluminar el camino y espantar presencias oscuras.
De la cultura celta a Halloween
Con la expansión del cristianismo, la Iglesia intentó sustituir las festividades paganas trasladando el “Día de Todos los Santos” al 1 de noviembre (All Hallows’ Day). La noche anterior (All Hallows’ Eve) se fusionó con los restos del Samhain celta, dando origen con el tiempo a la palabra Halloween y a la mezcla de creencias ancestrales con el folclore moderno.
El Día de los Muertos, celebrado principalmente en México y algunos otros países de América Latina, es una festividad profundamente arraigada en la cultura y la religión. Mientras tanto, Halloween tiene raíces en la cultura celta y se celebra principalmente en países de habla inglesa y se centra más en la idea de ahuyentar malos espíritus y disfrazarse para no ser reconocidos por entidades malignas.
“La festividad del Día de Muertos fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 2003.”
Para esta organización, la celebración por los difuntos representa el encuentro anual entre los pueblos indígenas y sus ancestros, y cumple una función social al reafirmar el papel del individuo dentro del universo social.
Como es lógico la música forma parte del lenguaje social y descriptivo. El compositor francés “Camille Saint-Saëns”, escribió su célebre Danza Macabra (Op. 40) motivado principalmente por la inspiración de un poema de su amigo Henri Cazalis y el deseo de revivir una antigua alegoría medieval.
La pieza musical nació originalmente en 1872 como una canción para voz y piano, pero en 1874 Saint-Saëns la expandió y transformó en el famoso poema sinfónico orquestal que conocemos hoy.
El trasfondo de esta obra se fundamenta en tres pilares:
La inspiración literaria: El poema de Henri Cazalis
Saint-Saëns quedó fascinado por un poema de Henri Cazalis (quien escribía bajo el seudónimo de Jean Lahor). El poema recreaba una antigua superstición francesa: la Muerte aparece en los cementerios a la medianoche de Halloween, toca el violín y hace que los esqueletos salgan de sus tumbas para bailar un frenético vals hasta que amanece y canta el gallo.
El texto incluía versos muy gráficos como «Zig, zig, zag, la muerte al compás golpea una tumba con su talón» o «Se oye el crujir de los huesos de los bailarines», imágenes visuales que el compositor quiso traducir directamente en sonidos orquestales.
El trasfondo filosófico: La muerte como el gran igualador social
Al escribir la obra, el compositor retomó el concepto medieval de la Danza de la Muerte (nacido en los siglos XIV y XV a raíz del horror de la peste negra y la Guerra de los Cien Años). La filosofía detrás de este movimiento artístico era el memento mori («recuerda que morirás») y la idea de que la muerte iguala a todos los seres humanos. En el baile de la muerte no existen jerarquías: ricos, pobres, reyes, campesinos, sabios e ignorantes terminan bailando juntos el mismo destino.
La innovación técnica y la experimentación musical
En la década de 1870, Saint-Saëns formaba parte de la corriente más progresista de la música francesa y buscaba experimentar con la «música programática» (música que cuenta una historia) y con nuevos instrumentos. Escribió esta obra para divertirse y desafiar las convenciones de la época utilizando ingeniosos recursos musicales:
Las 12 campanadas: El arpa toca la misma nota 12 veces para indicar la medianoche.
El violín desafinado: Hizo que el violín solista (que representa a la Muerte) alterara su afinación bajando medio tono la cuerda más aguda. Esto genera un intervalo discordante llamado tritono o diabolus in musica, que en la antigüedad estaba prohibido por considerarse «satánico».
El chocar de los huesos: Introdujo el xilófono, un instrumento sumamente novedoso para la orquesta europea de ese entonces, con el único fin de imitar el sonido seco de los huesos y esqueletos chocando mientras bailaban.
El amanecer: El oboe imita el canto del gallo, rompiendo el hechizo nocturno y haciendo que los muertos regresen corriendo a sus tumbas.
Aunque en su estreno en 1875 la pieza escandalizó y recibió críticas negativas por considerarse «horrible» o «demasiado extraña», gracias al apoyo de su gran amigo Franz Liszt (quien la transcribió para piano solo) se convirtió rápidamente en una de las obras maestras más populares y queridas de la música clásica.
Ejercicio:
Iluminar el espacio físico donde te encuentres, mientras escuchas la obra e invocar la ayuda del Arcángel zadquiel.
Obra: Danza Macabra
Autor: Camille Saint-Saëns (Francés)
Intérprete: Gustavo Dudamel
Teresa Carreño Youth Orchestra Of Venezuela
Angelica Olivo (Violín)
LEE Y COMPARTE:
***

Delfín Martell González es licenciado en Arte, mención Dirección Orquestal, con Maestría en Antropología Cultural, por el Instituto Politécnico de Arte Manuel de Falla, San Juan de Puerto Rico-Puerto Rico. También es productor y conductor de radio y TV, y actualmente conduce el programa radial “Cápsula Sonora” por la señal de la emisora valenciana Arsenal 88.9 FM, así como también el programa «Venezuela en concierto, un tesoro musical», a través de la emisora comunitaria La Voz de los Tacariguas 99.7 FM en el municipio Los Guayos (Edo. Carabobo).
Si quieres ampliar y conocer más noticias como esta, síguenos en nuestras distintas plataformas digitales:
FACEBOOK INSTAGRAM TIKTOK YOUTUBE WHATSAPP TELEGRAM
Ciudad Valencia / RM













