La historia camina con paso de espectro por los pasillos del archivo: no tiene rostro, pero sí perfume, sí temblor. Y allí, entre el papel y el asombro, dos cartas estremecieron al jurado de un concurso en Argentina, hace ya varios años. Las firmaba Antonio Díaz, pero en ellas el viento hablaba como Manuela Sáenz; el amor, como Bolívar; la fiebre, como América.
Decidieron que no podían ser de hoy. Que eran demasiado del alma. Que nacían de un tiempo sin electricidad ni concursos. Las rechazaron como quien niega el sol, porque brilla más que las lámparas. Las creyeron auténticas y, por eso, apócrifas. El Bolívar de esas cartas no era estatua ni decreto: era herida abierta, era susurro sobre el hombro de Manuela.
Bolívar: nombre que sangra
El Bolívar que escribe Antonio Díaz no manda tropas. Se desmanda él mismo en la tinta. Pregunta por qué no basta la gloria, por qué la libertad no tiene casa. Manuela le responde como mujer que ha cruzado el umbral del mito: le habla desde el cuello, desde la rabia, desde la risa que no cabe en los retratos.
El estilo de Díaz no por copia, sino por incendio, por esa forma de escribir como quien descubre un hueso enterrado en la palabra “patria”.
La carta como antorcha
La carta es el lugar donde Bolívar no grita, sino que tiembla. Donde Manuela no interrumpe la historia, sino que la abraza desde la espalda. Antonio Díaz —poeta en cuerpo prestado— invoca no el pasado, sino su sombra líquida. El jurado del concurso la rechazó. Pero ¿puede rechazarse un relámpago?

Preguntas que no buscan respuesta
¿Quién puede decir que Manuela no sigue escribiendo?
¿Quién puede negar que Bolívar se deshace en cada frase bien dicha?
¿Quién dicta qué estilo pertenece a quién, cuando el lenguaje es el único país sin fronteras?
Aquí, lector, te dejo esta columna como piedra en el río: léela despacio, y si el agua se detiene, quizás sea que Manuela volvió a responder.

Cartografía del ardor (voz de Manuela)
En la boca del cañón quedó mi nombre rozando el tuyo.
Te miré como se mira al relámpago: sin pestañear.
Mi cuerpo, una patria por invadir, y tú, con la mirada hecha sable,
me liberaste.
Ahora soy sombra de tu sombra, piedra que sangra cuando pronuncian “Simón”.
JLTB
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Las cartas (Antonio Valentín Díaz B.)
Excelentísimo señor
Don Simón Bolívar
Sus manos.
Antes de expresar cualquier palabra, le ruego excusar mi atrevimiento al escribirle sin que usted siquiera me conozca. Pido a Dios que usted me recuerde, pues jamás —en todo lo que tuve por vida— mi cuerpo había experimentado sensaciones tan extrañas y agradables como las que sentí al encontrarse nuestras miradas. Permítame decirle que aquel balcón no era suelo para mí; me sentí en el cielo, flotando. Por ese instante, comprendí el verbo levitar.
Créame, excelentísimo señor, y le suplico no me considere desquiciada ni, mucho menos, ligera, pero yo necesito hablarle, verle… y que usted también me vea. Necesito vivir la libertad que trajo su presencia. Quisiera tener un puesto, aunque sea ínfimo, en sus caminos. Quisiera ser apenas un rayo de sol que ilumine sus mañanas.
Quisiera que me entendiera. No sé cómo pude pasar tanto tiempo muerta en vida. Nunca existí —jamás— hasta el momento en que usted cruzó frente a mi mirada. Considere, por favor, que hay ahora un nuevo soldado entre sus tropas, una nueva alma alimentada de sed de justicia, persiguiendo verdades tras la suya. Renuncio, desde ese instante, a lo que llamé vida: a mi familia, mis creencias, mis antiguos ideales.
Si considera inapropiada la presencia de una mujer entre sus tropas, le ruego me considere un hombre. Pero sepa que ese hombre lleva dentro una gran mujer. Y esa mujer aún necesita alimentar las miradas de aquel primer encuentro, acrecentar aquel calor que casi hizo erupcionar mi cuerpo. Y, más que todo eso, necesita sentirse de usted… suya, como de nadie quise ser jamás.
Por último, hágame saber cuándo partimos. Mi valija está lista para comenzar una nueva vida que ya no es mía…
Desde ya suya,
Manuela

Amadísimo Señor
Don Simón Bolívar:
Antes de decirle otra palabra, debo confesarle que estoy sacando fuerzas de donde no las hay para expresarle que no encuentro justificación alguna para seguir caminando por este sendero tan vasto, con esta soledad tan fría que ahora invade mi desgarrado cuerpo. Quisiera gritar, aunque no sé a quién, que ya no necesito de mi vida. Quisiera volver a tener fe, aunque fuera por un momento, para fulminar lo que queda de mí.
Créame que no quiero ver luz. Cerraré todas las ventanas de mi vida para no sentir brisas que se lleven sus recuerdos. No quiero llorar, para no borrar de mis mejillas el contacto de sus labios. No quiero ni siquiera ver, para no desvanecer de mis ojos la presencia de su imagen, Señor.
¿Cómo decirle que mi molestia es más grande que yo? ¿Cómo expresarle que no quiero dar un paso más si no es para emparejarme con los suyos? ¿Por qué no me esperó para acompañarle en ese camino tan oscuro? ¿A quién rogarle que me abra una puerta para encontrarle? ¿Por qué, si le entregué mi vida, ahora me la deja? Créame, no sé qué hacer con ella. Ya ni yo misma me reconozco.
Ya no puedo dar más. De ahora en adelante comenzaré a caminar sin rumbo, atravesando caminos, elevando quejidos, quebrando lo que queda de mi cuerpo, desgarrando mis venas con las espinas de este dolor que ya no soporto, regando a mi paso mi sangre —que es también la suya— para que reverdezcan los pastos a mi paso, para que adornen mi rumbo hacia el suyo. Le ruego que no aparte su vista de la mía, que estoy tan cerca como en el primer instante.
No se moleste. Ya no hay riesgo en su camino, ni peligro de que el mío lo interrumpa. Siga con calma y con contento, que lleva a su lado mi sombra —aún no del todo mía— porque ahora también soy suya, como siempre lo fui.
Gracias por la más bella vida… y por comenzar ahora a gozar conmigo la de muerte.
Manuela
***

José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.
Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.
Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales.
Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación.
Escribe como quien borda, con barro en los pies
cielo en la lengua, fuego en la voz,
con oído de calle y pulso de viento.
Poeta que escucha lo que otros callan
y traduce silencios en tinta viva.
(Reseña de Antonio V. Díaz B.)
Ciudad Valencia










