Emily Brontë

Hay vidas que no caben en las salas de visita ni se dejan apaciguar por el rumor de los relojes de pared. Vidas que crecen como la hierba brava entre las junturas de las losas frías, nutriéndose de la soledad, del frío y de esa obstinada certidumbre de que la palabra verdadera no busca el agrado ajeno. La existencia de Emily Brontë pertenece a ese orden secreto de las cosas. No necesitó el bullicio de Londres ni los favores de los salones literarios para levantar un universo cuya densidad sigue desafiando el paso del tiempo. Le bastaron cuatro paredes de piedra arenisca, la compañía silente de sus hermanos y el horizonte interminable de un páramo que parecía no tener principio ni fin.

Nacida en el norte inglés a comienzos del siglo decimonónico, Emily quedó marcada muy temprano por la presencia implacable de la ausencia. La temprana muerte de su madre y la posterior partida de sus hermanas mayores en aquel internado siniestro de Cowan Bridge sembraron en la rectoría de Haworth un silencio espeso. El padre, clérigo austero y de lecturas severas, dejó a sus hijos en una libertad insólita para la época. En esa casa cercada por las tumbas del camposanto parroquial crecieron Charlotte, Branwell, Emily y Anne. Huérfanos de ternura mundana, los cuatro niños inventaron reinos imaginarios, trazaron mapas diminutos en cuadernos cosidos a mano y aprendieron a vivir con más intensidad dentro de la ficción que bajo la luz del día común.

La época victoriana en la que Emily respiró fue un tiempo de rigideces asfixiantes, de dogmas morales férreos y de una profunda desconfianza hacia la autonomía femenina. A las mujeres se les reservaba el papel de ángeles del hogar, custodias de la piedad doméstica o institutrices resignadas al desdén de las familias acomodadas. Emily intentó salir al mundo en breves temporadas, tanto en colegios ingleses como en un internado de Bruselas, pero cada alejamiento del hogar le causaba una enfermedad física y espiritual insoportable. Necesitaba la aridez de Haworth para respirar. Su rebeldía no se manifestaba en discursos públicos, sino en un repliegue absoluto hacia su propia verdad interior, amasando el pan de cada día, cuidando de sus perros y caminando a solas entre los brezales mientras los demás dormían.

En ese nido familiar, los lazos entre hermanos eran un tejido complejo de devoción creadora y dolor compartido. Branwell, el hermano predilecto sobre quien descansaban todas las esperanzas de la casa, terminó consumido por el alcohol, el opio y el fracaso, arrastrando a la rectoría a una agonía lenta que Emily contempló sin falsos sentimentalismos. Charlotte poseía la ambición y la templanza para abrirse paso en el mundo exterior, mientras que Anne ofrecía una mirada suave y resignada. Emily era el hueso duro de aquella fraternidad, la más esquiva, la criatura indómita que no toleraba intromisiones y que prefería callar antes que conceder una mentira.

 

DEL MISMO AUTOR: FELIZ CUMPLEAÑOS, JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

 

Cuando Charlotte descubrió por azar los cuadernos secretos donde Emily anotaba sus poemas, la furia de esta última fue salvaje. Consideraba que sus versos pertenecían a su intimidad inviolable. Sin embargo, aquel hallazgo propició la publicación conjunta del poemario de las tres hermanas en 1846, cobijadas bajo los nombres masculinos de Currer, Ellis y Acton Bell. La poesía de Emily, atribuida entonces a Ellis, reveló de inmediato una voz de pureza cortante, despojada de adornos retóricos, donde Dios, la naturaleza y la muerte se miraban sin intermediarios, con una hondura metafísica que superaba cualquier lirismo convencional de su tiempo.

Al año siguiente vio la luz su única novela, Cumbres Borrascosas, concebida con esa misma madera seca y resistente. Mientras sus contemporáneos escribían relatos de costumbres y lecciones morales bienhechoras, Emily entregó en las páginas de Cumbres Borrascosas una obra que parecía esculpida por el viento del invierno. No hubo en sus letras afán de halagar el gusto del público ni temor a escandalizar la mojigatería victoriana. En su escritura no hay espacio para la queja blanda ni para la compasión postiza. Todo en ella es concisión, filo de navaja y un temblor antiguo que nombra la tierra herida con la exactitud de quien conoce el peso exacto de cada silencio.

La muerte la encontró muy pronto, a los treinta años, pocos meses después de sepultar a Branwell. Debilitada por la tisis, se negó hasta el último instante a guardar cama y a recibir los auxilios de los médicos, empeñada en sostenerse en pie por su propia voluntad como un roble solitario que resiste el temporal. No dejó cartas de confidencia, ni diarios mundanos, ni memorias para la posteridad. Nos dejó únicamente el fuego limpio de sus páginas, un testimonio donde la soledad no es derrota sino fortaleza sagrada. Recordar a Emily Brontë y el vendaval que desató con Cumbres Borrascosas es volver a la raíz desnuda de la creación poética, allí donde la palabra no precisa adornos para permanecer encendida contra la noche y el olvido.

 

Poesía

Los Brontë

La piedra,

la piedra de la casa no tiene madre, solo un viento que corta el pan,

cuatro niños miran las lápidas, el padre reza en el cuarto oscuro,

nadie llora, se escribe con la uña en la madera

el hermano cae sin sombra en el piso frío,

la tos apaga la vela,

queda el páramo,

la hierba seca que no pide perdón.

 

Cuento

El día, ese día

Cuando la casa parroquial decidió levitar tres pulgadas sobre las lápidas del camposanto, nadie en la familia Brontë se tomó la molestia de mirar por la ventana. Hacía meses que las tazas de té hervían sin lumbre en la alacena y que los relojes de péndulo daban las tres de la madrugada a cualquier hora del mediodía, de modo que un despegue milimétrico de los cimientos de piedra arenisca no alcanzaba la categoría de suceso. El reverendo Patrick, recluido en su despacho con una venda empapada en vinagre sobre los ojos, disparaba su vieja pistola contra las nubes cada vez que una bandada de grajos amenazaba con ensuciar el campanario, convencido de que la pólvora purificaba el aliento sulfuroso de los difuntos enterrados junto al patio.

En la cocina, Emily amasaba una hogaza de centeno con tanta furia que la harina quedaba suspendida en el aire formando figuras de perros guardianes y jinetes sin rostro. Branwell dormía atravesado sobre la mesa con los bolsillos rebosantes de tabaco húmedo y cartas de amor dirigidas a señoras imaginarias, respirando un vapor denso que hacía marchitar los geranios de la repisa al instante. A su lado, Anne cosía el dobladillo de una sábana que nunca terminaba de rematar, canturreando una tonada triste que obligaba a las moscas a caer fulminadas sobre la madera limpia.

Charlotte fue quien quebró la quietud de aquella tarde mineral. Entró al comedor con los botines cubiertos de un barro fosforescente y sacó del corpiño de su vestido un fajo diminuto de cuartillas cosidas con crin de caballo. Eran los versos secretos de Emily, rescatados del fondo de una tinaja de manteca donde dormían custodiados por arañas transparentes. Cuando Charlotte los desató, las palabras comenzaron a desprender un calor tan insoportable que las patas de la mesa crujieron y una ligera nevisca empezó a caer sobre el centro de la habitación, enfriando únicamente el plato donde reposaba el pan crudo.

Emily no alzó la voz para protestar por la invasión de sus cuadernos. Simplemente clavó los nudillos en la masa y la casa descendió de golpe contra la tierra con un estruendo sordo que despertó a los topos del páramo. Durante siete horas las tres hermanas permanecieron sentadas en silencio, uniendo sus propios fragmentos de tinta violeta con los versos de fuego, hasta redondear un volumen que decidieron bautizar con los nombres postizos de Currer, Ellis y Acton Bell, pues sabían que en el reino de Inglaterra los hombres desconfiaban de los prodigios si estos venían rubricados por manos que sabían zurcir calcetines.

Cuando el manuscrito estuvo listo y amarrado con una cinta negra que Anne arrancó de su propio cabello, lo envolvieron en papel de estraza para enviarlo a la imprenta lejana de Londres. Charlotte lo depositó con reverencia sobre la repisa de la chimenea para que reposara hasta el amanecer. Branwell abrió entonces un ojo nublado por el aguardiente y sonrió con esa pesadumbre de los ángeles caídos antes de volver a roncar.

La medianoche cayó con un viento que traía aroma a brezo quemado y a mar remoto. Al apagarse la última vela, el paquete comenzó a respirar con un jadeo tenue, casi imperceptible, idéntico al de un cachorro recién nacido. Las puntas del papel de estraza crujieron y de pronto el volumen no permaneció como un fardo inerte de tinta y pergamino. Ante la mirada despierta de Emily, que velaba descalza junto al rescoldo del fogón, el librito abrió sus tapas como dos alas de cuero oscuro y comenzó a elevarse lentamente hacia la campana del hogar.

Cruzó el tiro de la chimenea sin quemarse y salió al aire libre de Haworth. Ya en la intemperie del cielo nocturno, las páginas no se dispersaron por la fuerza del vendaval, sino que se desplegaron en cientos de aves negras de plumaje caligráfico, pequeños cuervos de papel impreso que descendieron en bandada sobre las cruces del cementerio. Cada pájaro se posó sobre una tumba olvidada y comenzó a cantar los versos con una voz tan clara y humana que los muertos bajo la hierba sonrieron por primera vez en siglos, mientras la rectoría entera florecía de jazmines blancos en medio de la helada más feroz del invierno.

 

José Luis Troconis Barazarte

 

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Biblioscopio | “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë

 

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia / RM