Cada nacimiento se avisaba con un mandato de cocina y patio: “Monta el agua que ya viene…”. Escuchar eso y ver el vapor levantándose en el fogón era lo normal para Emiria Esther Morales de Tovar, quien nació en su propia casa el 22 de abril de 1955.
Antes de los estudios, su aula fue el cuidado: quedarse a cargo de los muchachos (mientras la madre bajaba a lavar la ropa sobre las piedras) y mirar de reojo la labor de su madrina, la partera Magdalena Rojas. Esta mujer la vio moverse en el ajetreo familiar y dictaminó: “Ella va a ser la próxima enfermera del pueblo”.

Celsa Flores y Salvador Morales tuvieron diez hijos de sangre y una más: Yaqueline Silva, la hermana de crianza. Para ella, Emiria no solo fue la mayor; fue una revelación del respeto, de valores y de una belleza que se imponía. La admiraba con devoción, terminó llamándola “La Magala” del pueblo, heredándole el nombre de la vieja partera Magdalena. Emiria se convirtió en la fuerza que empujó a Yaqueline a buscar su propio uniforme y estudiar Enfermería.
A los dieciséis años, Emiria se subió al autobús. El destino era un semi-internado en Güigüe donde el futuro se llamaba Auxiliar de Medicina Simplificada. Se iba los lunes y regresaba los viernes, aprendiendo a sostener la salud de un pueblo entero.
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El oficio no era asunto de títulos, sino de vocación: memorizar el manual, hundir la aguja de las vacunas, limpiar la sangre y recibir hijos en la oscuridad de los cuartos del hospital, bajo la mirada estricta de la profesora Solangel Lugo. De esos días de uniforme se trajo una costumbre que se volvió parte de su anatomía: llevar siempre una tijera y un clamp en la cartera.
La teoría se estrenó en el patio propio. La esposa de su tío José Gregorio Rodríguez entró en dolores y Emiria, todavía estudiante, resolvió el parto. Al amanecer del día siguiente atendió otro. Al cabo de los años, la cuenta sumaba unos dieciséis niños traídos al mundo por sus manos. Uno de esos partos fue un gemelar, donde soltó un «¡No me eches esta vaina!».

Cuando Emiria llegó, la mujer ya estaba “en expulsivo”. Sacó a la primera bebé, pero al palpar el vientre con las maniobras de Leopold de sus prácticas, detectó el bulto que quedaba dentro. Esperó la siguiente contracción y recibió a la segunda gemela.
El 29 de octubre de 1999, a las cinco y cincuenta y nueve de la mañana, la llamaron con apuro a un caminito de barro. A la mamá de Mauricio le habían ganado las ganas de parir en plena vía; sintió la necesidad de orinar, rompió fuente y se acostó en la tierra ante la siguiente contracción. Cuando Emiria llegó, el bebé ya estaba afuera, envuelto en un saco amniótico intacto.
Estaba «enmatillado». Para calmar el susto de los padres ante aquella bolsa transparente, Emiria soltó, con seguridad y asombro: «¡Este niño nació como Jesús!». Con la rapidez del oficio le quitó la telita para que respirara, se la entregó a la abuela y, como quien cede el mando, dio al papá la tijera para cortar el cordón. Ella no venía a desplazar a nadie; venía a ordenar el nacimiento.

El 1° de noviembre de 1977, el ambulatorio de Patanemo le abrió las puertas, pero durante ocho años el médico venía solo los martes. El resto de la semana, el pueblo entero era de ella. Emiria no gobernaba desde un escritorio. Se echaba al hombro una cava de anime cargada de vacunas y caminaba las casas una por una: enseñaba sobre recolección de desechos, cómo hervir el agua para salvar a los niños de la diarrea y cómo limpiar los patios.
Mi hermana y yo estuvimos en esa lista de cuerpos custodiados; fue la mujer que nos vacunó de niñitas y la que, sin que el pulso le temblara, nos extirpaba los abscesos que nos salían. Sus manos eran parte de nuestro mapa familiar.
La confianza de la gente rozaba el absurdo. Cuenta su hija Andreína que una vez un vecino fue a buscarla con premura, no por un niño con fiebre, sino por la pata rota de una vaca. Emiria intentó zafarse: le aclaró que ella había estudiado para curar gente, no animales, y que además les tenía terror. Pero el hombre no buscaba a un veterinario, buscaba a Emiria.
Ante la terquedad de ese señor, la enfermera terminó cediendo, cruzó el potrero, venció el miedo y le fabricó un yeso a la res. La vaca sanó. Para Patanemo, sus manos servían lo mismo para atajar a un recién nacido que para salvar a una bestia.

Quienes la trataron recuerdan a una mujer recia, de carácter; una matriarca que ejercía el poder. En ese espacio donde se cruza el respeto y la obediencia, enseñaba a las embarazadas a organizar la canastilla y dictaba cátedra sobre el aseo perianal y la lactancia. Tuvo tres hijos propios, pero el primero murió por sufrimiento fetal.
Quizás por esa grieta su maternidad terminó desbordando las paredes de su casa. El 24 de junio de 1991, Emiria caminó treinta minutos desde el Pueblo hasta Primavera para atender a Zuleima, quien no alcanzó a llegar al ambulatorio y parió en la casa de sus padres. El niño se llamó Abel. Años después, la partera no solo se convirtió en su madrina, sino que lo acogió en su hogar desde los trece hasta los diecinueve años. Lo hizo hijo.
«Era una motivación constante (recuerda Abel). Verla salir a mediodía para atender a su mamá y a su papá, regresar por la tarde a bañarse y hacer la comida, y luego salir otra vez para cuidar a los viejos. Parte de lo que soy se lo debo a ella».

Con esa misma fuerza, trabajó treinta y dos años continuos. Cuando llegó el cese laboral, los vecinos le armaron una fiesta sorpresa organizada por su hermana Zobeida Morales. Sin decretos.
Hay un hilo de llanto crudo que pertenece a esa familia y del cual guardo memoria en mi propia casa. Cuando murió Celsa, Patanemo entero se volcó a ese velorio. Mi mamá regresó asombrada por la bulla de la pérdida: los hijos varones, tipos «cuarto bate» llorando con una desesperación que no calzaba con la dureza de los barberos. Jamás había visto a hombres llorar así, lo repetía.
En febrero de 2015, cuando murió Emiria, ocurrió exactamente lo mismo. Aquellos hombres, quebrados de la misma forma. Emiria no era la hermana mayor; era la mujer que había sostenido el techo, la continuación de la madre.

Cuatro años después, en 2019, una camioneta avanzaba por las calles del pueblo. En el asiento trasero viajaba yo con mi bebé, Sebastián, de unos meses. Adelante, su papá le daba la cola a Francisco, hermano de Emiria, para un traslado corto. Le pregunté por la muerte de la enfermera. Francisco alcanzó a decir que había sido de sorpresa, que ella era como su madre. No pudo terminar. El llanto le cortó las palabras ahí mismo, en el asiento del copiloto, y el viaje terminó en silencio: el dolor de ese hombre grande conviviendo con la respiración del niño en mis brazos.
Ahí estaba la verdadera marca de Emiria Morales. Aunque ya no camine por sus calles, Patanemo sigue lleno de gente que lleva, como un amuleto, la huella de la mujer que les dio la bienvenida al mundo.
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