
El valor de un retrato se mide, a veces, por la incapacidad del retratado para desprenderse de él. Sucedió con el escritor José Carlos de Nóbrega. A partir de una fotografía de Luis Alberto Angulo, Vanileiby Rivas capturó algo tan esencial en los rasgos del escritor que este no quiso soltar la obra; terminó convirtiéndola en su propia imagen pública en redes sociales.
No es un detalle mínimo: cuando el arte deja de ser una representación para volverse identidad, la técnica ha cumplido su propósito más difícil.
Esa misma capacidad de observación se traslada a la rebelión. En una reciente invitación a intervenir la tradición, Vani tomó el Saturno devorando a su hijo de Goya y reemplazó al hijo por una barquilla. El gesto no es una simple broma. Al quitar la carne y poner el dulce, Vani rompe la tragedia y obliga al espectador a mirar el horror desde una glotonería. Para ella, la historia del arte es un templo sagrado, pero también es un material que se puede diseccionar y trasgredir.

Nacida en Puerto Cabello en 1992, la cuarta de seis hermanos, su trayectoria no ha sido lineal. Desde los concursos de pintura rápida en la infancia hasta el taller Pacto Anárquico de Carlos Rojas, su aprendizaje ha estado marcado por el rigor de la figura humana, animal, combinada y la hermandad del oficio. En ese espacio, entre el dibujo y el sabor del chocolate que Rojas preparaba, Vani entendió que el arte requiere disciplina, pero también un entorno de afectos.
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Su obra no camina sola. Vani es una lectora que busca en el verso libre de Reinaldo Pérez Só, Luis Alberto Angulo o Luis Parada una forma de encontrar su propia voz. Ha ilustrado libros a autores como Arnaldo Jiménez y Yorman Mejías, demostrando que su pintura es, en muchos sentidos, una extensión de la literatura.
Ha participado en diversas exposiciones de arte y encuentros de poesía. En la actualidad, su vida se divide entre la Facultad de Ciencia y Tecnología y la carrera de Psicología en la Universidad de Carabobo; una formación académica que se traduce en un estudio constante de la psique y sus trazos.
Vani ha roto dibujos, pinturas y cuadernos que consideró inconclusos. Ese desapego sugiere una relación tensa con la perfección y la permanencia. Para ella, el proceso es lo que importa; una vez terminado, el rastro se vuelve una carga de la que prefiere liberarse. Esa misma mirada clínica y existencial se traslada ahora a su poesía:
Estadística
Sumo columnas de pensamientos
divido entre filas de emociones
elevo todo al cuadrado
Calculo el rango de hombre promedio
Su mente, su cuerpo, su sentir
Aplico la fórmula
para dos variables cualitativas
sigo cuantificando
Necesito conocer el valor del tiempo
Planteo varias hipótesis,
acepto o rechazo
frente a todos la posibilidad de ser
más que alma y cuerpo.
No se trata del tiempo
o del ritmo de la canción de moda
Se trata de estar consciente
en una era que quema siglos
Como insectos voraces
las nuevas generaciones
marcan tendencia
Y tienen presencia en todas las redes neuronales
lejos de sí mismos.
La observación se vuelve cruda en el poema Hospital, donde la vida es una cifra que se agota entre la biología y la precariedad:
Hospital
He decidido no rendirme
ante el diagnóstico
dopado e indefenso
las moscas se posan
Sobre su boca que cede
ante la gravedad
Con cuánta facilidad
las bacterias se multiplican
la plata se agota
Y la vida se va midiendo en miligramos
de tal o cual antibiótico
adentro hay dos luchas
dos resistencias
Afuera la mirada hacia el pasillo
Un hospital es el templo de la fe
Y el lugar donde se tejen las verdades
realidades humanas, cuán vulnerables somos
frente a la enfermedad.
En el presente abarrotado de ruido, algoritmos y volumen alto, Vanileiby elige el silencio de la noche para trabajar. Usando técnicas mixtas. Para alguien que fragmenta su tiempo entre la promoción cultural, la psicología y las artes plásticas, crear no es un trabajo extra ni una obligación curricular; es, en sus propias palabras, “el único descanso real”.
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