Cipriano Natalio Mijares nació el 1 de diciembre de 1959, el segundo de cinco hijos. Fue su hermano, Rafael Mijares, quien rescató la tradición en Los Caneyes con una convicción casi biológica: sembrar el sentimiento del San Juan en los niños «desde que están en la barriga de sus madres».
La apuesta de Rafael funcionó. Hoy, en Patanemo, los niños de tres años no solo caminan: comienzan a bailar y replicar el tambor. Tras la muerte de su hermano, Natalio tomó el mando de la Sociedad de San Juan de Los Caneyes durante quince años. Luego decidió apartarse de la presidencia por tres años para dejar que los jóvenes tomaran las riendas. No por cansancio, sino porque comprendía que el relevo debía implicarse de lleno en la organización. Más tarde, fue elegido de nuevo como presidente, cargo que ocupa en estos momentos.
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“Organizar estas fiestas no es cosa fácil. En las costas de Carabobo, la devoción se ha desbordado: solo en Puerto Cabello hay, por lo menos, setenta y cinco puntos donde el tambor no deja de sonar.”
La gestión del riesgo: El tambor bajo control
El momento más agudo, retador, ocurrió durante la crisis sanitaria global por el Covid-19. Natalio enfrentó el dilema de proteger la salud del pueblo sin romper la promesa al Santo. No buscó la respuesta en el impulso, sino en la memoria de su hogar. Consultó a Inginia, su madre de 87 años, y a su tía de 90. La sentencia de las matriarcas fue el motor del rito: “En Patanemo el tambor no se para”. En el pueblo puede morir alguien querido el 24 de junio, incluso alguien central, pero el ritual no se suspende.
“No se va a parar porque se murió Pedro o porque se murió Natalio”, dice.
Sin embargo, Natalio actuó bajo un esquema de orden. Coordinó con las fuerzas de seguridad para que la parranda cumpliera con los protocolos necesarios. Fue un acto de fe responsable. Entendió que el pacto con San Juan es sagrado y que ni el duelo ni el virus suspenden el ritual, siempre que la comunidad actúe con organización. El cuero se sostuvo, el tambor como promesa, no como espectáculo.
Ron, sancocho y patrimonio
Desde que la Unesco declaró al San Juan como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la visibilidad de la manifestación y su alcance han aumentado.
La fiesta en Los Caneyes es una maratón de fe que empieza el 22 de junio. Son días de gastos, flores, sancocho y chocolate. Y Natalio es claro con la logística del parrandero: “Si no hay roncito, la gente no toca”. Es la honestidad de este hombre de la costa; la fe se celebra con el cuerpo y el espíritu, pero también con un brindis que mantenga el brazo firme sobre el tambor.
En 2025, la Sociedad asumió la Cruz de Mayo, extendiendo la temporada desde el 3 de mayo hasta el 16 de julio, el día de la Virgen del Carmen. El «ranchón» de techo de palma, remodelado hace cinco años, se ha convertido en el cuartel general de esta resistencia cultural.
El pacto de fe y el «pargo preñao»
Natalio es un hombre de trabajo. Frente al altar del Santo, gestiona desde hace treinta y seis años su negocio junto a su esposa Marisol, la columna vertebral, una mujer «echada para adelante» con quien ha hecho una dupla que ha sabido levantarse. El «pargo preñao», su plato estrella, es el símbolo de su vida: un equilibrio entre alimentar al turista y custodiar la tradición. Su éxito comercial y su carga religiosa son dos caras de una misma moneda.
Con 37 años de matrimonio, una hija y dos nietos, Natalio ve en su familia el espejo de lo que predica. Su fe es un diálogo directo. Cuando la fecha de las fiestas se acerca, él se planta frente a la imagen y le habla de tú a tú:
“San Juan, yo quiero celebrarte tu fiesta, pero pónmela fácil. Ábreme las puertas. Que todo el mundo apoye”.
Y el Santo, afirma Natalio, no le falla. “San Juan es fuerte, es fuerte. San Juan es apretao. Cumple. Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da”, reitera con una convicción que no admite réplica. Sabe que él solo es un vocero; que sin el pueblo organizado, la presidencia es un cargo vacío.
Natalio ya mira hacia el futuro con la seguridad de quien conoce su oficio y su fe. En este 2026 su pronóstico es breve y contundente: “Esto va a estar a reventar”. Con voz firme, habla un custodio que anuncia un milagro colectivo: uno que preserva el valor inmaterial de sus ancestros.
Bajo el cielo y el olor a salitre, un pueblo bendecido por una Bahía que lo enriquece.
En Patanemo, nadie muere del todo mientras el cuero siga cantando.
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Autora: MRL
Ciudad Valencia / Fotos: MRL













