Confieso que nunca he leído esta fábula de Esopo que voy a referirles. Esopo fue un gran pensador de la Antigüedad griega, quien siendo esclavo fue reconocido por su aguda inteligencia y sabiduría.
Sin embargo, yo conocí esta fábula desde niño: mi papá la contaba de manera invariable a la hora del almuerzo, cuando mi madre nos ofrecía «lengua de ternera en salsa», uno de los deliciosos platillos de la culinaria local, pero de «sazonada prosapia», como él señalaba a la familia reunida alrededor de la mesa.
La anécdota era siempre la misma, claro, pero no así la moraleja ineludible que la acompañaba. Allí nos enseñaba a pensar interactuando, sin subestimación alguna de nuestros intelectos.
El «dueño» de Esopo le ordenó a este cocinar un platillo gastronómico especial para sus invitados más íntimos, con la condición de que este fuera, además de apetitoso, un ejemplo significativo de todo lo que puede ser expresado como bueno en la condición humana.
DEL MISMO AUTOR: IN MEMORIAM EDGAR ESPINOZA, ARPISTA DE BARINITAS
Entonces Esopo, pensador y cocinero magnífico, les sirvió lengua en salsa, la misma receta culinaria que Mercedita Rivas, nuestra bella madre, preparó muchas veces en Barinitas a don Betino, su marido, y a sus hijos Jesús Cristóbal, Alfredo, Luz Marina, Belinda y Luis Alberto.
Los invitados oyeron la moraleja de labios del propio autor de la fábula según la directriz del dueño, quien sin sospecharlo creó, es posible, el primer performance del que se tenga noticia.
—La lengua es el fundamento de todo lo bueno y maravilloso que existe —dijo Esopo a los comensales mientras ellos sentían despertar mil sabores deshaciendo la carne en su boca—, porque ella es la creadora de la filosofía y de la poesía, del amor, la amistad y las leyes de una sociedad.
El éxito de aquella reunión llevó a programar otra, y el dueño le dijo a Esopo que preparara una cena cuyo plato principal significase ahora todo lo contrario. La sorpresa para el anfitrión y sus invitados aquella noche fue que el plato central era idéntico al anterior: «lengua de ternera en salsa».
Argumentó entonces el gran fabulista que la lengua es también la esencia de lo peor del hombre, porque genera los mayores conflictos a través de la mentira y la calumnia, el insulto y la maldición, la manipulación, el chantaje, las vanas ilusiones, la simulación, el engaño, la intriga, la seducción, la perversión, la superficialidad, la banalización misma del mal, la mediocridad y la ligereza…
¿Y qué pensar entonces de la IA?
Siendo que la Inteligencia Artificial (IA) se fundamenta en el lenguaje, ¿no es evidente la increíble moraleja que nos advierte? Al igual que la lengua del banquete, la IA carece de moral propia: es un megáfono formidable que multiplica de forma exponencial lo mejor y lo peor que el ser humano ha escrito y digitalizado.
El riesgo de hoy no es la tecnología en sí, sino nuestra fascinación acrítica ante ella. Entregarle el lenguaje a la automatización sin un juicio ético equivale a masificar la desinformación, profundizar la manipulación social y delegar el pensamiento crítico a un cálculo de probabilidades.
Si nos limitamos a consumir lo que el algoritmo nos sirve sin cuestionar su sazón ni su origen, corremos el peligro de ahogarnos en nuestra propia mediocridad, confirmando así la advertencia de Esopo a una escala destructiva e inaudita.
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Luis Alberto Angulo (Barinitas, 1950). Poeta, coautor de Viento barinés (UC, 1977), y autor de las compilaciones: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (UC, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2023) en Monte Ávila Editores. También de LAAR’S POÉTICA (Ciudad Valencia, 2026).
Ciudad Valencia / RN












