José Gregorio Hernández

Esta semana fue su cumpleaños. Veintiséis de octubre. Un día más en la memoria de este país vivo. La fecha cae como una hoja sobre la mesa de los venezolanos. Isnotú es un nombre que sabe a tierra húmeda. Allí nació. En Los Andes. El viento frío golpea las puertas de madera. Un niño que iba a ser la cura de muchos. La montaña lo enseñó a escuchar el silencio. Para entender el sufrimiento humano hay que saber escuchar el crecimiento de la hierba. José Gregorio aprendió a escuchar el cuerpo. Aprendió a leer los ojos de la gente. En los ojos está todo. La fiebre. El hambre. La soledad. Nació para calmar el dolor. Nació para ser un puente entre la tierra seca y el cielo abierto. Hoy la ciudad lo recuerda. La memoria de la gente humilde no se borra con el ruido de los carros ni con el paso de los años. Es una memoria de barro y de luz. La luz entra por las rendijas de las casas viejas y toca el rostro de los enfermos. Así es la luz de José Gregorio. Una luz que no encandila. Una luz que acompaña.

La luz en la tierra

Un niño sin ruido

El agua limpia, las piedras, el frío en la cara y Dios adentro.

Vino a la capital. Caracas era un valle verde y cerrado. Calles angostas y techos rojos. La neblina bajaba de la montaña. Él caminaba por esas calles oscuras. Un hombre de traje negro y pasos lentos. Un maletín de cuero viejo. No era un médico como los otros. No veía enfermedades aisladas. Veía seres humanos rotos. Veía a Cristo en la cama del enfermo. La medicina era su forma de rezar todas las mañanas. Si el paciente no tenía con qué pagar no cobraba nada. Dejaba el dinero para la botica debajo del frasco de vidrio o bajo la almohada. Nadie se lo pedía. Era su naturaleza. Dar hasta quedarse vacío. Dar porque en el dar está la única riqueza posible para el alma. La ciudad lo veía pasar y sabía que la compasión tiene un cuerpo y tiene unos pies que caminan entre el polvo. El dolor se hacía menos hondo porque él llegaba. Su vida fue un entregarse continuo al que sufre.

Tus manos el sudor

La fiebre, la silla vacía

Tú te sientas y esperas

La respiración

Vuelve solo el agua

Viajó y vio el mundo. París. La ciencia nueva y los laboratorios. Él fue quien trajo la ciencia moderna a nuestro país. Pero la ciencia no le quitó la fe. Al contrario. Ver de cerca la fragilidad de la vida lo hizo creer más. La célula. El microbio. El tejido y la sangre. Todo es obra de una mano invisible. José Gregorio pasaba del microscopio al rosario. Del laboratorio a la misa de madrugada. Buscó el silencio absoluto. Quiso ser monje en Italia. La cartuja lo llamaba con su silencio inmenso. Cortar con el mundo para orar. Pero su destino no era la soledad de los muros de piedra. Su destino era el ruido del dolor ajeno. El llanto de los niños con hambre. El estertor de los moribundos en los rincones de Caracas. Volvió a su tierra porque aquí lo necesitaban. El santo no se pertenece a sí mismo. Pertenece a los rotos.

El ojo, la sangre, el cristal, todo es pequeño y todo es inmenso

Dios en lo oscuro de la carne palpita

Esquina de Amadores. La Pastora. Era el año mil novecientos diecinueve. Él bajaba a comprar unas medicinas para una mujer muy pobre. El destino tiene formas extrañas de llamar a los suyos. Un auto en la calle estrecha. Uno de los pocos que rodaban en la ciudad. El impacto fuerte. La caída. El golpe en la cabeza contra el filo de la acera. Dicen que su última palabra fue para la Virgen. La ciudad entera se detuvo en seco. La noticia corrió como agua derramada por los pisos de las casas. Ha muerto el doctor Hernández. Ha muerto el santo. La multitud inundó las calles de llanto. No hubo luto igual en nuestra historia. No hubo silencio tan espeso y tan largo. La gente le quitó el ataúd a las autoridades. Lo llevaron en hombros los pobres. Los mismos que él había salvado tantas veces. Su muerte fue su nacimiento definitivo en el alma del pueblo.

La rueda, el golpe, la piedra, el grito en la calle y después el cielo abierto.

 

DEL MISMO AUTOR: EL BALLET

 

El llanto que no cesa

Ya es Santo. Roma lo ha dicho en voz alta. El milagro definitivo abrió las puertas del cielo oficial. Ya no hay espera. Pero el pueblo venezolano no necesitaba pruebas escritas ni anuncios en latín para saberlo. Para la gente nuestra él es santo desde el día que cayó en Amadores. En cada casa humilde hay un altar para él. Una figura de yeso desgastada por los besos y el tiempo. Un vaso de agua clara. Una vela encendida. Él sigue operando en las madrugadas oscuras. Las madres lo invocan cuando la fiebre no cede en la noche. En este octubre de su cumpleaños las iglesias se llenaron de flores sencillas. Las plegarias subieron como un humo blanco y callado. Su nombre es un rezo en la boca del cansado. Él camina por los pasillos de los hospitales de Venezuela. Pasa por las camas. Toca a los enfermos en la frente. Él no se ha ido nunca. Nuestro santo vive y camina al lado del que sufre.

El vaso de agua, la vela, el rezo en voz baja.

Ya es santo en la tierra y en el cielo,

tú caminas en la casa.

 

Poesía

El polvo en la calle

El paso lento del hombre de negro.

La casa sola, la mano que toca la carne que arde.

El silencio, el agua clara y la luz que no duele adentro

 

Cuento

Nací en una casa donde la tristeza tenía el peso de los muebles viejos.

Era la década de los sesenta, una época en la que los milagros y las medicinas todavía caminaban a paso lento, tropezando con las sombras en los pasillos de los hospitales. Mi padre albergaba un cáncer silencioso que lo iba volviendo transparente, como si su cuerpo estuviera ensayando poco a poco para desaparecer. Al ver que la ciencia bajaba la mirada, mi madre tejió una promesa del tamaño de su propia angustia: Cruzaríamos las montañas para que me bautizaran en Isnotú y él se salvaría de aquella enfermedad.

No fuimos solos. La promesa arrastró a toda nuestra sangre. Mi madre convocó a sus dos hermanos y la rama de mi padre sumó a sus ocho. A ellos se unieron tías de luto anticipado, esposos y una legión inmensa de hijos y primos. Parecíamos un éxodo, una pequeña ciudad en movimiento que subía por las carreteras andinas buscando la gracia del médico de los pobres. El frío de la montaña nos recibió en aquel pueblo donde la niebla bajaba a tocar los techos de teja y el aire olía siempre a tierra mojada. Llenamos el templo por completo. El agua helada me tocó la frente mientras decenas de voces, al unísono, pedían que la vida de mi padre se quedara anclada a este lado, en el mundo, vivo y sano… Y con sus hijos.

Volvimos a nuestras ciudades con el pecho lleno y la certeza del agua bendita. Sin embargo, el milagro no quiso tomar la forma que le pedimos. Mi padre cerró los ojos tiempo después, soltando finalmente las amarras que lo unían a nosotros.

A pesar de la muerte sentada en medio de la sala, nadie en aquella inmensa caravana familiar levantó jamás la voz contra José Gregorio Hernández. Su santidad permaneció intacta, resguardada en los altares de cada casa, sin una sola grieta de duda. La fe tiene formas muy extrañas de consolarse a sí misma frente a lo irreparable. Todos concluyeron, con una dulzura y una resignación que me tomó años comprender, que le habíamos rogado al médico santo, pero el Creador tenía otros trazos en sus cuadernos invisibles. Decían, con los ojos húmedos, que Dios necesitaba a mi papá allá arriba en su reino. Y yo, que apenas empezaba a respirar el aire de este mundo, tuve que crecer aceptando esa incomprensible voluntad, sabiendo que el cielo se había llevado a mi padre porque le urgía su presencia, aunque yo lo necesitara tanto aquí, caminando a mi lado sobre la tierra.

Amén…

 

José Luis Troconis Barazarte

 

LEE Y COMPARTE:

El dibujo del natural como acto de resistencia en la era de la inmediatez | Esteban Orlando Rodríguez

 

***

 

José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

Si quieres ampliar y conocer más noticias como esta, síguenos en nuestras distintas plataformas digitales:

FACEBOOK       INSTAGRAM       TIKTOK       YOUTUBE       WHATSAPP       TELEGRAM

 

Ciudad Valencia / RM