La pandemia del Covid-19, conocida inicialmente como “coronavirus”, se identificó por vez primera en la región china de Wuhan en diciembre del 2019, hasta que la OMS decretó el fin de la emergencia sanitaria el 5 de mayo de 2023.
La humanidad sostuvo el aliento en este tiempo de oscuridad (Hannah Arent) de principio a fin. En una expresión de completa ingenuidad, se pensó que en lo sucesivo nuestro comportamiento como sociedad globalizada estaría caracterizado por un nuevo humanismo, dotado de valores como la solidaridad y la empatía sin límites.
Apenas dos años más tarde, esta misma humanidad esperanzada ve con horror y no poco asombro el rugido de la muerte, el retorno del Leviatán1 amplificado en el infierno de la Franja de Gaza. De igual modo, siempre se dijo que la historia de la humanidad no sería la misma después de Auschwitz. Sin embargo, la historia demuestra que muchos holocaustos continuaron aniquilando a miles de seres humanos.

El día 6 de agosto de 1945, el fantasma de la amenaza nuclear se hizo realidad en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, destacando así la sumisión de la ciencia al poder político y militar del hegemón de turno, en este caso Estados Unidos (EEUU). Era la primera vez que la energía atómica se empleaba contra seres humanos en función de su aniquilación inmediata, dejando a su vez daños irreversibles a la población sobreviviente.
Paradójicamente, EEUU acordó en fecha reciente con su homólogo nipón reforzar la «disuasión» militar para prevenir «actos agresivos» de China. El portavoz del Pentágono manifestó: «Japón estará en la línea del frente de cualquier contingencia que podamos enfrentar en el Pacífico occidental y nos mantenemos unidos en el apoyo mutuo». La victima pactando con el victimario…

Poco nos interesa mencionar datos superfluos que nada importan frente a la magnitud de la tragedia. El primer ataque atómico fue sobre la ciudad de Hiroshima con el impacto de la bomba llamada «Little Boy«, lanzada por el bombardero B-29 «Enola Gay»; los fallecidos se calculan en 80 mil personas; tres días después, el 9 de agosto, se lanzó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki, causando la muerte de otras 100 mil personas.
Fueron dos ataques consecutivos ordenados por el presidente estadunidense Harry S. Truman. Se calcula que la cifra total de fallecidos asciende a 246 mil personas para finales de 1945, pero las consecuencias de la radiación continuaron afectando a la población durante años.

En este punto, toca reflexionar sobre los aspectos éticos y filosóficos de la guerra. Bien dice Spinoza2: “La paz es una virtud que tiene su origen en la entereza”. La paz como valor absoluto solo puede fundarse en la idea de que las relaciones entre los hombres son relaciones entre semejantes. Resulta un terrible despropósito señalar la inmediata rendición de Japón y el fin de la guerra como resultado positivo causado por el lanzamiento de la bomba atómica. Es algo tan irracional como quemar una casa entera so pretexto de hacer una reparación o matar a un hombre para modificar un rasgo de su carácter.

Desde las tragedias de Hiroshima y Nagasaki en 1945, la amenaza de total destrucción nuclear pende sobre los pueblos del mundo. Lo hemos visto en los recientes ataques del Estado sionista de Israel a Irán y el consecuente involucramiento de EEUU en el contexto del genocidio perpetrado contra el pueblo palestino.
El arma nuclear amenaza con cesar todo proceso histórico por culpa de un eventual extravío de la razón política. La guerra nuclear interrumpiría para siempre los anales de la historia humana y, por supuesto, el destino de las generaciones futuras. Tras ella ni siquiera existirían hombres ni mujeres para leernos.
Nos toca entonces, echar a un lado la ingenuidad y la esperanza mil veces defraudada, apostando a la racionalidad que conlleve al utópico desarme nuclear con acciones concretas y presiones de la Diplomacia de los Pueblos3 o, por el contrario, seguir dando la razón a Freud cuando dice que en la lucha que opone entre sí a Eros y Tanatos, el amor versus el instinto de la muerte, este último ha demostrado ser el más poderoso.
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Citas:
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Leviatán es una bestia marina gigante narrada en la Biblia. Su creación por Dios se encuentra narrada en el Génesis y Job describe su aspecto físico con semejanza a un dragón.
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Baruch Spinoza, nacido en Ámsterdam en 1632 y fallecido en 1677, fue un influyente filósofo holandés de origen sefardí-portugués. Es reconocido por su sistema filosófico racionalista, que abarcó la metafísica, la epistemología, la ética y la filosofía política.
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La «Diplomacia de los pueblos» es un concepto que enfatiza el papel de la ciudadanía y la sociedad civil en las relaciones internacionales, trascendiendo la diplomacia tradicional entre Estados. Prevé un enfoque más inclusivo y participativo de los asuntos globales, donde los movimientos sociales, las organizaciones y las personas participan activamente en la construcción de relaciones y el fomento del entendimiento transfronterizo.
Ciudad Valencia / Ismael Noé












