Si hay alguien a quien quiero presentar a mi hija Frida es a Lorella González. A veces pasamos la vida buscando modelos de impacto positivo en tierras lejanas, figuras inaccesibles que no guardan relación con nuestra realidad. Olvidamos que los mejores ejemplos caminan cerca de nosotros. El trabajo de Lorella es la prueba de lo que significa ser una mujer agente de cambio desde el propio territorio.
Detrás de ese impacto está la historia de Nuvia Lorella González Gómez, nacida en Puerto Cabello el 18 de febrero de 1979. Su vínculo con este paisaje es un asunto de raíces: su padre nació en Borburata y su madre en Rancho Grande. Es madre de dos hijos, hoy de 23 y 16 años, cuyos nacimientos considera milagros por las situaciones críticas que vivió cerca del parto; de allí nació su necesidad de agradecerle a la naturaleza.
Esa gratitud la guio también en su formación, donde supo cruzar el orden de la Administración de Empresas con la urgencia de la Gestión Ambiental; un equilibrio que mantiene en sus labores diarias en el campo, donde planifica, decide y sostiene el esfuerzo junto a su hija Lorenic.

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La ruta en la defensa de la naturaleza comenzó hace catorce años, justo cuando Lorenic ingresó a los Scouts a la edad de nueve años. Lejos de ser una representante pasiva, Lorella asumió el rigor de la institución: completó la capacitación, asumió la jefatura de tropa y lideró el grupo.
Aquella promesa de proteger el equilibrio ambiental y ejecutar una acción de servicio para beneficio de la comunidad se convirtió en una conducta diaria, un hábito que transformó su visión del servicio social.
Su experiencia en el sector laboral equilibra la oficina con el terreno. Durante cuatro años, desde la asistencia administrativa en el Cuerpo de bomberos, conoció la templanza y la disciplina que exige la respuesta ante las emergencias.

Esa misma constancia la trasladó durante cinco años al Ministerio de Ecosocialismo, donde el trabajo se transformó en acción directa: coordinar el eje costero, diseñar los planes de formación ciudadana y ejecutar los proyectos para el resguardo de la diversidad biológica del territorio.
Ese impulso tomó forma definitiva en la red voluntaria Ecorutas Cachirí, agrupación que conduce desde hace siete años. En cada caminata por los senderos de la región, Lorella convierte los ríos, las playas y las montañas en un aula abierta donde explica los detalles de la flora y de la fauna locales, mientras ofrece razones de peso sobre la necesidad de conservar los espacios compartidos.

En la zona de Gañango demostró el alcance de la comunidad organizada al impulsar la Brigada del Mangle. Esta iniciativa civil detuvo un proyecto turístico que pretendía talar un bosque de manglar sin permisos estatales. Tras tres años de constancia y educación, los hijos de aquellos pobladores que antes veían la vegetación como madera, están juramentados para vigilar y proteger el ecosistema.
Así también, en la Bahía de Patanemo, Lorella lideró, junto a novecientos voluntarios, la custodia del nido de una tortuga Cardón desde la noche del desove, el 18 de abril. La bautizada Operación Eclosión 2026 exigió cincuenta y ocho días de vigilia en la arena que culminaron con la liberación de cuarenta y nueve tortuguillos hacia el mar.
Para Lorella, el conocimiento pierde valor si se guarda; su prioridad es entregar el saber a las nuevas generaciones. Sabe que la conciencia ambiental es integral: abarca desde el respeto al silencio en las comunidades hasta el resguardo de la fauna silvestre. Pero su impacto no se detiene en los niños.
Lo sé porque soy una adulta de cuarenta y dos años que aprendió la importancia de la protección de las tortugas marinas bajo su guía. Al final, el logro de Lorella trasciende las cifras de los ejemplares que hoy nadan en el océano; se refleja en cada persona que asume el cuidado del ambiente y entiende que el respeto por el entorno es un lazo vivo que une a todas las generaciones.
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