Alguien me dijo que en la vida únicamente teníamos madre. En los momentos de mayor soledad y desamparo la frase me llega. No recuerdo de quién es la autoría, pero puedo asegurar de manera rotunda que su origen es el de la orfandad.

Un abuelo de mamá que murió anciano, contaba ella misma con asombro y maravilla, en su agonía llamaba una y otra vez a la madre. Los viejos cómo recordamos a nuestras madres. Una nitidez dolorosa nos atrapa y sacude bajo la sombra de la niñez.

La última palabra que pronunció el poeta Teófilo Tortolero, —de acuerdo al testimonio de su nieta, recordado recientemente por Dafni Gianitsopulus— fue «Mamá». Así se fue con la compañía de sus viejos.

 

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Bolívar llamaba madre a Hipólita, la esclava negra que lo crió. Sin esa mujer la orfandad del niño Simón hubiera sido terrible. En la leche que lo amamantó vino el deseo libertario que lo obsesionó siempre.

En la palabra “madre”, “mamá”, “má”, que es una sola, se revela un universo de significaciones que abarcan el lenguaje mismo que nos humaniza. Mantras llaman a esas palabras indios y tibetanos.

Madre, madre mía.

 

Luis Alberto Angulo / Ciudad Valencia