Las mil caras de la virgen

Una o miles, la sola presencia de María en la fe del pueblo

Camino por la calle Colombia, cerquita de la Catedral de nuestra Valencia, y me detengo un instante a mirar a la gente que entra. Llevan flores envueltas en papel periódico, promesas atadas con cinta roja y pesares antiguos guardados en el bolsillo. Van a buscar a la Virgen. A la nuestra, a la del Socorro, dicen aquí con un orgullo que parece territorial. Pero si uno cruza la línea del estado y llega a Maracaibo escuchará hablar de la Chinita; si baja hacia la sal del Oriente le rezarán a la del Valle, y si camina hacia los llanos de Portuguesa encontrará a la de Coromoto en una madera.

Uno, que lleva años intentando limpiar las palabras para dejar solo lo esencial, como quien le quita el polvo a una piedra del camino, se detiene a pensar en medio del ruido de los carritos porrón, ¿cuántas vírgenes hay realmente en la iglesia? ¿Es una sola o son miles las que habitan los altares?

La respuesta es desnuda, limpia de adornos: Es una sola.

La doctrina católica es estricta en su arquitectura, María, la madre de Jesús, es una sola persona histórica y fe espiritual. Lo demás no son mujeres distintas, sino advocaciones. La palabra suena lejana, pero es sencilla, es el modo en que el hombre nombra un mismo consuelo. La gente no sabe rezar en abstracto, no sabe pedirle ayuda a una idea suspendida en el aire. Necesita que lo divino se parezca a su propia casa, que tenga la cara tostada por el sol de su pueblo, que vista la ropa del lugar y entienda el idioma de su necesidad. Por eso le cambian el manto, le pintan los ojos según la tierra y le inventan un nombre que les pertenezca.

Si uno intentara contar cuántas formas tiene esa misma sombra de aparecer en el mundo, la cifra se perdería entre la niebla del tiempo. La Iglesia Católica tiene registradas y documentadas entre 2.000 y 3.000 advocaciones reconocidas a nivel mundial, repartidas en parroquias, basílicas y pequeños santuarios. Se dividen en tres grandes vertientes: las que recuerdan momentos de su vida, como la Anunciación o los Dolores; las que piden un favor específico, como el Socorro, la Salud o la Merced; y las que nacen de una aparición en un punto geográfico, como Guadalupe, Fátima o Coromoto. Si sumáramos las patronas de los caseríos olvidados, los cuadros venerados en las salas de las casas y las imágenes locales que jamás pasaron por el trámite de un obispo, la cuenta supera con facilidad las 10.000 invocaciones.

A los seres humanos nos gusta la ilusión de la multitud. Nos consuela pensar que hay una mujer sagrada hecha a la medida de nuestro dolor cotidiano. Pero la fe no se mide en la madera tallada ni en el peso del pan de oro. La fe es ese hilo invisible que une la mirada de un anciano en Valencia con el suspiro de una madre en cualquier rincón de la tierra, pidiendo exactamente lo mismo, amparo, piedad, la certeza de no estar solos en la intemperie.

Al final de la tarde, cuando el sacristán apaga las últimas ceras en la nave central y la gran puerta de madera de la Catedral se cierra, la multitud de nombres se disipa como el humo del incienso. Ya no importa si la llaman Socorro, Valle o Chiquinquirá. En el silencio denso del templo, despojada del ropaje y de las coronas que le regaló el miedo del hombre, queda una sola presencia. Una luz humilde y antigua que sigue ardiendo en la penumbra, velando el sueño del pueblo hasta que vuelva a amanecer.

 

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Poesía

La madera es dura,

la mano que la labra

no sabe de dogmas,

le ponen un manto azul

un halo de latón,

un nombre para cada pueblo

en el fondo,

es solo una mujer

sin corona, sin peana

una sola mirada que sostiene la noche

de todos los hombres.

 

II

El hilo de la fe no es la talla de madera

ni el manto bordado en oro,

tampoco el inmenso coro

que la nombra dondequiera.

Es la mirada primera,

la sombra que no se nombra,

la que al afligido asombra sin pedirle la corona,

la sola mujer que dona su luz

cuando el mundo es sombra.

 

A manera de Haiku

Un solo rostro.

Detrás del manto azul,

la misma sombra.

 

Cuento

Los mil rostros de la madera

Cuentan en las esquinas más viejas de nuestra Valencia que la tarde en que los albañiles terminaron de levantar el techo de la catedral, una nube densa de cocuyos dorados se metió por los ventanales y se posó exactamente sobre el altar mayor. Allí se quedaron inmóviles, apretados unos contra otros con sus linternas encendidas, hasta formar la figura perfecta de una mujer con las manos cruzadas sobre el pecho. Los vecinos juraban que la imagen emanaba una luz viva que permitía leer de noche a tres calles de distancia, pero cuando el párroco acercó un incensario para bendecir el prodigio, los insectos alzaron el vuelo de golpe, convirtiéndose en una constelación fugaz que dejó en la nave un perfume a jazmín salvaje que tardó siete años en desaparecer.

Yo era apenas un niño la primera vez que vi a las mujeres del pueblo discutir frente a ese mismo altar. La anciana Encarnación, que había perdido la vista puliendo los candelabros del templo, sostenía que la mujer de la nave central era distinta a la que veneraban en la costa, porque la de los marineros tenía la piel impregnada de salmuria y una mirada capaz de serenar las marejadas. Mientras tanto, las muchachas del barrio San Blas aseguraban que la suya olía a tierra mojada tras el primer aguacero y lloraba lágrimas de cristal fino cada vez que un amor imposible se consumía en la distancia.

Pasé la mitad de mi vida convencido de que en cada rincón del mapa habitaba una mujer divina diferente. Imaginaba una procesión milagrosa atravesando los cielos de la provincia: una con manto de terciopelo que detenía el avance de los cometas; otra montada sobre un pez gigante librando a los navegantes del olvido; y una tercera que bajaba de los cerros a medianoche para zurcir con hilos de luna los corazones rotos.

No fue sino hasta una tarde de sequía feroz, cuando el calor era tan denso que los espejos de las casas devolvían las imágenes con tres segundos de retraso, cuando entendí la verdad.

Acompañé al viejo sacristán a desvestir la imagen para la fiesta patronal. Le retiramos las coronas de oro macizo que pesaban más que el tiempo, le quitamos los mantos bordados por tres generaciones de bordadoras ciegas y las enaguas de seda tupida. Debajo de tanta gloria acumulada por la devoción humana, quedó únicamente una figura de madera de cedro, gastada por el roce de millones de dedos que buscaban milagros.

Comprendí entonces que no existía una multitud de divinidades, sino una sola. Una mujer de carne y hueso que en el principio de los tiempos pronunció un «sí» tan luminoso que dobló la vara de la historia. Poseía la fe más colosal jamás registrada, una fuerza tan pura que superaba la gravedad de la tierra y la razón de los sabios. Sabía que los hombres, pequeños y asustados, no podíamos comprender una inmensidad tan grande sin desmayarnos; por eso aceptó multiplicar su rostro en los espejos del mundo, adoptando los vestidos, el color de la piel y las lágrimas de cada comarca para que nadie se sintiera huérfano.

Al caer la noche, después de que el monaguillo atrancó la puerta principal con la pesada tranca de guayacán, me quedé a solas en la penumbra. Me acerqué con sigilo a la imagen desnuda de madera para tocarle el borde del vestido tallado.

Fue entonces cuando ocurrió lo imposible. La madera, seca y centenaria, comenzó a ceder bajo la yema de mis dedos como si fuera cera tibia. La figura de cedro no estaba tallada por mano de hombre: al contacto con mi mano comenzó a latir suavemente. Un pulso firme, cálido y humano reverberó en la madera, y la estatua respiró un aire denso y dulce que me llenó los pulmones. Entendí, atónito y en silencio, que no eran los hombres quienes sostenían a la Virgen sobre una peana para adorarla, sino que era ella, viva y eterna en su fe indestructible, la que se hacía piedra y madera cada mañana, dejándose moldear por nuestras manos solo para sostener al mundo sobre sus hombros mientras nosotros dormíamos.

José Luis Troconis Barazarte.

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia/RM