El peso de la sombra y el espejo
En la orilla del agua
Nadie sabe bien cuándo empezó el perro a seguir la sombra del hombre. No había carne. Tampoco un hueso seco sobre la mesa. Sólo la costumbre vieja de pisar donde el otro pisaba, sin decir nada, sin esperar el pago al final de la jornada.
La lealtad no es una palabra alta ni un estandarte que se agita en la plaza. Es más bien una piedra dura, pequeña y oscura, que se queda guardada en el fondo del bolsillo y no se mueve aunque la borre el polvo de los caminos. Un quedarse ahí, en el quicio de la puerta, viendo pasar el barro pesado de la calle sin pedir jamás que la casa se abra. Es la quietud callada de lo que no cambia de sitio cuando la noche se pone fría y los demás se van retirando uno a uno.
El espejo de la noche
Del otro lado, sin embargo, en la misma habitación, está la rajadura. La traición no llega nunca de lejos, no viene con el ruido de los caballos extranjeros. Huele a la misma ropa colgada al sol, come en la misma taza de loza quebrada, mira con tus propios ojos desde la otra esquina del patio. No existe el traidor si no hay antes alguien que se haya quedado fijo guardando la fe. Son la misma madera cortada por el centro, la espalda y el pecho. La deslealtad es apenas el espejo que se cansa de devolver la misma imagen cotidiana y decide, en silencio, romper el rostro de quien confiado se miraba en él.
Muestras la mano abierta para ofrecer la poca agua que te queda y el espejo te devuelve un puño cerrado; no porque tu mano haya cambiado de forma, sino porque alguien apagó la luz de golpe. Un concepto no vive sin el otro, se buscan en la oscuridad como dos animales ciegos que necesitan medirse la piel para saber cuál de los dos sigue vivo.
MÁS DEL MISMO AUTOR: ALTERIDAD
La ciudad y el barro
Caminamos por la calle con la certeza humilde del ciego que toca la pared de piedra. Si la pared cede de pronto y se deshace entre los dedos, no es que la pared fuera mala o enemiga, es que nunca fue pared, sino humo disfrazado de cal.
La traición enseña con crueldad lo que la lealtad calla por vergüenza. Nos mide con exactitud matemática el tamaño del hueco que nos queda en el costado. Sin el zarpazo seco sobre la espalda, nadie sabría dónde estaba la piel sana. Sin el olvido brutal del amigo, la memoria sería solo un peso inútil que se lleva en la bolsa sin saber para qué sirve.
La orilla final
Hay hombres que envejecen esperando que el espejo se arregle solo. Otros aprenden a caminar con la cicatriz como quien lleva un reloj antiguo. Saben que la noche no es más que la víspera de la cal de la mañana. Al final de la calle larga, cuando la luz de la tarde termina de borrarse, no quedan las palabras ni las promesas hechas en la mesa. Solo queda el agua limpia o el barro pegado a los zapatos. Cada quien se agacha en la sombra y elige en silencio el sitio exacto donde va a beber.
Cícero
«Nada es más noble, nada más venerable que la lealtad. La buena fe y la lealtad son los sostenes más sagrados de la sociedad humana.»
Mario Puzo
«La fuerza de una familia, al igual que la fuerza de un ejército, se funda en su lealtad mutua.»
Joyce Meyer
«La lealtad no se prueba en los días de gloria, sino cuando las cosas se ponen difíciles y permanecer al lado de alguien cuesta algo.»
Poesía
No hay que nombrar las cosas para que pesen.
Basta la piedra.
La lealtad no tiene boca,
es un perro echado junto a la puerta rota.
No pide pan.
Se queda.
La traición tampoco viene de lejos.
Huevos de la misma ave,
agua tomada de la misma jarra.
Un rostro mira al otro en el espejo.
Si el espejo se quiebra
no es culpa del aire
es que la luz era poca
y el metal estaba cansado.
Saber quién estuvo
cuesta la piel.
Queda la cicatriz,
la casa sola
y el agua del pozo
que nadie bebe.
Cuento
Lealtad
En un rincón donde los relojes de pared atrasaban dos horas cada vez que llovía y los escarabajos de plata caminaban sobre las mesas presagiando la llegada de cartas tristes, Valerio Noguera nació con la extraña gracia de retener en la piel el olor de los hombres sinceros. Bastaba con que alguien le estrechara la mano para que una fragancia a jazmín fresco o a madera barnizada se le quedara pegada en la palma por semanas. Por eso, cuando Damián el Forastero llegó vendiendo catalejos que permitían ver el pasado de las estrellas, Valerio supo inmediatamente que aquel hombre olía a lluvia limpia.
Se hicieron amigos al tercer día, sentados bajo la sombra de un árbol que daba frutos redondos y salados. Durante cuarenta años, Damián y Valerio compartieron el pan de yuca, los secretos de las cosechas y las tardes de cartas donde nunca se apostó un solo centavo. Todos envidiaban esa hermandad impenetrable, capaz de resistir las sequías más voraces y las plagas de langostas transparentes que devoraban hasta el tono de la voz de la gente. Cuando la esposa de Valerio, Leonor, enfermó de un mal que volvía los huesos de cristal, fue Damián quien pasó cuarenta noches en vela alimentándola con caldo de palomas blancas hasta que la fiebre se disipó en el aire.
Sin embargo, el destino cambió la tarde en que el Alcalde anunció que el gobierno pavimentaría la calle principal a cambio de un cofre de monedas de oro colonial que permanecía oculto desde los tiempos de la colonia en los cimientos del templo local. Solo dos personas conocían la ubicación exacta del escondite, el viejo cura, que había muerto tres días antes sonriendo de lado, y Valerio Noguera, a quien el párroco le había entregado el plano trazado sobre una piel de ternero.
La noche antes de la entrega, ocurrió lo impensable. Valerio despertó sobresaltado por el crujido de las bisagras de su ropero. Al abrir los ojos, vio la silueta inconfundible de Damián escapando por la ventana con el estuche de cuero que guardaba el mapa. Valerio corrió descalzo tras él por los callejones de tierra, pero su amigo se perdió en la espesura del monte con la agilidad misteriosa de una sombra nocturna. Devastado por la deslealtad, Valerio regresó a su casa, se sentó en la mecedora de mimbre y esperó el amanecer sin pronunciar una sola palabra, sintiendo cómo el perfume de madera limpia que siempre impregnaba sus manos se transformaba en un hedor amargo a azufre quemado.
Al mediodía, el Alcalde y la mitad de la gente tocaron a su puerta exigiendo el plano. Valerio, con el alma hecha pedazos, caminó con ellos hacia el monte para señalar la ruta por donde el traidor había huido, decidido a entregarlo a la justicia. Al llegar al claror del bosque de laureles, encontraron a Damián sentado sobre una piedra, inmóvil, abrazando con fuerza el estuche de cuero contra su pecho.
El Alcalde se abalanzó sobre él para arrebatarle el mapa, pero al tocarle el hombro, el cuerpo de Damián se desplomó suavemente hacia un lado, tan rígido como un tronco seco. Los médicos determinaron que había fallecido a medianoche, exactamente a la misma hora en que Valerio creyó verlo huir por su ventana. Cuando abrieron a la fuerza las manos congeladas del difunto para recuperar el estuche, no encontraron el mapa del tesoro, sino una carta manchada de cera roja y un pedazo de tela carbonizada.
La carta, escrita con la caligrafía temblorosa de Damián minutos antes de morir de un ataque al corazón, revelaba el misterio, esa noche, Damián había descubierto que una banda de bandidos forasteros planeaba asaltar la casa de Valerio para torturarlo y quitarle el plano. Sabiendo que su corazón enfermo no resistiría un combate, Damián había entrado en secreto a la casa de su amigo, tomó el mapa verdadero para quemarlo en el monte antes de que cayera en manos criminales, y dejó en el ropero un plano falso escrito con tinta invisible que solo revelaría una ruta ciega hacia el pantano.
Damián no había huido para vender el mapa ni para traicionar la confianza de su hermano de vida; había corrido hacia el monte para consumirse en silencio con el secreto, dando su último aliento para proteger a Valerio sin que este tuviera que enfrentar a los asesinos. Mientras la gente contemplaba el cadáver del hombre en un silencio sepulcral, Valerio se arrodilló a su lado, le tomó la mano helada y rompió a llorar, sintiendo cómo el hedor a azufre desaparecía de golpe para dar paso a un aroma insoportable y eterno a flores de azahar.
Lealtad…
Lealtad y deslealtad (Dos Haiku)
(I)
El hueso sabe
quién sostiene la sombra
cuando te quedas.
(II)
La boca firma
un pacto de navajas
sobre el silencio.
P.D. Sobre la inquietud, si hubiera una inquietud, de si la deslealtad y la traición son lo mismo, no son exactamente idénticas, aunque habitan el mismo territorio. La deslealtad es una actitud o falta de compromiso, la grieta silenciosa, como dejar de sostener al otro o hablar a sus espaldas, mientras que la traición es la acción concreta y deliberada que rompe el pacto, el golpazo directo. Se puede ser desleal en silencio, pero la traición siempre deja una herida expuesta.

— ¿Sabes cuál es la diferencia entre que te fallen y que te traicionen? —preguntó ella, mirando fijamente la taza de café sin probarla.
—Supongo que el nivel de intención —respondió él, reclinándose en la silla—. La deslealtad es dejar caer la cuerda; la traición es cortarla a propósito.
Exacto. La deslealtad se sufre en silencio, pero la traición… la traición hace ruido cuando se rompe.
José Luis Troconis Barazarte.
- Soy leal…
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
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Ciudad Valencia/RM













