El espejo del otro
Caminar por la ciudad es, casi siempre, un ejercicio de soliloquio. Transitamos las avenidas envueltos en el murmullo de nuestros propios pensamientos, esquivando rostros como quien esquiva postes, reduciendo al transeúnte a un simple obstáculo o a una sombra en la periferia de nuestra prisa. Sin embargo, el asfalto esconde una verdad más profunda, una que late en cada esquina y que la prisa nos impide deletrear la alteridad.
Esta palabra, de resonancias filosóficas pero de urgencia cotidiana, no es otra cosa que el descubrimiento absoluto del «otro». No desde la condescendencia de la empatía, esa pretensión a veces soberbia de ponernos en los zapatos ajenos, sino desde el respeto reverente de admitir que el otro tiene sus propios zapatos, su propio rumbo y una historia tan legítima y compleja como la nuestra.
La ciudad, en su diseño caótico y humano, es el escenario perfecto para este hallazgo.
La mirada en el asfalto
El yo se construye en el reflejo de lo que no es. En el roce involuntario del vagón, en el saludo del vendedor ambulante, en la mirada del anciano que contempla el atardecer desde un banco público, nos descubrimos a nosotros mismos. Ellos no son satélites que giran en torno a nuestro universo; son universos enteros que colisionan con el nuestro.
Practicar la alteridad en la urbe es un acto de resistencia poética. Es detener el monólogo interior para escuchar el compás de otra vida.
MÁS DEL MISMO AUTOR: UN ESTUDIO SOBRE LA TRISTEZA
Ciudad en verso
Detrás de cada puerta que no abro,
en el tumulto exacto de la acera,
habita una verdad que no es la mía,
un rostro que me nombra y me descifra.
No eres la sombra que mi prisa aparta,
ni el eco que repite mi concepto;
eres el otro borde del espejo,
la orilla donde el «yo» por fin descansa.
Mirarte es entender que no estoy solo,
que el mundo es este puente compartido
donde tu diferencia me sostiene
y tu mirada me devuelve el alma.
La urgencia del diálogo
Cuando una sociedad olvida la alteridad, la ciudad se convierte en un archipiélago de soledades hostiles. El egocentrismo levanta muros invisibles y el prejuicio transforma al vecino en un extranjero sospechoso.
Reclamar la alteridad en nuestra prosa diaria, en la columna que escribe la rutina, es entender que la belleza de la convivencia no radica en la uniformidad, sino en la polifonía. La ciudad solo es verdaderamente humana cuando dejamos de usar al otro como un medio y lo reconocemos como un fin; cuando somos capaces de cruzar la calle, mirar a quien es completamente distinto y, en silencio o con un gesto, decirle: «Te veo, te respeto y tu existencia enriquece la mía».
Poesía
Alteridad
El otro no es la sombra en la pared
Mira su mano, lleva la misma herida del agua
Tú hablas pero, es su boca la que muerde el silencio
No hay dos cuerpos en la luz
está el ojo que te mira desde el fondo de tu propio rostro
Limpio,
desnudo como un hueso en el barro.
El otro es la puerta que nunca cerraste.
Cuento
Alteridad Aldana
En el pueblo de los Vientos, donde la lluvia caía hacia arriba cuando los habitantes guardaban demasiados secretos, vivía un hombre que no tenía sombra propia, sino la de quien estuviera más cerca. Se llamaba Alteridad Aldana.
Alteridad no había nacido de vientre humano, sino de un suspiro colectivo la tarde en que el pueblo entero se quedó mudo por el asombro de un eclipse plateado. Desde entonces, carecía de facciones fijas. Si cruzaba la plaza al lado de don Melquíades, el viejo boticario, las manos de Alteridad se llenaban instantáneamente de manchas de nicotina y sus ojos adquirían la mirada cansada de quien ha visto morir a tres generaciones. Si al doblar la esquina se topaba con la pequeña Amara, su andar se volvía ligero, su piel olía a azahar y una risa cristalina brotaba de su garganta, aunque él no tuviera motivos para sonreír.
El pueblo lo miraba con una mezcla de reverencia y temor. Lo llamaban «el espejo vivo», pero Alteridad era mucho más que un reflejo. Él no imitaba, él padecía y celebraba las realidades ajenas en su propio cuerpo.
Una noche de sequía implacable, cuando la tierra se agrietaba como un cántaro viejo, llegó al pueblo un forastero sombrío. Traía los ojos secos de no haber llorado nunca y el pecho cargado de un rencor tan pesado que las mulas se negaban a pasar por su lado. Nadie en Los Vientos se atrevía a mirarlo; el miedo hacía que la gente cerrara los pestillos y apagara las lámparas a su paso. El forastero era la discordia hecha carne, un hombre atrapado en el monólogo perpetuo de su propia amargura.
Alteridad lo esperó bajo el gran árbol de ceiba de la plaza. Cuando el forastero se detuvo, desafiante, buscando una mirada de odio para alimentar su fuego, se encontró con Alteridad.
Al principio, no ocurrió nada. Pero a los pocos segundos, el rostro de Alteridad comenzó a mudar. La piel se le llenó de las arrugas del desierto, sus hombros se encorvaron bajo el peso de culpas antiguas y, de repente, de sus ojos brotó una lágrima tibia y redonda.
El forastero dio un paso atrás, aterrado. Por primera vez en su vida, no vio a un enemigo ni a una víctima; vio su propio dolor sufriendo en el cuerpo de otro. Vio que su miseria no era un secreto absoluto, sino una carga que ese extraño estaba dispuesto a sostener. En ese instante de asombro, el pecho del forastero se ablandó y un sollozo profundo, contenido por décadas, le rompió la garganta.
Mientras el forastero lloraba su propia pena reflejada, la piel de Alteridad se aclaró, sus hombros se enderezaron y una paz inmensa floreció en sus manos. En el cielo de Los Vientos, las nubes por fin se rompieron y comenzó a llover una fragancia de tierra mojada que curó las grietas del pueblo.
Al amanecer, el forastero se marchó con el paso ligero de quien ha sido comprendido. Alteridad se quedó sentado bajo la ceiba, esperando en silencio el próximo par de ojos, listo para volver a ser la orilla donde el alma de los otros por fin pudiera descansar.
P.D
El encuentro lejanísimo
La noche no es una casa
sino el otro que me mira desde el cristal.
en esta grieta donde el lenguaje se rompe
soy la sombra de alguien que no vino,
el nombre que cae a un pozo de ceniza
buscando una boca que lo pronuncie.
pero aun en el silencio más absoluto,
en esta extranjería de ser y no ser,
una pequeña luz insistente
abre los ojos del desconocido.
Alguien toca mi mano en la penumbra
y, por un instante,
dejo de estar solo.
José Luis Troconis Barazarte.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
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