Los muros son seres surgidos de las mezclas que endurecen la altura para establecer una separación. Conquistadores del aire y de la tierra, guardianes de un más allá incierto, reveladores de nuestros miedos y valores, de nuestras angustias y desafíos.

Los muros nos invitan a dar el salto, a convertirnos en retadores de lo imprevisto. Puede alojar en su después otra dimensión en la que lo desconocido se nos revela, al correr su telilla ilusoria surge un detonador de nuestros sentidos, estos, al poco tiempo, se vuelven a sumergir en la realidad tratando de que el curso del mundo se acomode a la novedad, ¿no fue acaso un muro el inconmensurable océano que Colón saltó para internarse en un ámbito de lo real para lo cual la percepción ordinaria no estaba preparada?

Tenemos también la opción de no aceptar el reto de tumbar un muro y volver sobre nuestros pasos cargando con el de nuestros miedos, en este sentido el muro es una parálisis, una quietud cuyo silencio penetra en los mismos huesos de la conciencia y remueve antiguos terrores, como el que se adviene en un tiempo no vivido, signado por la incertidumbre pletórica de evanescentes bases. La niñez nos hace ver así las edades, de las que los adultos poseen múltiples informaciones, noticias andantes erigidas en cuerpos que quisiéramos habitar, no desaparecer como lo sugiere el Edipo freudiano, ni implotar desde el fondo de la estructura económica como hubiese querido Marx derribar la división material, dura, que  hay  entre  los  humanos, sino  escalar sus bloques cuyo manto de moho

dejará caer el tiempo. Encontrando de seguro algunos huecos, erosiones infortunadas que desde abajo no se contemplan.

Un muro no es una simple pared, esta necesita de otras paredes, no tienen sentido en sí mismas, dependen de la forma, de la figura, están hechas para albergar, para edificar y proteger, sus finalidades son hogareñas, anuncian una casa. Los límites del muro no son físicos, se ubican generalmente en el que se planta frente a él, es símbolo de un tiempo por vivir, de un universo por registrar, es asunto del hombre proseguir, desarrollarse, percibir la libertad fugaz de superarse a sí mismo en tanto que obstáculo, quizás los muros sean ficticios o innecesarios como resultó ser el de Berlín.

Pero el ánimo que recorre a una persona frente a su muro privado no es el mismo que recorre a una colectividad frente a los muros históricos, en estos la impotencia, el absurdo, produce un pasmo atroz que atenaza los cuerpos y rechaza la voz, rechaza el grito que persigue con su claror al otro que también se deja ganar por la desesperanza. En el muro privado, la indecisión, la duda, el temblor, la penitencia de repetir y repetir con el frenesí obsesivo de las olas un mismo salto en falso, atrapado en la creencia de que lo flexible, la transformación, las mutaciones, no son atributos de sus muros, sino la dureza, lo inmutable, lo siempre igual, canalizan al alma, la estancan, no la dejan convivir con la perpetua reproducción de los muros abscónditos en sus interioridades. El muro privado es un silencio que se arrastra sin querer.

 

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Hay muros que son simulacros, pero quizás sean los más difíciles de derribar, si es que la presencia de ellos nos evoca esa única acción. Todos los muros históricos son “de lamentos”, muros que ligan por la tragedia de la culpa, o separan por los vuelos ambiciosos del  poder  como el muro de infinita crueldad y vergüenza edificado por Marruecos, que,  por supuesto, es un muro político al tener la espesura, la latitud y la altitud específica de la separación, de la segregación.

El muro no abandona su silencio por más que lo conviertan en un mural, en un correo público, el muro no es una pared criptografiada, pintarrajeada, pared cómica y humorística  en  la  que  el  hombre  de  ciudad  tapona, superpone  las capas parlantes que amordazan el íntimo silencio de la piedra. Y es verdad, un muro pintado o invadido por la escritura no es más que una pared que abandona su normal aspecto para ir momentáneamente a desafiar las famélicas miradas de los transeúntes. Un muro debería estar impasible en medio de una vía impidiendo el paso en todos sus sentidos, allí situado, petrificante, como el muro de Montejo:

                                                  En esta ciudad soy una piedra

                                                  me he plegado a sus muros seriales, opresivos

                                                  de silencios geométricos

 

                                                  No me puedo mover, se cae mi casa

                                                  uno tras otro se derrumban

                                                  los edificios hasta el horizonte

 

                                                  Al fondo de la piedra soy un lagarto

                                                  en el lagarto una mancha amarilla

                                                  mancha del tiempo.                                                                                                                                                                 

                                                   No puedo hablar, la lengua se me traba

                                                   Orfeo el tartamudo es mi vecino

                                                   oigo su tos nocturna

                                                   reconozco el ladrido de su perro

                                                  

                                                   Soy una piedra atada a esta ciudad

                                                   un lagarto en sus grietas

                                                   una raya en su espalda ya muy tenue

                                                   Giran los días y permanezco inmóvil

                                                   todavía escucho latir el corazón

                                                   tenaz, a la velocidad de la materia

                                                   y hasta la arena que cae de la memoria,

                                                   pero ya solo siento que no siento

 

Metamorfosis más agraz y temeraria que la kafkiana, el poeta no mimetiza el color del cemento como lo hacen las iguanas al envejecer, ni procura comunicarse como en el caso de los camaleones, es muro del fracaso de la palabra, su oficio es darle forma al silencio, atadura más ardua y mortífera que la de Ulises para quien el propio Kafka urdió el verdadero motivo de su voluntaria sordera e inmovilidad: no querer percibir el silencio de las sirenas.

Montejo se vuelve piedra, extraña en la ciudad y, sin embargo, unida a ella, y es esa la sensación  y la  verdad  poética que  emana  del  muro:  una   velocidad  quieta,  un  ser  que

escucha, que almacena los ruidos del mundo y no fleta ninguno, no nos ofrece su voz, solo la inquieta y silente presencia de su ley.

En realidad el poeta adquiere la mudez de los muros de la ciudad que lo rebasa (hendija de sus luces, laja en lo dinámico y en lo etéreo), que lo sitúan en otro plano de la velocidad, la de la quietud. Y, sin embargo, él no es todo el muro, es apenas una raya borrosa, hundida en el ancho mar de la dureza, pero sin pasar, como una grieta, extendido, sin horror en su rostro, sin las dimensiones de la mentira. En la grieta fracasan las tempestades, su oscuridad es una puerta solamente para aquel que descubre en ella su propia oscuridad y escucha la huida de sus sentidos. El poeta queda atrapado en el deseo de la piedra: volver a la postura inicial del cuerpo, la pasta, el barro, la disolución. Atrapado como en la vida, los sueños, la muerte. Otra sombra en la sombra, una mancha en la mancha, una herida que nos amansa en la textura de la espera y deja fluir la profunda soledad de un testimonio sin canto ni sufrimiento de lo que poco a poco siempre está dejando de ser, siempre está dejando de tener forma.

La ley del muro permanece indecible, la intuimos y nos dejamos ir por su fascinación, no es la ley de la muerte, la que muy bien pudiera intuirse en una poética de las huesas o de los fosos, sino de lo imposible y de lo posible en  la vida, la intensidad de las fuerzas humanas que se desenvuelven en las potencias del porvenir o que se enconchan en un eterno presente. La ley de las interrogaciones.

En la obra de Deleuze y Guattari el muro es un símbolo de la función psíquica que desvía, impide o facilita el paso de los fluidos energéticos, en el caso de que sea cierto que la vida sea una máquina que marcha deseando y un deseo que maquina su objeto y este sea a la vez  una piedra imposible de satisfacer, una piedra en la que nos atamos para dejar que Selene nos cobije una y otra vez con su amor infinito y nocturno.

La materialidad del muro está en el orden del secreto, la conjunción emocional de lo psíquico y lo físico, o de todas las parejas de contrarios como en la muralla del paraíso en la simbólica cristiana, pero abierta a las búsquedas. Una seducción metafísica a la palabra y al acto, a la memoria y al paso de las edades. Así es el muro de nuestros pasados, un muro cotidiano lleno de olores de comidas, un muro que carda la vida familiar, que sugiere un profundo sueño. Un muro apacible y domesticado. En el momento de la pronunciación literaria, en verdad, el muro es un ábside onírico que produce recuerdos. Desde el muro se escuchan las enunciaciones del pasado.

Y es que los muros se convierten en obstáculos y estos adquieren las propiedades de aquellos cuando crecemos, cuando nos internamos en las problemáticas órbitas de los adultos. Y no se trata de que la niñez no sea conflictiva, lo es mucho más que cualquier otra edad, pero igualmente estamos mejor equipados para esquivar, burlar y traspasar las durezas y las altitudes de los muros. Los niños mismos son un recóndito y largo muro que el hombre recorre buscando verdades para su alma y para su vida cultural. Comparada generalmente con el paraíso perdido, la niñez no es una ingenua y pasmosa paz, al contrario, pero el mismo hombre interpuso para siempre jamás los muros de fuego que giran y le impiden la entrada a su propio pasado.

Es la conciencia de la muerte la que lo lleva a percibir a la niñez como un tiempo calmo del cual se quisiera no haber salido nunca, la niñez es así el otro lado del muro del adulto. Pero más allá de las erosiones recíprocas que Dios y el hombre se infringen, quizás para convertirse en brocales fáciles de saltar, está el problema de la profundidad de los muros, de los muros que se continúan hacia abajo, inmensas y rústicas bases que devuelven al topo e impulsan al hombre a volar sobre sus problemas, no hacia atrás ni hacia adelante, sino hacia él mismo, hacia adentro y hacia arriba. Para el que vuela de esta manera la materialidad de los muros es la ilusión.

 

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Arnaldo-Jiménez- cultura-Divagaciones

Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)

 

Ciudad Valencia/RN