Obsequios del pasado | Arnaldo Jiménez

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casa antigua

Las mudanzas tienen una ruta nefasta: siempre se pierden cosas amadas, objetos que representaban instantes de intensas emociones. En el transcurso del tiempo, hay objetos que cambian de alegres a tristes, o viceversa, esto es inevitable.

En la última de mis mudanzas —una que subrayó el tilde de la soledad, pues nunca antes me había mudado solo, en las mudanzas siempre estuve acompañado de mis familiares— me vi obligado a dejar cosas que nunca quise haber abandonado: una gorda encuadernación con los dibujos y cartas de mis dos hijas cuando yo fui un héroe y podía montarlas en mis hombros, y jugar al circo y rondar por los parques haciendo travesuras, inventando el mundo; otra encuadernación de igual grosor con las cartas que la mayoría de mis amados estudiantes me regalaron a lo largo de más de dos décadas de clase como maestro, además de los poemas que me dedicaron en otras escuelas donde impartí talleres de poesía y cuento. Hay otras cosas que, en este instante en el que escribo, vienen a interrogarme, ¿no te acuerdas de mí, Arnaldo?

 

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Entonces hablan muchos libros abandonados en la casa de Santa Cruz, allá en Puerto Cabello, donde viví por cuarenta años, y hoy está casi en ruinas, pero con esperanzas de sobrevivir y alojar a otros seres, a quienes tendrá que oler, palparlos con su ceguera y sus paredes con artrosis, tendrá que lamerles la piel para reconocer que no son los seres que dentro de ella fueron velados, ni las personas que dentro de ella fueron creciendo y alejándose.

Libros que dejé sobre una mesa de computadora, tapados con tres cortinas, como si estas tuviesen la capacidad de protegerlas de las mandíbulas del tiempo. Libros dedicados por poetas amigos, libros que ya no se venderán más en el país.

Sobre una peinadora que se desplomó de tanto soportar su peso, había infinidad de objetos que me regalaron mis hijas, y la calle, y algún amigo, algún amor. Un cofre de madera en donde vertí muchas de las monedas que coleccionaba mi madre, y una postal que mi tío Enrique nos envió, a mi hermana y a mí, desde un puerto de Europa cuyo nombre se me ha borrado de la memoria.

Yo no cierro ciclos, no paso páginas, no me da la gana de hacerlo, mi alma no funciona con los consejos de los psicólogos que recetan alegrías cada ocho horas por lo que le quede de vida. Dentro de mí yacen las rutas que la vida me ha hecho transitar y en las que he conseguido alguna cosa que tiene el ADN de la amistad. He llegado a pensar que el animismo es consustancial al ser humano contemporáneo. Si de vez en cuando caigo en un charco de tristeza, pues lloro, y ya.

El tiempo tiene sus resacas: el día del padre próximo pasado, una estudiante muy querida por mí, Analís Espinoza, a quien le impartí clases desde segundo grado hasta sexto, se comunicó conmigo para saber si yo tenía los poemas que ella, casi veinte años atrás, había escrito. La alegría fue doble, porque además del contacto, también constaté que la poesía se había incubado en ella y, seguro que en otros también.

Por ejemplo, en Andry Bracho, quien también se ha comunicado conmigo, tiene hasta una página donde muestra sus creaciones. Pero otros estudiantes han ido apareciendo, Yoemery Polanco, Yoswar Polanco, Emperatriz y Yamilet Gutiérrez, Yisbel Navas, que me envió una ayuda económica desde Estados Unidos en una de mis operaciones, y a quien siempre estaré agradecido.

Algunos se me escapan, y no importa para nada si siguieron o no escribiendo o siendo lectores, lo que importa es que son grandes seres humanos y los considero mis amigos. Asimismo, sostengo en mi corazón la amistad de la doctora Yudith Flores y sus hijos… Con quienes viví momentos de mucha intensidad humana. Con ellos, ¿cómo negar que el pasado me ofrece un presente?

En la casa de San Esteban, donde viví algunos años con mi hermana querida Magaly Jiménez, su marido Carlos Hernández y mi sobrina Oriana Miranda, dejé, además de muchos libros, la biblioteca de hierro y latón, la efigie de un Corazón de Jesús cuya edad pasa los cien años, y, entre otras cosas que no recuerdo, un álbum gigantesco que mi hermana fue confeccionando poco a poco, página por página, con mis artículos de prensa, con los títulos de mis libros, lo llenó de imágenes que ella consideró adecuadas para los temas; un álbum que destilaba ternura por sus palabras escritas a mano alzada, admiración por mí y el gran amor que aún nos sigue uniendo, aún después de su muerte.

Yo abro páginas, colecciono ciclos. A los que no tienen historia, o no quieren tenerla, solo les digo lo que solía decir Milka, mi madre: “Con su pan se lo coma”…

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)

 

Ciudad Valencia/RN