Entiendo que las razones de la pregunta del título te tienen sin cuidado, ¿qué te puede importar a ti eso?; es cierto, te concedo la razón. Sin embargo, me pareció interesante realizar una crítica a mí mismo en tanto ser que ha intentado trabajar con la sustancia más difícil en el arte: el lenguaje, la palabra —y esto porque no se me ocurría otro tema para publicar en Ciudad Valencia—.
El lenguaje tiene una inconformidad como esencia, le es inherente a él y, por tanto, a todo ser humano, no solo al poeta o al escritor. Por inconformidad quiero decir que no calza en una forma, que se resiste a esta y, hagamos lo que hagamos, siempre estaremos presentes en él, lo cual es razón más que suficiente para el fracaso de toda tentativa de objetividad.
Esa crítica no tiene que ver con buena o mala calidad de lo escrito, esto no lo he considerado, sería algo vergonzoso decir una cosa u otra en torno a mi escritura; eso es harina de otro saco. Solo quiero remarcar el eterno retorno de las fotos en mis textos.
DEL MISMO AUTOR: MUROS
Uno de los aspectos de los que me he venido percatando en los últimos años, es mi recurrencia a las fotos. ¿Por qué siempre utilizo este recurso? Yo no tengo una respuesta precisa (como siempre, me diría yo mismo), tampoco sería una sola respuesta. El asunto se expande y alcanza regiones oscuras de mi psique y mi intimidad: he amanecido con fotos de mis hijas en las manos, porque estaba convencido de no haber sido un buen padre, o con fotos de amores perdidos: madre, hermana, amigos, compañeras…, llorando sin consuelo, algunas veces, aliño la tristeza con una hermosa arrechera: como si hubiese seguido el curso de la vida de Florentino Ariza en su época de juventud.
Las fotos me hacen daño, yo siento un dolor físico, algo que desgarra; así de exagerada es la vaina. ¿Me justifico? Claro que no. Ya te explico: ese dolor antes descrito lo he venido superando, purgando, he convivido más con las fotos, me las llevo conmigo a todas partes. Y una manera eficaz de controlarlas y mantenerlas en una región no patológica, es usarla como motivo de escritura. Creo que esto puede entenderse, pero, ¿por qué carajo esto se ha vuelto casi una obsesión? La razón no la consigo en el daño, ni en la nostalgia, ni en mi forcejeo con lo perdido, yo estoy casi seguro de que se ha convertido en un tema, algo a lo cual se le saca mucho provecho y se ha transformado en un facilismo para escribir.

Siempre he estado atento a no repetirme, no me gusta ser encasillado o etiquetado: poeta de la brevedad, poeta de mar, etc., como es bien sabido, hay poetas que escriben durante todas sus vidas en torno a un mismo tema: el mar, la sequía, la muerte, el amor…, yo no quise que esto me ocurriera a mí. Me percaté de que la muerte, por ejemplo, era un tema muy recurrente en mis cuentos, poemas, ensayos y novelas, y decidí escribir algunos poemarios en los que la muerte no estuviese de metiche otra vez.
La mayoría de esos textos no se ha publicado; pero los interesados pueden ver el giro temático en la revista Poesía en su versión digital, allí pueden leer poemas de Las Velas del Dragón (exposición de Cuadros orientales y occidentales); este poemario intenta describir cuadros, la primera parte los plantea al estilo de la pintura occidental y, la segunda, al estilo oriental, basado en la pintura China. Sobre los poemas orientales coloqué poemas cortos, algunos son haikus que, pretenden ser introducciones de los poemas que preceden. Sé que los cuadros tienen ciertas semejanzas a las fotos, pero en ese poemario evadí a la muerte y, en parte, a la fotografía.
Resurrecciones es, hasta el momento, el poemario publicado que le da la vuelta a la tortilla. Es un canto a la vida, al poder del milagro poético. ¿Cuál es el límite de la magia? Resucitar. Pero no escapé de las fotos, el segundo poema se titula: RESURRECCIÓN DE LA FOTO DE UNA ABUELA. Te cito un trozo para que veas cómo soy víctima de mis frustraciones:
Allí no hay profundidades/ salvo la pose que no volverá a copiarse/ usted queda dentro del encuadre/ cuando la imagen se pega a su cariño/ no la reduzca a un simple vestigio/ la foto no es una puerta estancada/ sino la caricia de una fecha/ un ir y venir de la lejanía/.
Así que las fotos se convirtieron en un tema recurrente del cual vengo a percatarme recientemente. Una de mis novelas titulada: ENTREPUERTOS; tiene como origen una lectura del vacío que yo hice en la mirada de mi madre un día cuando ella se dio cuenta de que los comejenes se habían devorado, calcinado, casi dos álbumes con las fotos que, en gran parte, narraban la historia de la familia. Surgió en mí la idea de suplir esas fotos por fotos literarias, estas se las enseño a mis hijas y en ese ojear y hojear del álbum, transcurre la novela:
Todas las vidas que teníamos en las fotos las hizo cenizas el comején, con los trabajos pacientes de sus mandíbulas, esos diminutos infiernos. Se llevaron nuestra única defensa contra la muerte, la única arma que doma el caballo del tiempo. Ya antes éramos fragmentos, pausas de días que fueron enyesadas para que cayeran en los ojos como barajas de la memoria. Por ahí debemos andar entre peroles desechados, con otros años, las sonrisas secas, cuerpos anteriores venidos a menos y tan similares a estas fotos que envejecen sobre el destino. Por ahí debemos andar regresando al polvo del origen, devolviéndonos al viento, plenos en la intemperie. Las pocas poses que sobrevivieron (los retazos de perfiles, las expectativas de las cartas y la dignidad de las postales), ella las guardó en una gaveta de la peinadora, y allí reposarán dentro de una bolsita negra que algún día mi hermana desempolvará para tratar de verse.
Esta novela tiene un respaldo, en el sentido que tenía los discos de vinilo anteriormente, la cara A, y el respaldo: la cara B; esta última es Álbum de mar, un poemario ya publicado en el que las fotos también tienen una importantísima presencia, evidenciada en el mismo título. Ambos libros se complementan y se continúan. Pero en el poemario incluí fotos como Cangrejo, Pescado, Niebla, Pesca, entre otros, no solo porque se trata de elementos relacionados con el mar, sino, además, para romper la ola de nostalgia que el poemario suelta hacia los lectores desde sus primeras páginas. Y tuve el descaro de titular uno de los poemas así, Las fotos:
presiento en el álbum una impostura transformada en caída/ el tono del patio crece con la muerte de los perros/la madrugada rasga la pintura de la puerta/y esas nuestras poses pecando con otra alma ya endurecida/bebe espíritu mío la obligación del recuerdo
En Tramos de Lluvia y en Salitre, los poemas pretenden, en su mayoría, sobre todo en el último de los nombrados, ser fotos tomadas con palabras; como si viese un instante y clic, lo paralizo con las palabras. Algunos dan la sensación, al menos esa fue la intención, de que el poema es una cosa casi separada del poeta, ya que este se encuentra detrás de la cámara, es decir, detrás del poema, no dentro de la imagen poética. Esto no es lo mismo que un poema-objeto, no se debe confundir, por eso utilicé la palabra cosa. Es fácil sacar al yo poético cuando le tomas una foto a un lavamanos y le haces un tatuaje de Pilatos o de Freud en el sitio por donde se va el agua; pero que no se vea tu yo en una foto-poema, es muy difícil de lograr, porque el lenguaje nos hace trampas, nos define, nos contiene, no podemos sustraernos a él. De Salitre:
ese barco llamando/a sus pasajeros/listo para partir/todos llegan/a última hora /llenos de resplandor/se recoge el ancla/y la niebla/empieza a cubrir/la separación.
La obsesión con las fotos se puede palpar en muchos otros libros míos, tanto publicados como inéditos. Por ejemplo, en Caballo de Escoba, te cito versos de poemas diferentes:
mi padre daba vueltas en el corral de las fotos/ y pastaba la quietud de otras horas…
el silencio vuelve a entrar en la sonrisa de las fotos…
De tal manera que le he sacado el juguito al temita de las fotos; aún me falta por citar Luz amontonada, un poemario ya publicado y Diario de un fotógrafo, un libro de microficciones que no he terminado de escribir, un proyecto que inicié y lo abandoné luego, precisamente por haberme dado cuenta del peo que tengo con las fotografías. Imagínate que, en este último libro, me disponía a crear series, por ejemplo: mendigos, iguanas, tarantines a orillas de carreteras.
Este ha sido otro problema más: tiendo a escribir series de cosas, sobre todo en el área de la minificción: tipología de las pipas, volcanes, calles, burbujas, clavos. ¿Podría haber una forma más fácil de escribir que machacar un tema hasta exprimirlo? Muchos autores critican esta manera de escribir y, muchos amigos y no tan amigos también; y yo sé que ellos tienen razón. Lo único que puedo decir a mi favor, en este sentido, es que, al igual que he roto con la categoría: poeta de mar, escribiendo sobre otros temas; al igual que he roto con el poema corto, escribiendo poemas largos, también he roto con los libros misceláneos, de los cuales tengo unos cuantos, tanto inéditos como publicados; y mi intención fue crear cosas, objetos, utilizar la serie de la producción de mercancías que existe en la vida real y, quitarles el valor de cambio; claro, luego inventé cosas muy absurdas como los volcanes y las burbujas para lo cual hay otras razones que no diré en este texto.
Por otra parte, aclaro que Resurrecciones surgió como un libro de minificción, pero me arrepentí y lo envié a las regiones del poema. Para olvidarme un poco de este tema, he recurrido a las múltiples vías que ofrece el periodismo: La roza de los vientos, da testimonio de esto. Es un libro periódico, es decir, estructurado en forma de periódico: sociales, educación, suplemento cultural, suplemento infantil, obituarios…, y ahora ando mosca de no repetirme porque ya he escrito varios cuentos cortos con el bendito tema de periódico, qué vaina, no sé cuándo seré un escritor de verdad, que sea serio y no se repita tanto.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
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