¡Ole, torero! | Carmen Pacheco

torera-dolor renal

Una mañana, mientras preparaba mi desayuno, comencé a sentir algo extraño en el cuerpo. Fue un llamado de atención que venía de lo más profundo de las vísceras. No le di el interés que merecía y continué con lo que preparaba en la cocina: una tortilla con espinacas, dos rodajas de pan tostado acompañado del inseparable café mañanero.

Mi vida continuó en la rutina del día a día y cuando eran las tres de la tarde, el cuerpo apretó algo más su llamado de atención. Ahí sí entendí que algo pasaba. Por los síntomas pensé que era algo por lo que ya había pasado y me tome un medicamento que en otra oportunidad me cayó bien.

¡Craso error! El organismo, como un loco enardecido para defenderse, trató de sacar lo que había ingerido, una y otra vez produciéndome un fuerte dolor en el lado izquierdo del vientre. Fue allí cuando comprendí que no eran cosas de juego y que iba en serio la respuesta del cuerpo.

 

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En minutos sucumbí al dolor adoptando la postura de una mujer en trabajo de parto caminando de un lado a otro con la tonta idea de que, si lo caminaba se iría alejando el dolor de la zona.

De ponto imaginé lo que un toro debía de sentir, cuando se le encierra en el chiquero (un pequeño calabozo o cubículo oscuro) y se le clava la divisa (una cinta con los colores de la ganadería) en el lomo, mediante un pequeño arpón (es una pequeña punta o gancho de hierro, generalmente de unos 4 a 9 centímetros) diseñado para engancharse en la piel del animal para que de esa manera vaya perdiendo fuerzas mientras se ejecuta la corrida. En este caso yo era el toro.

En una fiesta, a la que se le llama “Tauromaquia o Fiesta de los toros”, los ganaderos y amantes de las corridas de toros van a ver cómo un hombre, con capa y espada en mano cansa al animal hasta ver que ya tienen la oportunidad de ir a matar, mientras el público grita “Ole”. Se prepara el torero, lo mide espada en mano, el toro ya no da más, se cabecea y cuando ya está por caer de rodillas, el torero se abalanza sobre él hundiendo su espada hasta el corazón, mientras en las tribunas gritan: “¡Ole, torero!”.

 

 

Volviendo a mí relato. Un día y una noche la pasé en un solo ¡Ay! por todo el apartamento. Nada me lo calmaba, ni los guarapos de ramas tan conocidos para estos menesteres. En eso llegó la coqueta “Yerbabuena” hundiendo la punta de la espada hasta lo más profundo de mis vísceras y como el toro caí de rodillas sin poder sostenerme.

De allí en adelante fue mano en el costado, cuerpo doblado y un quejido ahogado que me acompañaría otro día más hasta que llegaron los medicamentos apropiados para lo que se suponía tenía y fue cuando pude descansar un poco.

Al otro día me llevaron a emergencia y determinaron que había cálculos renales en los conductos o uréteres y que uno era demasiado grande como para salir por sí solo. Estuve en emergencia con hidratación y calmantes mientras discutían la clave del seguro. Pasaron unas horas hasta que por fin dieron luz verde para la intervención.

Al terminar el procedimiento, el médico le dio, en un vasito de café, las piedras que habían sacado del uréter y fue cuando le dijo al hijo que tenía una madre “macha” porque el dolor debió haber sido muy fuerte. A muchos hombres ese tipo de dolor los quiebra.

En esos día, en que tuve que vivir repartida geográficamente, entendí el valor más auténtico de lo sencillo, del espacio, la humildad, la aceptación, lo insignificante, lo malo del apego a las personas o a las cosas, el dejar fluir, dejar ir, quererse mucho, valorarse, conocerse, aceptarse tal y como eres, con tus defectos y pocas o algunas virtudes.

Le tememos al dolor, y es lógico, aunque  muchas veces debemos sentirlo para aprender algo que se nos está diciendo de la mejor manera pero no lo entendemos.

Este cuerpo está aprendiendo desde varios ángulos de la vida y mientras haya vida habrá más aprendizaje.

 

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Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.

Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.

También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.

Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

 

 

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Ciudad Valencia / RN