Era una mañana fresca, en comparación con los últimos días de agosto y septiembre. Desde hacía tiempo tenía ganas de ir al “Balneario de las Trincheras” para eso de los músculos de las rodillas y los de la espalda. En distintas ocasiones, las amigas y yo nos habíamos reunido para escoger el día y bajar, pero cada vez se hacía imposible, así que agarré mi bolso y me fui de aventura.
Las aguas termales de Trincheras están en el sector “Las Trincheras del municipio Naguanagua” estado Carabobo. Queda a unos 15 minutos de Valencia (pasando el peaje La Entrada) y cerca del límite con el Parque Nacional San Esteban. Esto es a modo de información.
Desde hace muchos años se caracteriza por recibir personas con problemas de salud física. Muchas de ellas dicen haber encontrado su sanación en esas aguas y se convierten en visitantes asiduos del lugar. Usted los reconocerá de inmediato cuando vea a uno de ellos sumergirse suavemente en el agua caliente y permanecer por un largo rato.
DE LA MISMA AUTORA: UNA BOTELLA, UNA INDIGNACIÓN
En esa zona montañosa, se pueden encontrar “paujíes (copete de piedra), guacharacas, loros reales y están los pericos cara sucia. Acostumbran a sobrevolar todo el perímetro del balneario en busca de alimento o cuando, al caer la tarde regresan hacia sus nidos. El entorno boscoso alberga especies protegidas de la cordillera de la costa, tales como iguanas.
Van a ser tres años que fui desde Guacara hasta una placita en Valencia por los lados de Naguanagua donde salían las camionetas a Trincheras y me dejaban frente al balneario. A eso de las tres de la tarde me preparaba para esperar el transporte que subiría hasta el CUAM en Naguanagua, desde donde salen las camionetas que van hasta Guacara.
La carretera vieja, la que conduce hacia ese lugar, la cerraron harán unos meses atrás por el mal estado en la vía, desviando el transporte público y el de carga pesada por la autopista. Las camionetas públicas ahora dejan a los pasajeros en “El peaje de Trincheras”
No sabía cómo hacían los lugareños para continuar con su vida diaria por lo que me dije: “Solo yendo al lugar sabré como llegar y regresar”. El hijo me pagó un taxi y llegué sin más espavientos. Sin embargo nada está seguro en la vida.

Al montarme en el carro, le pregunté al señor:
—¿Buenos días, usted saben dónde queda Las Trincheras?
—Por supuesto. Hace unos años lleve a unas monjitas
Pensé entonces que estaba claro a dónde me llevaría por lo que comencé a disfrutar del viaje por aquello de que: “no importa el destino, sino el viaje”.
Llegamos al peaje “Trincheras” y siguió rodando. A los cinco minutos veo una enorme piedra que atravesaba casi toda la vía, definitivamente no me pareció conocido el lugar y le volví a preguntar:
—¿Señor, usted sabe dónde queda Trincheras?
—Claro, ya le dije que vine, hace algún tiempo, me contestó algo contrariado y siguió manejando.
“Todo era monte y culebra”. En una de esas, nos encontramos con otra piedra inmensa que también atravesaba el camino por lo que apenas pudimos pasar. Era tal mi distracción que pensé que a lo mejor era por eso que las camionetas no transitaban por ese lugar creyendo que íbamos por la vía correcta.
Más adelante, el monte se había apoderada una buena parte de la vía y apenas alcanzamos a ver que venían de frente unos ciclistas. Tuvimos que orillarnos para que pasaran y en eso le digo al taxista:
—Señor, por favor, pregúntele al de la camioneta que viene detrás de los ciclistas dónde queda Trincheras.
Detuvo un poco el vehículo y sacando medio cuerpo le preguntó al otro conductor:
—¿Amigo, dónde queda Trincheras?
—La dejó atrás, —-dijo apurado porque se le iban los muchachos. Tiene que regresarse y cuando llegue al pueblo cruza a mano izquierda. Esta vía por donde va lo lleva a Puerto Cabello.
Así lo hizo y ¡Oh maravilla! Por andar entre nubes no me di cuenta que a pocos metros del peaje había que cruzar a mano derecha y que pasando debajo de un pequeño puente aparecía, con todo su colorido, el pueblo Las Trincheras.
Al estar en la vía correcta, me dio la impresión de que el pueblo se había quedado congelado en el tiempo. Es como si hubiese estado allí la semana pasada, no había cambiado nada. Me percaté que no estaban aquellos parajes que ofrecían comida autóctona y ese estupendo restaurant denominado “El para para” con sus deliciosas sopas, que le levantaban el ánimo a cualquiera.
Es de entender que la situación con la vialidad es un problema para los que allí viven y para los turistas. Sus artesanos y vendedores de dulces tradicionales como: Chocolate artesanal y cacao de Trincheras le daban vida al lugar, en todos los sentidos, especialmente el financiero.
Allí están las haciendas locales que procesan cacao criollo fino con notas a nueces y flores, transformándolo en barras de chocolate muy valoradas por los que los visitan. Conservas de coco: Dulces criollos tradicionales a base de coco y papelón que se vendían en los puestos y adyacencias del balneario termal.

El cacao, los dulces y su arte popular siempre lo mostraban a la entrada del balneario y a la orilla de la carretera, de modo que el visitante regresara con algo rico o una manualidad propia del lugar a sus casas. Ese día que estuve allá no vi a algún artesano apostado en la cercanía. Recuerdo que hace algunos años, en la entrada del balneario, compré un traje de baño azul muy hermoso.
Me encanta conversar, será por eso que consigo qué escribir. Me acerqué a uno de los señores que mantienen limpia las áreas del balneario y le pregunté sobre la temperatura del agua.
—Después del doble terremoto, el agua ha estado más caliente —me comentó.
—¿Y ha habido bastante o pocos visitantes, luego del temblor?, le pregunté
—Los primeros días nadie vino, pero poco a poco comenzaron a llegar. Claro, el problema de la carretera, es eso… “un problema” —dijo muy bajito
Conseguí sentarme al lado de donde están muchas figuras de nuestro San José Gregorio Hernández en distintos tamaños. En ese lugar tenía todo el panorama de las piscinas. Unas señoras se encontraban hablando de comida cerca de donde yo estaba. Según supe luego, les había llegado visita de Caracas y las llevaron a conocer el balneario.
Cuando comenzaron a hablar de comida me tomé el atrevimiento de preguntarle a una de las lugareñas sobre un dulce emblemático de ellos y si podía darme la receta. Orgullosa de su terruño, de inmediato me nombró varios pero, como si paladeara en su mente otra receta, me dijo:
—Te voy a dar la receta clásica del lugar y se llama: «Marrallo» o conserva negra de coco
Ingredientes:
- 2 cocos grandes, rallados por la parte fina (debe quedar la pulpa blanca)
- 1 panela de papelón (unos 500g), troceada o rallada
- 1 taza de agua
- Clavos de olor y unos palitos de canela (al gusto)
- Opcional: 1 cucharada de cacao en polvo de Trincheras (para darle un toque local único)
- Preparación:
- Hacer el almíbar: En una olla grande de fondo pesado, coloca el agua, los trozos de papelón, la canela y los clavos de olor. Cocina a fuego medio hasta que el papelón se disuelva por completo y comience a espesar ligeramente, formando un almíbar o melado.
- Agregar el coco: Retira los clavos y las astillas de canela. Incorpora el coco rallado a la olla y mezcla muy bien con una cuchara de madera. (Si deseas usar el toque de cacao local, añádelo en este paso).
- Cocinar y remover: Baja el fuego a mínimo y cocina la mezcla sin dejar de remover de forma constante. El secreto está en moverla para que no se pegue al fondo. Sabrás que está lista cuando la masa se vuelva muy densa y se despegue limpiamente de las paredes y el fondo de la olla.
- Moldear: Humedece una bandeja o una superficie limpia y plana (puedes usar hojas de plátano limpias como se hace tradicionalmente). Vierte la cocada caliente y extiéndela con cuidado usando una paleta húmeda hasta dejarla de 1.5 cm de grosor aproximadamente.
- Cortar y enfriar: Deja reposar unos minutos a temperatura ambiente. Cuando la masa comience a endurecerse pero aún esté manejable, corta las conservas en cuadros o rombos con un cuchillo afilado. Deja que se enfríen por completo hasta que queden firmes.
Se despidieron con un gran hasta luego para ir a la parte del lodo a embadurnarse y salir de ahí más bella de cómo llegó, según dijo, soltando una gran carcajada.

Ese día era jueves, el horario es hasta las 3 de la tarde porque le hacen mantenimiento a las piscinas. Estar allí desde las nueve hasta las dos fue un tremendo privilegio para mí. Tomé fotos, conversé con el señor que ayudaba a las personas a sacar barro, solo que esta vez estaba muy caliente para meterse a caminar en el lugar o sacarlo con la mano y se mantuvo narrando algunas anécdotas del lugar.
El día estuvo con mucha luz y aunque había calor, el estar entre la montaña una fresca brisa bajaba atenuando la temperatura, muy de vez en cuando. Mi visita a Trincheras era para estar dentro de esas aguas sulfurosas y llenas de minerales importantes. Primero estuve en la piscina fría y luego en la menos caliente. Fui entrando poco a poco y en cada escalón hubo una exclamación “Dios mío” hasta que el agua me llegó al cuello. ¡Estaba muy cliente!
Cuando llegué por la mañana al balneario, le había preguntado al chofer que me llevó, la posibilidad de que me fuera a buscar. Me dio su número de teléfono y dijo:
—Llámeme a eso de las dos.
Lista y arreglada, a eso de las dos lo llamé, el hombre nunca respondió. En ese momento sonó un trueno muy fuerte y de inmediato comenzó a llover. No tenía dinero para quedarme en el hotel y como ya les comenté, ya no pasan las camionetas por el frente. Le pregunté a uno de los vigilantes sobre algún transporte y me dijo que fuera a la puerta de entrada y hablara con el que estaba de guardia, que ellos tienen los números de teléfono de unos señores que les dicen “los rapiditos”.
Al subir y preguntarle al vigilante, una señora estaba hablando con uno de esos choferes y quedó en venir a buscarlos. El vigilante me dice:
—Ese es el único número que tengo
Por mi mente pasó mi imagen acurrucada en cualquier parte del lugar para pasar la noche.
Para no hacerles muy largo el cuento, las señoras terminaron dejando que yo me fuera con el taxista porque no encontraban a su hermana. Así que entre abrazos y mis bendiciones para ellas me fui con el taxista y me dejó donde estaban la camioneta para Guacara. ¡Que si Dios existe, todos los días me da pruebas de que sí!
Ahora sí sé cómo llegar a Las Trincheras y les explico:
Para los que van desde Guacara:
– Se agarra la camioneta que llega hasta el puente de Bárbula
– Allí hay unos carros por puesto o taxis que les llaman “los rapiditos” te llevan hasta la puerta del balneario por 1,5$.
– De regreso, ya debes haber hablado con el conductor para que te pase buscando a la hora que convengan y los deja en la parada del CUAM. Allí salen las busetas que van hasta Guacara. El precio sigue siendo 1,5 $. Si vienes solo pagas todos los pasajes o sea 5 $.
Fue una maravillosa aventura. Conocí hermosas personas y mi cuerpo me lo agradeció.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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