Lo que un niño me contó | Carmen Pacheco

El lunes, 2 de noviembre, me llegué hasta la plaza Bolívar de Guacara. Allí observé los preparativos para dar el grito de “Llegó la Navidad” en el Municipio.

En algunos bancos de la plaza había personas celebrando las últimas cuatro arepas que los turcos les propinaron a las Águilas del Zulia el primero de noviembre en el estadio “José Bernardo Pérez”.

No soy fanática de ninguno de los dos, pero me encanta la alegría de los seguidores cuando ganan. El calor apretaba sin compasión y me refugié bajo uno de los frondosos árboles. Al momento de estar sentada escuche el llanto de un niño. Este se oía por las cuatro esquinas de la plaza.

 

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Volteé para todos lados buscando quién lloraba y los únicos rostros que vi eran de adultos jóvenes y adultos mayores. «Ahora sí me acomodé yo», me dije. «Escucho voces. Debe ser por este calor tan fuerte que mi cerebro se está recalentado y alucina».

Caminé plaza arriba y plaza abajo y no conseguí al niño que lloraba. Era un quejido tan triste que no pude dejar de buscar de dónde venía. Frente a la estatua del “Libertador Simón Bolívar” había un banco que abrasaba el sol con fiereza. En él había alguien. Sus hombros se estremecían y ocultaba su rostro.

Al acercarme al banco, el sonido del llanto cesó. Solo se oía el ruido del día a día de esa mañana en el pueblo. Lentamente llegué junto a él y le pregunté:

—¿Qué le pasa? ¿Por qué llora así?
—¿De qué me habla señora? ¿Quién está llorando? —se voltea increpándome.
—Disculpe, me pareció oírlo llorar —le dije muy apenada.

De repente, secándose el rostro con la manga de la camisa giró nuevamente y me miró a los ojos diciendo:

—Hoy, 2 de noviembre, recuerdo aquel día en que mi padre prometió jugar conmigo. Tendría seis años. Sé que ha pasado mucho tiempo pero hoy, precisamente hoy, lo estoy viviendo como si fuera ese día. ¿Deja que se lo cuente? —me pidió.

Me senté junto a él dispuesta a saber qué le pasó cuando tenía seis años. En un instante, él ya no era un adulto. Había adoptado la postura de un niño con miedo y con mucho dolor. Se acurrucó en el banco y quedó ahí, sumido en sus recuerdos con la mirada fija en el suelo. Comenzó su relato de esta manera:

Ayer por la tarde mi papá llegó temprano. ¡Yo estaba muy contento! Porque cuando él llega del trabajo me siento livianito. Por las mañanas cuando se va me dice: “Cuida a tu mamá y a tu hermanita hasta que yo vuelva”.
Tengo seis años y a veces no entiendo el porqué de día soy hombrecito y cuando llega él puedo ser niño, pero mi papá llegó y vamos a salir a jugar la pelota. Mi hermanita quiso ir y eso me molestó, ella es muy fastidiosa porque siempre quiere ir cuando yo deseo jugar a ser niño con él. Llegamos al parque y al tirar las pelotas en la tierra me dijo: “Prepárate en la zona de bateo, Luisito”.

Salí corriendo arrastrando el bate. Lo levanté igual como él me había enseñado, pero pesaba mucho, eso nunca se lo dije. Me lanzó la primera pelota pero no puede tocarla. Me la tiró más cerca y tampoco le pegué, pero en la tercera, ahí sí se la bateé durísimo. ¡Cómo brincaba de alegría mientras me gritaba: “¡Así se hace, Luisito, serás un grandeliga!».
Me tocó lanzarle la pelota y tuve que ponerme más cerca porque no soy muy fuerte, aún tengo seis años. Sonó su teléfono y en seguida recogimos todo. Me entristecí mucho porque ese era mi día con él.

Metimos todo rapidito en el carro y nos fuimos a donde él trabaja, ¡Ah! No te dije que papá era médico. Al llegar, me dejó en una silla, cerca de unas señoras vestidas de blanco. Alrededor la gente gritaba y yo estaba asustado. De pronto, un niño se sentó a mi lado con una bata, sus ojos estaban muy abiertos y me agarró la mano y comencé a temblar.
Papá regresó y el niño ya no estaba ahí. Dentro del carro dijo muy bajito: “Pobre niño”. Me arrimó a su lado y me apretó muy fuerte a él mientras lloraba. Prometió jugar a la pelota mañana.

Esa noche no pude dormir, no entendí lo del niño y por qué lloró papá, sin embargo, fui feliz ese día. Estuve en donde él trabajaba y me sentí como una persona grande. Al día siguiente, mientras mamá hacía la comida, el teléfono sonó y ella atendió. De repente se puso a llorar, yo no sabía qué pasaba. Ella lloraba mucho y me abrazó muy fuerte como aquel día lo hizo papá.

El hombre se levanta y al despedirse dijo que iría al cementerio porque ese era el día de los muertos y que debía visitar a su padre. Secó sus lágrimas y se fue caminando con el brazo extendido como quien lleva a alguien de la mano.

 

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Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.

Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.

También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.

Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

 

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Ciudad Valencia / RN