La Constitución, la Ley Orgánica de Educación, la LOPNNA y el Reglamento General de la LOE, con especial fuerza en sus artículos 88 (numerales 1 y 3), 92 y 112. Estos no deben ser simples papeles engavetados en una dirección; puesto que constituyen nuestro escudo ético y nuestra hoja de ruta pedagógica.

Este marco normativo se complementa de forma contundente con las Circulares Ministeriales N° 000004 (2009) y N° 006696 (2012), todo lo cual fue expresamente ratificado en el documento del 12 de junio de 2017 emanado de la Dirección General de Registro y Control Académico del MPPE, el cual obliga a agotar las actividades de superación pedagógica antes de emitir un juicio definitivo. La norma no deja lugar a dudas: evaluar es descubrir el potencial del estudiante, descifrar su contexto y reorientar la enseñanza.

Cabe destacar, que cuando la reprobación alcanza o supera el 30%, la ley nos exige un acto de responsabilidad institucional: detener la marcha, emprender una investigación pedagógica y construir soluciones colectivas para que nadie se quede atrás.

Tener sensibilidad pedagógica y ser flexibles en momentos difíciles no es «regalar notas» ni descuidar el nivel, como dicen quienes confunden la firmeza con la rigidez. Es, sencillamente, hacer justicia, ponernos en la piel del otro y defender el derecho humano a aprender.

 

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La escuela en la encrucijada

En la encrucijada histórica y social que nos toca transitar, la escuela venezolana no puede darse el lujo de ser una espectadora congelada en el tiempo ni una maquinaria burocrática insensible. Más que un simple lugar para entregar títulos, nuestras instituciones tienen que ser un refugio ético, un espacio donde defender lo humano y un taller donde la dignidad de cada niño, niña y adolescente sea el principio y el fin de todo lo que hacemos en el aula.

Sin embargo, cuando caminamos por los pasillos y entramos a las aulas, descubrimos que aún arrastramos un viejo fantasma del positivismo: la mala costumbre de confundir evaluar con medir, incluso después de los terremotos del 26 de junio del 2026.

 

La trampa de los números y la herencia del pasado

Por años nos enseñaron que todo lo que existe se puede contar y clasificar. Pero cuando aplicamos esa lógica a un ser humano, cometemos un grave error. Asumir que el aprendizaje es lineal, fijo y computable es ignorar la vida misma.

  • Medir es congelar la riqueza del aprendizaje, la realidad de la comunidad y la capacidad de resistencia del estudiante en un número frío y descontextualizado. La medición punitiva se esconde detrás de la prueba bajo presión, del «examen único» y de la amenaza de reprobar como mecanismo para imponer disciplina o control. Eso no es rigor; es una forma de violencia silenciosa que choca de frente con los principios constitucionales de protección e inclusión.
  • Evaluar, en cambio, es un acto de amor, de conciencia ética y de verdadero compromiso técnico. Es mirar el proceso, valorar el esfuerzo en medio de la dificultad, diagnosticar con el corazón y la mente puestos en el estudiante, y ofrecer la mano pedagógica para que nadie se nos quede atrás.

 

El costo humano: Cuando el sistema deja afuera al estudiante

Esta confusión entre medir y evaluar no es un debate teórico sin importancia; tiene un costo humano altísimo. La obsesión por la nota y el castigo genera frustración, desinterés y, en el peor de los casos, alimenta la repitencia y el abandono escolar.

Cuando un muchacho deja el liceo porque el sistema lo etiquetó con un número, estamos fallando como sociedad y vulnerando el mandato del de nuestra Constitución en materia de educación, que nos exige garantizar una educación integral, justa y en igualdad de oportunidades para todos.

 

El reto en las Ciencias Sociales

Esta realidad se siente con especial fuerza en áreas como Historia y las Ciencias Sociales. El currículo nos pide formar ciudadanos críticos, capaces de comprender su pasado para transformar su presente. Sin embargo, muchas veces caemos en la trampa de evaluar la historia mediante la memorización de fechas, conceptos abstractos y cuestionarios repetitivos.

Aprender historia no es memorizar el pasado, es aprender a pensar. Por eso, evaluar las ciencias sociales exige dar el salto hacia una evaluación más humana, participativa y diversa. Necesitamos dar espacio a los portafolios, las reflexiones, los debates, los registros descriptivos y las producciones creativas donde se valoren las distintas formas de aprender, la cultura comunitaria y el sentir de nuestros estudiantes.

Una invitación a caminar juntos: La pedagogía del acompañamiento

El valor de un docente o de un directivo no se mide por la cantidad de estudiantes que aplaza, ni por la mano dura dentro del salón. Como bien se ha dicho en la pedagogía crítica: el éxito de quien enseña solo se puede medir por el éxito de quien aprende. La verdadera autoridad no se impone con el miedo, se gana con la preparación, el ejemplo y la capacidad de cuidar a nuestra gente.

Cuando la regla se aplica sin empatía, se convierte en mera burocracia. Pero cuando la evaluación se hace con técnica, diversidad de herramientas y profunda humanidad, se transforma en la fuerza más poderosa para liberar y transformar vidas.

Como educadores de esta tierra, nos toca desaprender el hábito del examen punitivo y abrazar, con valentía, una pedagogía del acompañamiento. Hacer que cada muchacho encuentre en su institución educativa un lugar seguro, justo y de oportunidades reales es, sin duda, la mejor obra que podemos entregarle a nuestro país.

 

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Fuente: Aporrea

Ciudad Valencia/RM