Los siguientes textos del gran poeta venezolano Ramón Palomares, nacido en Escuque, estado Trujillo, el 7 de mayo de 1935 (hace 90 años) y fallecido (hace 9) en la ciudad de Mérida, estado Mérida, el 4 de marzo de 2016, son tomados de “Vuelta a casa”, compilación de la Biblioteca Ayacucho (2006) en donde aparecen selecciones de El reino y Adiós Escuque, y completos los libros, revisados por el autor: Honras fúnebres, Paisano, Santiago de León de Caracas, Alegres provincias, Otros poemas y Vuelta a casa, que le da nombre al conjunto.
Ahora nos acompaña solamente su voz de poeta de la lengua, de poeta universal. Ahora podemos sentir esa voz que en verdad son muchas y ciertamente le pertenece a una comunidad hablante, la andina; pero al mismo tiempo, tañe y le atañe a todas. He vivido en medio de personas que lo conocieron y que leen su obra. Ella ha sido fuente de múltiples estudios desde “El reino”, poemario publicado en 1958, cuando el poeta tenía escasos 22 años y afirmó en Venezuela a toda una generación poética.
La poesía de Palomares se fortalece en el habla popular andina y al mismo tiempo en la gran tradición poética castellana del Siglo de Oro, sin perder contacto con las voces y mitologías prehispánicas y el impacto de los poetas universales, de especial manera en la corriente inglesa.
Su poética, profundamente americana y descolonizadora, vinculada a la tradición indígena, al proceso histórico de sus pueblos y el desarrollo vital del español hablado en el continente; una poética establecida sobre el conocimiento profundo de la lengua como un todo y de una visión ecuménica de las literaturas modernas y antiguas. Sólo un enfoque simplista hizo posible alguna vez la noción del carácter ingenuo de su expresión.
El proceso escritural de su decir es altamente complejo, tenemos no obstante la ventura de su cercanía: “Saludos, precioso pájaro, Y no abandones el oro de las plumas / entre aquellas nubes / ni pierdas el canto en el dominio de los truenos. / No sea que pases del cielo / y quedes preso en los astros”.
Aceptemos que todo sea entramados / y no el camino vuelto a un cauce viejo, / o sendas polvorientas donde canta la arena… / hablo de otras veredas, seda y aire, / que han tendido la araña y las abejas / que conducen por un patio pequeño / al otro lado de la huerta, / por donde vamos de regreso a ‘la casa’ / pidiéndola, añorándola / para con gajos de algún fruto muy denso / arrancarnos la sed que ha venido mordiéndonos / a cada paso, en cada asecho / sin que el orden enjuto y los ojos agudos / sequen la risa y el ensueño / levantados de ese humo, de esas tejas sin tiempo / que unas mujeres ya sin rostro curtieron, / en flor de cal terrosa / con amor sin fatiga y fe dulcísima // Dios las tenga en su gloria.
Mi madre llega al cielo
Mi madre está llegando al cielo / Qué de santos vuelan a recibirla / Quemadita, tostada, unos huesitos / Su traje medio luto ya se lo cambia y le ponen / un traje blanco adamascado. / Pobre, está sorprendida. / Abre los ojos y ve bajo su toldo / tanto dorado y tantos púrpura, / y los ángeles con sus cabellos largos / y la belleza de las vírgenes. / Ya le ponen la cena: / El pan que le partían exhala un vaho fragante / Y ya comida, arpas seráficas pulen su tenue canto / –aunque aquí abajo nunca supo de música. / Después bañan sus manos con espliego / para el recuerdo del tiempo en que lavaba ropa en los pozos, lejos de su casa, / –y por las desgarraduras de sus dedos / en desgranar café. /Y esas bocas y dientes tallados en luceros, / bocas de ángeles y sonrisas de vírgenes / quieren mostrarle el Paraíso, / pero ella está muy seria / y en sus ojos pequeños y de sus labios tristes / cuánto le cuesta sonreír / pues todas sus miserias y tristezas / son agujas y piedras que muelen sin descanso / y pesan demasiado / hasta en el Paraíso.
Un sueño
Se sorprendió mirándose en un pozo / y vio en su cielo reflejado / que iba rondando un pueblo triste, / y ya en su desolada pulpería / apuraba con ansia un miche amargo. /Pasaba en ese instante su vecina / abrigada de gris y lana cruda / y él resintió su frío agazapado / en esos ojos grandes, semiocultos /que con su fuego oscuro y su tristeza / les sabían a presagio. // Y así bebía y bebía / en aquel poblachón de sol escaso, / y ya sus piernas inservibles, / sintió dos aguilitas desangrándolo. / Ahí mismo aparecieron sus guardianas / que lo llevaron por el aire / Y así se halló en Escuque, /hablando y recitando. / /Muy alegre bebía / sin darse cuenta de una sombra / que lo venía rondando / y allí al tragar un sorbo incauto/ de su enorme cerveza / una furiosa espuma le estrujó la garganta / y en su respiración enloquecida / la espuma lo cerraba / y se miró braceando y dando saltos. / Y los demás, con ojos como piedras / se veían tiesos y asustados. / Dándole golpecitos en el pecho / lo levantaban y agitaban. / / Con su esfuerzo más hondo / lagrimeando hasta el alma /buscó asirse a una mesa, una silla / un abrazo. // Y se miró saltando muy arriba / y arrebiatándose en el aire; / pero fijo la garra lo estrujaba / y la inocencia de donde había nacido / le quitó su permiso / y fue cerrándose y cerrándose / hasta caer estrangulado. / Con tristeza he jurado y seguiré jurando / que no lo merecía: / Ser extrañado así, ser inculpado de vivir / y echarlo y disolverlo en ese frío / como un despojo hueco / revestido de hielo y de ceniza.
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Una nota y un poema de Armando Amanaú (lector de Ciudad Valencia)
Los poemas seleccionados de Palomares revelan una poética que desmonta las ilusiones lineales del tiempo y la historia. Aquí no hay regresos idílicos: la «vuelta a casa» es un tejido de ausencias, memorias fracturadas y paraísos que no redimen. La madre que llega al cielo, pero arrastra «agujas y piedras» de su vida terrenal, evoca la ironía dolorosa de José Emilio Pacheco: la eternidad no borra la herida de lo humano. Por otra parte, el lenguaje del poeta —entre el murmullo andino y la densidad barroca— subvierte lo «ingenuo» con una crítica sutil: el sueño del ahogado en Un sueño es una metáfora brutal de la exclusión, donde el pueblo mismo devora a sus hijos.
Como Paz en Piedra de sol, Palomares sabe que el regreso es un espejo roto; como Pacheco, expone la violencia disfrazada de destino. Su poesía no consuela: interroga. Y en esa interrogación —entre seda de arañas y cervezas amargas— late una voz indispensable para descolonizar la lírica hispanoamericana.
El río Sietecito
Hoy siete de mayo
de 2025 el “Sietecito”
–como en secreto
lo llamaba su padre
el señor Sánchez–
cumple noventa
de haber nacido
en Escuque,
un pueblo del estado Trujillo en Venezuela
con grandes poetas
como Ana Enriqueta Terán,
Adriano González León, José Pepe Barroeta
y muchos otros ríos
grandes y tronadores
tal el río Sietecito
que reúne en su corriente
el vivir eterno de la poesía
y es ahora una galaxia
llamada Palomares
***

Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.
Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera.
Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.
Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.
Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.
Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.
Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).
Ciudad Valencia











