Se llamaba Roberto Sánchez, pero eso, claro, es solo un dato de la partida de nacimiento, una anécdota más. Porque él se inventó a sí mismo, como los grandes personajes de esta América nuestra que siempre está pariendo mitos. La gente lo conocía por “Sandro”.
Y decir “Sandro” era invocar una maquinaria perfecta del deseo y la contradicción. Si no que lo digan mis primas, Mirela, Marisela y Meira, quienes no dejaban de nombrarlo y soñar con él. Un tipo que podía ponerse un traje blanco y lentejuelas negras, y parecer, al mismo tiempo, el ídolo de las multitudes y el matón de barrio que te parte la cara si le miras mal.
Porque eso era Sandro, o así lo veo yo, desde esta butaca de la memoria. Un ser fronterizo. De un lado, el cantante meloso, el poeta del despecho que le susurraba a las muchachas “Rosa, Rosa…”. Del otro, el gitano electrificado, con esa osadía de agarrar una guitarra y decir “Dame fuego, dame vida”.
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O “Una muchacha y una guitarra para poder cantar” y luego panpanpán, mientras movía su pelvis hacia adelante y hacia atrás en clara alusión sexual con los consabidos gritos y delirios de las fans de Sábado Sensacional con Amador Bendayán. Nadie entendía muy bien de dónde había salido aquel tipo de labios gruesos y ojos de fiera contenida, pero las muchachas, ay, las muchachas… y mis primas, ellas sí lo entendían perfectamente.

Ahí está la clave. Sandro fue un símbolo sexual no porque enseñara el torso, que lo hacía sin pudor, sino porque era el único tipo que podía cantarle a la madre y al amor eterno con la misma respiración jadeante y agitada con que se te insinúa en “Quiero llenarme de ti”. Las muchachas de los sesenta y setenta, encerradas entre el molde de la señorita bien y el fogón de la casa, encontraron en él una puerta de escape.
Verlo mover las caderas con esa gracia hipnotizante de un reptil era como asomarse a un precipicio prohibido. Sandro era el novio prohibido. Ese que nunca te iban a presentar, el que te esperaba en el cine para manosearte, no el cuerpo: el alma. Era como un Drácula, con su mirada de fuego sagrado.
Sus canciones podían resumirse como pequeñas obras de una pieza de teatro. “Así”, por ejemplo, es un manifiesto de la suficiencia masculina, pero dicha con una fragilidad que lo vuelve casi conmovedor. Y “Porque yo te amo” no es un bolero: es un juramento en un tribunal de barrio, el sitio más santo para los verdaderos amantes donde se pone al cielo por testigo y a Dios como juez de paz.
Sandro era el pibe de Valentín Alsina que creció en el conventillo. Su padre repartía vino, él trabajó de carnicero y tornero antes de agarrar la guitarra. Pasó el trabajo hereje. Ese mundo de los pobres no se lo contó nadie. Quizá por eso al principio fue contestatario en su acción, principio y arte, para después dar un giro a lo amoroso.

Sin embargo, no cantó canciones de protesta porque consideraba que “El hombre es únicamente libre cuando crea… nadie lo puede parar”, “Yo hago canciones para que la gente de alguna manera sueñe. Para que la gente se ame. Porque si partimos del individuo en sí mismo, ¿cuál es el resultado?, ¿qué es lo que está pasando en el mundo entero? Han destruido al hombre totalmente: valores tergiversados, falsa moral, corrupción permanente, pornografía sexual y mental”… “Entonces yo le canto al amor. ¿Por qué entonces hay que tener vergüenza de ser romántico? ¿Por qué hay que tener vergüenza de llorar? ¿Por qué hay que tener vergüenza de sentir?”.
Eso era Sandro. No un discurso de economista ni de un ideólogo de cafetín. Era una declaración de pertenencia que sabía de dónde venía y hacia dónde iba. Y luego está su otra faceta, la cinematográfica. Ese Sandro pistolero, guapo y marginal de las películas de «la música», que hablaba de la pobreza con orgullo de autodidacta. Él no era el Che Guevara, ni pretendía serlo; era Sandro, y eso bastaba.

Cuando murió, ya con medio pulmón robado por el tiempo y consumido por el cigarrillo, seguía siendo ese emblema. Porque uno no deja de ser símbolo mientras haya una mujer que recuerde aquel escalofrío de verlo aparecer en la tele en blanco y negro.Sandro fue, en definitiva, un fenómeno telúrico. Un cruce entre Gardel y Elvis, pero con la picardía del pibe que creció en Valentín Alsina.
Un tipo que convirtió la cursilería en arte y el deseo en espectáculo de masas con plena conciencia de lo social. Y que, como todo grande, se fue dejando la pregunta en el aire: ¿fue el personaje más honesto o el más impostor de todos? No importa. Nos convenció de quien fue. El personaje lo devoró a pesar de ser auténticamente original. A pesar de seguirse llamando en el papel “Roberto Sánchez”.
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Simón Petit (1961), Punta Cardón, es consultor cultural, escritor, guionista de cine y televisión, columnista de prensa y revistas literarias, productor y locutor de radio y televisión.
Ha publicado los poemarios: Bajo la Grúa (1991), Otros a la Intemperie (1992), Bajo la Grúa Sobre el Andamio (1999), Sol Sostenido (2001), La Mirada Impía (2004), Desmemoria Infiel (2010), Vieja Luna (2011), El Eco Formidable (2014) y 50 Haikús y 7 Tankas al pie de un volcán (2019).
Entre otros ha obtenido el Premio Nacional de Guion Cinematográfico en Super 8, 3er Premio Mejor Película en el VI Festival Nacional de Cine S8 por su película “Tránsito de Sombras” y 1er Premio Nacional por la misma película en 1988 en el V Encuentro Nacional de Cine S8. Premio Municipal de Literatura del Municipio Carirubana en 1992.
Invitado a la Cátedra de Poesía José Antonio Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca en el 2012.
Ciudad Valencia/RN













