Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Antonio José de Sucre, estado Barinas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Entre el abrazo imponente de los Andes y la inmensidad fértil que anuncia al Llano, se erige el municipio Antonio José de Sucre, un territorio donde la tierra late con fuerza y el horizonte promete abundancia. Es aquí, con su capital Socopó trazando el ritmo de un crecimiento indetenible, donde la ubicación estratégica deja de ser un dato geográfico para convertirse en un cruce vivo de caminos, sueños y voluntades. Motor económico incansable del estado Barinas, esta comarca dibuja su grandeza entre pastos prósperos, ríos caudalosos y una agroindustria que alimenta a toda una nación. Pero su verdadero corazón reside en su gente: un crisol cultural único donde la firmeza y el temple del llanero se funden con la nobleza y la calidez andina. Socopó no es solo un punto en el mapa; es el testimonio latente de una identidad mestiza, trabajadora y vibrante que enamora al viajero y llena de orgullo a quienes llaman hogar a este bendito rincón venezolano.
Hablar del municipio Antonio José de Sucre y de su capital Socopó es recorrer un territorio bendito donde el pasado precolombino no descansa en las vitrinas frías de un museo, sino que respira en las rocas a orillas del río, en los surcos de la siembra y en el rostro de su gente. Es una comarca donde la audacia de los pioneros de 1954 echó raíces profundas para construir una de las urbes más prósperas y vibrantes de la geografía barinesa. Visitar Socopó es enamorarse de la fuerza de sus ríos, del misterio de sus petroglifos, del aroma a papelón recién hecho y del abrazo cálido de un pueblo que sabe trabajar la tierra sin olvidar la sagrada memoria de sus ancestros.
El despertar de una frontera
La historia de Socopó no siempre se escribió con el bullicio de sus avenidas ni con el trajín de sus comercios. En sus orígenes, este rincón barinés era una reserva impenetrable, una zona protectora donde los asentamientos campesinos estaban estrictamente prohibidos por la ley de la naturaleza. Sin embargo, el destino de esta tierra comenzó a transformarse en 1952, cuando dos compañías transnacionales de origen inglés, La Kingmill y Venezuela Atlanta, desembarcaron en el paraje conocido como El Aeropuerto. Allí se estableció un modesto campamento de cincuenta hombres con la misión de extraer petróleo, abriendo una brecha diminuta pero irreversible en la espesura del bosque. El verdadero milagro humano, no obstante, vino guiado por la fe campesina. En 1954, procedentes de las gélidas tierras merideñas, llegaron los esposos Manuel Peña y Pascalina de Peña. Desafiando la severidad del entorno, levantaron su hogar de bahareque en las sabanas de Morocuty. Apenas un año más tarde, en 1955, Isaías Sánchez y su esposa María Sánchez unieron sus vidas a este propósito. Aquellos pioneros habitaron un territorio hostil e inhóspito, donde la supervivencia diaria dependía de vencer enfermedades implacables como el paludismo, la fiebre amarilla y el vómito negro.
A pesar de los riesgos, la voz se corrió por las cordilleras. Entre 1954 y 1964, más de cincuenta familias emigraron atraídas por la fertilidad casi mística de la Reserva Forestal de Ticoporo. Para finales de 1961, los vecinos comprendieron que la unión era el único camino para la dignidad y se reunieron en asambleas improvisadas para fundar, con sus propias manos, las bases del primer acueducto, la primera escuela, el cementerio y la iglesia que hoy adornan el centro urbano. Ese espíritu fundacional quedó inmortalizado en el trabajo de investigación de la Asociación Cultural Juan Barajas, donde se relatan las proezas colectivas de los primeros pobladores, la edificación de la Plaza Bolívar y episodios fabulosos como las travesías por el embravecido río Socopó con la valiosa ayuda del recordado buey mariposo.
Con el paso de las décadas, los caseríos dispersos se transformaron en pujantes parroquias. La fe y la arquitectura se estrecharon la mano en templos que hoy son orgullo de sus comunidades, como la Iglesia Nuestra Señora del Carmen en Chameta, erigida en 1984 bajo la guía del padre Alcibíades Peñas, con sus dos majestuosas torres campanarios de cuatro cuerpos y su diseño en bloque calado que deja correr la brisa de la montaña. De igual manera destacan el Templo Religioso de Miri, con más de tres décadas sirviendo de faro espiritual; la Iglesia Nuestra Señora de Coromoto en Socopó; y la Iglesia de Batatuy, una gesta comunitaria levantada en los años noventa en un terreno donado por José Ramón Pérez, con el liderazgo de las juntas organizadas y el arte del maestro de obra Luis Cárdenas, coronada por tres campanas donadas por José Roa. Ese ímpetu constructor se refleja también en curiosidades arquitectónicas como la célebre Casa de Piedra, construida en 1992, cuyas paredes de treinta centímetros de espesor están compuestas enteramente por rocas extraídas de los ríos locales, convirtiéndose en una parada obligatoria para visitantes.
El triángulo ancestral de piedra y agua
Mucho antes de que el primer buey arara estos campos o las petroleras erigieran sus campamentos, el municipio Antonio José de Sucre fue el escenario sagrado de refinadas culturas aborígenes. La zona de Bum Bum, La Acequia y Ticoporo constituye uno de los yacimientos de arte rupestre más importantes de toda Suramérica, un triángulo ancestral cargado de simbolismo, astronomía y mitología precolombina. A lo largo del piedemonte andino, justo donde la montaña se rinde ante el llano dentro de la influencia del Parque Nacional Sierra Nevada, se han contabilizado cerca de un centenar de rocas monumentales esculpidas por los pobladores originarios. Círculos concéntricos, meandros, laberintos, trazos serpenteantes y figuras antropomorfas dirigen sus miradas milenarias hacia la luz del sol.

Entre estas obras maestras destaca la Piedra del Indio, ubicada a cinco kilómetros de Bum Bum en la finca Cooperativa. Es un gigante lítico con un contorno de base de cincuenta y dos metros donde se aprecia una cazoleta cóncava usada para ritos y consagraciones al agua. Muy cerca, en las riberas del río, descansa la Piedra Santa Marta, catalogada entre las joyas precolombinas más hermosas del país por sus grabados de rostros de doble trazo y símbolos solares. En el sector Las Lajitas se custodia la Piedra El General, que debe su nombre a una protuberancia en su cúspide que imita una charretera militar, flanqueada por relieves de felinos de larga cola, tortugas, aves en vuelo y una muralla superior con figuras solares visible solo desde las alturas.
El cauce del río Bum Bum alberga la majestuosa Piedra Los Caciques Vegones, un bloque de siete metros de alto que ostenta cincuenta glifos, entre ellos veinticinco rostros de antiguos caciques y serpientes abrazando recintos monticulares. A estas se suman la Piedra La Cruz de la Misión y la Piedra La Serpiente, donde las formas aborígenes se mezclan con los vestigios coloniales; las Piedras Pintadas en Caño Grande y la Piedra El Ramo, ocultas en la espesura del bosque con grabados que recuerdan el arte rupestre del Orinoco y el Amazonas; y las moles de Piedra Peña Viva y Piedra Loma Panchi, cuyos grabados simulan sellos o mapas topográficos ancestrales.
DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO ANDRÉS ELOY BLANCO: ESTADO BARINAS
Toda esta cosmovisión se encuentra tutelada por la imponente presencia del Cerro Peña Viva. Esta montaña, visible desde la carretera nacional, es centro de profundos mitos locales debido a un fenómeno óptico e hipnótico que hace parecer que la masa montañosa se mueve al mirarla fijamente. Los lugareños cuentan con respeto que nadie la habita y que guarda una relación mágica e indisoluble con los petroglifos del valle, advirtiendo que quien se adentra en sus entrañas sin el permiso de los espíritus, jamás regresa. A esta geografía sagrada se añaden el Monumento Natural Cueva de las Tetas en el sector El Alumbre, una formación subterránea de doce metros de profundidad asociada históricamente a cultos de la fertilidad; la Mina de Alumbre, de donde emanan gotas minerales usadas curativamente; y el sitio de Río Arriba, un inmenso conchero milenario que resguarda caracoles fosilizados de múltiples formas y colores.
Huellas ancestrales y aguas de vida
Más allá de los grandes monumentos conocidos, la geografía de Sucre guarda en sus entrañas yacimientos milenarios que revelan la cotidianidad de sus primeros habitantes. En el legendario Cerro del Indio, descubierto en 1986 sobre tres colinas tutelares, aún se percibe el aura de los antiguos campamentos aborígenes que dominaron la entrada a la montaña. Esta conexión espiritual con la tierra se evidencia también en las riberas del río Quiu, donde los hallazgos de mallas líticas y figulinas femeninas moldeadas en arcilla recuerdan que para nuestras culturas originarias el agua y la fertilidad femenina eran una sola oración. A esta riqueza arqueológica se suma la majestad de la cascada natural de La Acequia, principal cuenca naciente cuyos torrentes cristalinos no solo alimentan de vida al vecino municipio Pedraza, sino que representan la arteria vital de una región donde cada vertiente, cada pozo y cada piedra tallada cuentan una historia de supervivencia, respeto por la naturaleza y profunda fe ancestral.
La memoria viva de un pueblo
La historia del municipio Sucre no solo habita en las grandes moles de piedra a orillas de los ríos, sino también en el interior de los hogares de sus habitantes, convertidos en custodios espontáneos del patrimonio nacional. Gracias al cuidado de familias campesinas, se han preservado invalorables piezas prehispánicas rescatadas durante las labores de siembra en Ticoporo, Río Viejo y Anaro. Destaca la Colección de la Familia Machado, custodiada por Hernán Machado, que resguarda vasijas globulares, morteros de piedra, cuentas de collar y dos célebres fragmentos de figulinas femeninas decoradas con incisos detallados que rinden tributo a la fertilidad. Asimismo, la Colección de la Familia Aguilar reúne fragmentos de platos y botellas hallados por Jesús Aguilar a orillas del río Anarito; mientras que la Fundación Arqueológica de Bum Bum exhibe afiladores de piedra, hachas y piedras de moler. Entre estos hallazgos brilla la Ocarina de Ticoporo, un delicado instrumento musical de viento fabricado en arcilla cocida que aún conserva la capacidad de emitir el dulce sonido con el que los aborígenes le hablaban al viento.
Pero el recorrido por la memoria da un salto fascinante hacia el siglo veinte al visitar la Posada Mana Eva. Allí se custodia una maravillosa colección de antigüedades que testimonian la evolución cotidiana de la región, desde una espectacular rockola eléctrica con capacidad para ochenta discos de acetato, hasta ejemplares conservados del Diario Católico de los años sesenta, planchas antiguas de hierro a carbón y kerosén, calculadoras mecánicas a manigueta, radios de tubo marcas Phillips y Westinghouse en cajas de caoba, teléfonos de manivela y una legendaria vitrola Víctor de corneta de bronce. Esta labor tradicional se complementa con la presencia de artefactos agrícolas fundamentales como los trapiches artesanales, entre los que destaca el trapiche Vigig en la finca de Ramón Eladio Contreras en la Reserva de Ticoporo, impulsado por una yunta de bueyes que activa sus tres cilindros para triturar la caña de azúcar y elaborar la tradicional panela de papelón.
La herencia viva en el trabajo diario
Ese legado milenario no se quedó atrapado en el pasado; transmutó directamente en el carácter resiliente y trabajador de las comunidades que hoy hacen vida en el municipio. Desde los pasos pedregosos de Anaro y las costas de Río Viejo, hasta los caseríos de Caño Grande y las laderas de Bum Bum, el habitante de esta tierra mantiene una relación sagrada con su entorno. Es una herencia que se manifiesta en el sudor del agricultor que tumba la caña para el trapiche, en el artesano que moldea la madera y en el vecino que cuida celosamente la piedra grabada que reposa en el patio de su casa. En cada rincón del municipio Antonio José de Sucre, la historia no es un libro que se lee en silencio, sino una vivencia comunitaria que se celebra en las asambleas de plaza, en los parrandones que alegran las calles y en la firme convicción de que el desarrollo agroindustrial y la preservación de la identidad cultural pueden caminar de la mano hacia el futuro.
El frescor de la montaña y la vida comunitaria
Fiel a su condición de frontera donde la cordillera andina se disuelve en la sabana, el municipio Antonio José de Sucre posee una red hídrica excepcional que constituye su mayor atractivo turístico y recreativo. El agua es aquí sinónimo de fiesta familiar y descanso espiritual en espacios como el Balneario Michay, de aguas frías y cristalinas con playones de arena suave en época de sequía; el Pozo de la Murucuti y la Cascada de Piedras Vivas, con caídas naturales de diez metros rodeadas de tupida vegetación; y la Cascada La Fría, fuente pura que desciende desde los llanos altoandinos hacia San Juan Bautista. Impresiona de igual manera la Cascada Las Tres Quebradas, un enclave de quince metros de altura donde convergen las aguas del río Sinigüi antes de verterse en La Acequia. Este sitio posee un profundo valor histórico porque desde tiempos inmemoriales ha servido de punto de encuentro para el trueque campesino entre los habitantes de los altos páramos merideños y los productores del piedemonte barinés, conectados visualmente por el pintoresco puente colgante sobre el río Sinigüi, mecido por el viento y sostenido por pesadas cadenas de acero inoxidable.
El espíritu festivo y cívico de sus pobladores encuentra su refugio en sus plazas públicas, verdaderos oasis de vegetación y convivencia. La Plaza Sucre de Socopó, diseñada en 1986 por el arquitecto Henry Pacheco, destaca por sus plazoletas escalonadas y el pedestal de ladrillo rojo que sostiene la estatua del Gran Mariscal de Ayacucho, sitio donde cada catorce de febrero el pueblo celebra el Día de la Municipalidad. Por su parte, la Plaza Bolívar de Socopó, construida en terrenos donados por Don Galindo, es el corazón cultural del municipio, habiendo sido escenario histórico del Festival Nacional Canción Obrera, la Feria de la Piñata y los parrandones navideños. Igual valor afectivo poseen las plazas Bolívar de Chameta, Miri, Caño Grande, con bancos esculpidos artesanalmente por Manuel de Jesús Castillo y Bum Bum, donde la plaza y la iglesia nacieron simultáneamente para dar cabida a la vida comunitaria. Incluso la naturaleza viva rinde homenaje a esta tierra, como lo demuestra la célebre Peonía de Campo Solo, un árbol frondoso de más de siete metros de alto cuyas semillas rojas y negras son recolectadas como amuletos de protección.
Decir adiós a Socopó y al municipio Antonio José de Sucre es, en realidad, hacer la promesa tácita de regresar siempre a su regazo. Nos despedimos de una tierra bendecida por el susurro de los Andes y el ímpetu del Llano, pero nos llevamos en la memoria la imagen indeleble de sus petroglifos centenarios, la frescura de sus ríos indomables y el ejemplo de un pueblo noble que convirtió la adversidad en prosperidad. Mientras las aguas del Michay y de La Acequia sigan corriendo hacia la inmensidad de la sabana, la historia de esta comarca continuará escribiéndose con la fuerza de su gente, recordando al mundo que en este hermoso rincón de Barinas el pasado indígena y el presente trabajador no se extinguen, sino que laten eternamente en el corazón vivo de Venezuela. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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Ciudad Valencia/RM













