Municipio Sosa

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Sosa, estado Barinas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

El pulso eterno de Ciudad de Nutrias

Bajo el cielo inmenso de los llanos occidentales, donde el viento acaricia la sabana con aroma a nostálgica leyenda, se levanta altivo el municipio Sosa, abrazado por la gracia indómita de sus ríos y la hidalguía de su gente. El próximo 27 de noviembre, esta tierra noble vestirá sus mejores galas para celebrar una fundación que nació como arteria vital, un puerto estratégico y comercial donde la vida fluvial dibujaba el destino de hombres y mujeres bregadores. Aquel rincón geográfico respaldado por una historia, guarda el secreto sagrado de sus cuatro parroquias fundacionales. Es el mismo territorio que vio surgir, con pasos firmes, un entramado político y social que supo resistir el paso del tiempo, consolidándose como un faro de identidad que trasciende las épocas y conmueve profundamente a quien lo visita.

La travesía por este paisaje de horizontes infinitos nos conduce inevitablemente hasta el 3 de octubre de 1774 fecha en la que germinó Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción del pueblo de Nutrias, bautizada así por la abundancia de aquellos juguetones animalitos acuáticos de pelo lustroso que poblaban el caño. Fue un batallar constante de 40 largos años por parte de sus vecinos lo que coronó aquel esfuerzo colectivo, logrando que el 30 de abril de 1810 la asamblea le otorgara el glorioso título de Ciudad de Nutrias. A su lado, la emblemática parroquia Puerto de Nutrias desborda el encanto socioeconómico de ayer y hoy, con sus caminerías, sus puertos fluviales y aquellas pintorescas casas y chozas estilo palafitos que la elevaron a ser el tercer puerto más importante de la región. Mientras tanto, la apartada Santa Catalina custodia en silencio la ribera del Apure y El Regalo sonríe coqueta cerca de Portuguesa, a orillas del fecundo caño Marroncito.

Detener la mirada en este suelo bendito es también descubrir joyas arquitectónicas que se negaron a sucumbir ante el olvido y que hoy se erigen como testigos mudos de la grandeza patria. Allí se levanta imponente la iglesia de Nutrias, con más de dos siglos de historia, cuya fachada y pontificio salieron de las manos prodigiosas del maestro carpintero Fray Fulgencio Salazar, conservándose como una de las pocas reliquias de Barinas que jamás ha sufrido remodelaciones. Muy cerca, la antigua Cárcel Real, hoy digna sede de la alcaldía fue el escenario vibrante donde se jugó la alta política barinesa, contrastando con el solar desolado y demolido que una vez cobijó la casa de los Juárez. Fue precisamente en ese solar histórico donde se celebró la Primera Constituyente de Nutrias, hito fundacional que encendió la chispa del primer congreso de los pueblos federales en una Venezuela que comenzaba a soñar con su libertad soberana y republicana.

Cruzando la geografía hacia la entrañable zona urbana, el centro poblado de Puerto de Nutrias nos recibe con su topografía plana y un trazado de calles y manzanas de singular irregularidad que testimonia la sabia ocupación espontánea del espacio. Sus construcciones de un solo piso, levantadas con paredes de bahareque y envueltas en una atmósfera tradicional inalterada, transportan al visitante a una época donde el tiempo transcurría al ritmo pausado de las canoas y el remanso de las plazas públicas. Su valor arquitectónico y antropológico resalta con fuerza en el corazón del paisaje rural venezolano. Es un legado vivo de gastronomía, cultura y fervor patriótico que hoy entregamos como un sagrado colirio para los ojos, demostrando una vez más que somos profundamente valiosos y que nuestra pluma jamás descansará.

 

Ecos vivos de la memoria llanera

El fluir de nuestra historia nos lleva ahora a detenernos en el mágico manantial de Ojo de Agua, fuente cristalina que desde 1920 proveyó del líquido vital a los pioneros de El Regalo. Nombres entrañables como los de Cayetano Pacheco padre e hijo, Félix Herrera, María Magdalena Delgado, Milton Seguro y Guadalupe Vizcaya resuenan en la memoria colectiva al recordar aquellas faenas domésticas y las cuadrillas comunitarias que celosamente cuidaban de este venero de aguas dulces y milagrosas propiedades curativas. La trascendencia de este rincón llanero dejó un legado en la cotidianidad cuando los insignes investigadores José María Cruxent e Irving Rouse realizaron allí exploraciones y recolecciones arqueológicas en 1982. Dichos trabajos permitieron certificar el carácter habitacional del yacimiento, vinculando el valioso material cerámico hallado con el estilo alfarero Caño del Oso y situándolo con orgullo en el período IV de la cronología regional.

 

DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO PEDRAZA: ESTADO BARINAS

 

Pero la magia de El Regalo se engrandece aún más al desentrañar el origen romántico y generoso de su denominación, cimentado en la hidalguía de doña María Asunción Lemus. Cuentan los anales de la historia y la tradición que esta mujer de holgados recursos y extensas tierras en el sector El Jobo tendió una mano solidaria al Libertador Simón Bolívar durante una de sus travesías rumbo al Apure. Al verse necesitado de respaldo, el Padre de la Patria acudió a ella, siendo socorrido con 5000 pesos en efectivo, un magnífico caballo blanco y media legua de tierra entregada para el beneficio del pueblo, bautizándose desde entonces con el hermoso nombre de El Regalo. Hoy en día, los lugareños también lo llaman cariñosamente El Cerrito, rindiendo tributo silencioso a los montículos indígenas que reposan bajo su suelo, resguardando los vestigios sagrados de los antiguos pobladores de nuestra vasta y fecunda geografía barinesa.

 

El arte silencioso de la aguja y el dedal

En la geografía noble y sentida del municipio Sosa, el arte de la costura se eleva mucho más allá de un simple oficio, convirtiéndose en un refugio de dignidad, paciencia y amor por el detalle comunitario. A lo largo de estos caminos llaneros, son numerosas las almas dedicadas a transformar rollos de tela en prendas vivas que abrigan y engalanan la vida cotidiana de sus gentes. Entre estas manos prodigiosas destaca la figura de María de Jesús Pérez, quien ha esculpido su camino en la costura de forma completamente autodidacta y perseverante. En sus inicios, cada puntada era un acto de fe cosido enteramente a mano, hasta que el esfuerzo constante le permitió abrazar el compás mecánico de su propia máquina de pedal. Con herramientas tan entrañables como hilos, tijeras, agujas y la fiel cinta métrica, su taller se ha vuelto un santuario donde no solo se viste al cuerpo, sino que también se borda y se teje con la gracia de los hacedores de sueños.

Viajando hacia la ribera de Puerto de Nutrias nos sale al encuentro Josefa Terán, cariñosamente consagrada en la memoria colectiva como la indiscutible señora de las máquinas. Su andar en este oficio comenzó de manera artesanal y manual, rodeada de papeles para trazar patrones, tijeras, cintas métricas, rodajas, reglas, escuadras y lápices bicolores que daban vida a sus hermosas telas floreadas y oscuras. Con los años, su destreza agigantada conquistó el dominio de la máquina de coser, permitiéndole tejer toda clase de prendas con una maestría que hoy abarca desde la alta costura comunitaria hasta la delicada confección de trajes para danzas y primorosos vestidos para muñecas. Cada retazo cortado por sus manos guarda el secreto de una vocación entregada al servicio de los suyos, convirtiendo el taller en un espacio donde la creatividad florece al ritmo sincopado del pedal y el hilo que une generaciones.

En el apacible sector de Santa Rosa, la labor de la costura adquiere un matiz profundamente humano, piadoso y conmovedor a través de las manos de María Alejandrina Romero. Su noble vocación se consagró en un inicio a la tarea sagrada de confeccionar trajes para difuntos, brindando un consuelo respetuoso y un último vestido de paz, especialmente para los más pequeños que partían antes de tiempo. Con el transcurrir de los días, su arte se abrió paso también hacia la comunidad viva, elaborando prendas cotidianas para los vecinos que encontraban en su talento el refugio perfecto para su vestuario. Así, entre hilos blancos, rezos silenciosos y telas llenas de ternura, estas costureras del municipio Sosa continúan hilvanando la historia viva de un pueblo que viste su identidad con orgullo, regalando un auténtico colirio para los ojos de quien valora la esencia de nuestra patria.

 

Parteras, sobanderos y curanderos

En aquellos tiempos donde la modernidad aún no alzaba hospitales ni centros maternos en los confines del municipio Sosa, la llegada de un nuevo ser a la sabana era un acto de fe sostenido por el valor y la ternura de las comadronas. Ante la ausencia de caminos expeditos, las parturientas encontraban el alivio y la salvación en aquellas mujeres providenciales que cargaban siempre un maletín repleto de implementos esenciales, listas para acudir al llamado sin importar la hora, la tormenta o la distancia a recorrer. Gracias a esa entrega incondicional, donde muchas veces se asistía más de un parto en una misma jornada, nacieron incontables generaciones de barinenses que hoy llevan en su sangre el latido de esa noble estirpe. Entre aquellas abnegadas protectoras de la vida resplandecen los nombres entrañables de Petra María Camacho, Francisca Parra, Carmen Herrera y Claudia María Barrera, quienes entregaron su existencia a cuidar el milagro del nacimiento con una dignidad que desafió al tiempo.

Aunque el avance de los centros de salud asistenciales fue transformando el paisaje médico de la región, la memoria de estas sabias mujeres sigue tan viva como el primer día, hermanándose con otro oficio ancestral de profundo arraigo popular: el de los sobanderos. Cuando el rigor del trabajo llanero, una mala caída o un tropiezo en el monte provocaban desgarramientos musculares, esguinces o dolorosas luxaciones, la comunidad entera sabía que la cura estaba en las manos milagrosas de estos hombres y mujeres de tacto prodigioso. Su conocimiento intuitivo y heredado devolvía la armonía a los huesos y los músculos fatigados, restaurando el cuerpo con la misma paciencia con la que el río labra su cauce. A su lado, la medicina tradicional de la sabana se elevaba como un baluarte de solidaridad y fe, donde distintos sanadores trataban con hierbas, remedios naturales y rezos ancestrales desde el mal de ojo y la culebrilla hasta las mordeduras de serpientes y rayas.

Este santuario de saberes populares y gratuidad solidaria se nutrió de la entrega de personajes inolvidables cuyos nombres ya forman parte de la mitología viva de Barinas, como Calendario Méndez, Mario Aguilar y Agustín Meza. Junto a ellos, la labor prodigiosa de Heriberto Antonio Torres Rodríguez, Ramona Rivero, Héctor Alexander Flores Colmenares, María de Alejos y Tirsa Carmona ha tejido un manto protector sobre generaciones enteras de pobladores. Completando esta cofradía de benefactores de la salud comunitaria se encuentran Juan Ramón Torres, Dionisio Antonio Romero y Enriqueta Margarita Peña, quienes combinaban las plantas medicinales con oraciones transmitidas de generación en generación. Hoy, evocar sus nombres es rendir tributo a un legado de amor al prójimo que desafió el dolor y la intemperie.

 

Horizontes de agua y el latir indomable del llano

El periplo por la geografía sagrada del municipio Sosa nos abraza en el apacible centro poblado de Vegón de Nutrias, donde la carretera enmarca una topografía plana de trazado irregular cuyas calles actúan como ordenadores vivos de la vida urbana. La gran mayoría de sus edificaciones se alzan aisladas, con la elegancia sobria de un solo piso. Muy cerca de allí, la historia hunde sus raíces más profundas en los montículos aborígenes, aquellos antiguos campamentos indígenas equidistantes que se extienden desde Barrancas, cruzan Sosa y llegan hasta Arismendi, marcando los linderos entre caciques y sirviendo de canales de comunicación mediante mensajes cifrados como el aviso del soldado Mata Indio. Descubiertos en 1950 y respaldados por los hallazgos cerámicos de Jaime Rodríguez en 1992 adscritos al estilo alfarero Caño del Oso, estos montículos y colecciones privadas continúan recordando el pulso heroico de los primeros pobladores. La ruta fluvial se engrandece con la magia de Caño La Resaca, cauce natural donde fluye el Apure desde Bruzual hasta El Picacho, custodiando para la eternidad el sitio de la histórica Casa Alto, el cuartel del legendario General Pedro Pérez Delgado, la legación de extranjeros y el antiguo consulado europeo.

A este torrente de memoria natural se suma el caudal del río Canal, afluente del caño La Hermosa que recuerda aquella deforestación de 1971 que hoy desemboca en el Apure generando un vínculo entrañable y protector con la naturaleza circundante. La arquitectura tradicional de la zona encuentra un testimonio viviente y conmovedor en la Casa del General Agudo, una vivienda cuyos cerramientos de horcones y tablas de madera, su techo a dos aguas y su amplio corredor frontal, testigo de la vida rural y de un amplio patio con frutales al fondo la consagran como una de las pocas reliquias originales que persisten en pie. De igual forma, el Cementerio El Dragal de El Regalo, fundado en 1938 y rescatado en 1950 por el ingeniero Abdón Calles como su primer proyecto profesional, cobija los restos de insignes personajes de la región. Todo este escenario se nutre de la imponente biodiversidad de los llanos de Barinas, donde sabanas inundables, palmares y bosques de galería cobijan a especies emblemáticas como el alcornoque, el merecure, el samán y el araguaney, junto a una fauna prodigiosa compuesta por osos hormigueros, jaguares, chigüires, corocoros, caimanes del Orinoco y las icónicas nutrias o perros de agua que bautizan nuestra tierra.

El recorrido culmina elevando el espíritu ante el profundo fervor religioso que corona el corazón de los pobladores del municipio Sosa, encarnado en la sagrada imagen de la Virgen de la Candelaria. Tallada en España a mediados del siglo XIX, esta venerable efigie fue consagrada en el año 1899 como patrona de la población por explícita petición de los vecinos y autoridades civiles, convirtiéndose desde entonces en un símbolo imborrable de fe, orgullo y religiosidad popular que se festeja con devoción cada dos de febrero y cada doce de julio. Custodiada celosamente en el templo de la comunidad, su presencia sintetiza el alma de un pueblo que ha sabido blindar su cultura, sus templos coloniales y sus tradiciones frente al paso inexorable del tiempo. Es este rico tapiz de leyendas, saberes y bellezas naturales el que hoy entregamos una vez más como un legítimo colirio para los ojos, ratificando con orgullo que nuestra labor periodística y poética es un homenaje eterno a la grandeza de Venezuela. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

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Ciudad Valencia / RM