Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Pedraza, estado Barinas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Pedraza: Memoria del piedemonte barinés
El pie de monte barinés cobija un territorio donde el aliento de la historia transita entre las aguas y la espesura verde de sus paisajes. Hablar de Pedraza y de su deslumbrante capital, Ciudad Bolivia, es adentrarse en un tejido de resistencia aborigen, constantes renacimientos y una geografía milenaria repleta de vestigios arqueológicos. Esta tierra bendita, labrada con el esfuerzo campesino y la majestad del entorno natural, emerge como un referente ineludible de la identidad regional. Desde sus orígenes, la dinámica del poblamiento local estuvo marcada por el constante desplazamiento de sus asentamientos en busca de protección, adaptabilidad climática y recursos para el sustento. Por esa singular travesía espacial a lo largo de las centurias, el ilustre historiador Virgilio Tosta no dudó en inmortalizarla con el evocador epíteto de «Pedraza la Peregrina», reconocimiento a un pueblo altivo que jamás rindiose ante las vicisitudes del tiempo ni ante las durezas del camino.
Las raíces documentales del cantón se remontan al año de 1591, cuando el capitán Gonzalo de Piña Ludueña erigió las primeras bases poblacionales en una meseta altiva, bautizándola bajo el manto protector de la Virgen de Altagracia y haciendo honor a la comarca hispana natal del entonces gobernador del Reino de Granada. Aquel primigenio enclave sufrió la furiosa embestida de los pueblos autóctonos jirajaras en 1616, evento que obligó a reubicar las casas en las riberas de un torrente cercano, donde levantaron el reducto defensivo del Mene. Sin embargo, en 1632, la alianza militar de los aborígenes tucupíes, guaruríes, pueyes y jirajaras redujo a cenizas la fortificación. Los sobrevivientes buscaron refugio en la fronda hasta asentarse temporalmente en Palma Sola, iniciando un andar errante que los llevaría posteriormente a refundarse bajo el nombre de Nuestra Señora de Altagracia junto al margen de otra corriente fluvial de la zona.
La itinerancia territorial continuó su curso histórico hacia 1782, fecha en que el capitán Gonzalo Jiménez de Bohórquez suscribió capitulaciones con la gobernación de Maracaibo para refundar la villa en el sitio de Tampacal. Apenas cuatro años más tarde, el teniente de justicia mayor, capitán Mejías, guió a los pobladores hacia el hermoso y definitivo paraje que ocupa en la actualidad. Durante décadas, el espacio geográfico conservó la denominación de los Mogotes hasta que, en la alborada de 1864, se rebautizó en homenaje al Padre de la Patria, naciendo así la nominación de Ciudad Bolivia, aunque la devoción popular mantuvo intacto el apelativo ancestral pedraceño. Ya en las postrimerías del siglo XX, esta importante localidad logró consolidarse como el epicentro político, administrativo y económico más dinámico de la zona, atrayendo la prestación de servicios esenciales y concentrando el mayor volumen habitacional de la entidad.
El corazón latente de la vida social pedraceña encuentra su máxima expresión en la Plaza Bolívar, un vibrante espacio público de aproximadamente ocho mil metros cuadrados que atestigua el progreso y la modernización de la ciudad. El proceso de embellecimiento arquitectónico de esta área central comenzó entre 1937 y 1938 con la colocación de sus viejas aceras de cemento romano, para luego dar paso en 1948 a la traza de cuatro avenidas diagonales y una redoma central de piedra. Con las transformaciones paisajísticas de 1970 y las ampliaciones peatonales efectuadas a finales del siglo, el espacio sumó un bulevar familiar orientado al esparcimiento de la ciudadanía. La antigua efigie del Libertador dio paso en 2002 a una majestuosa estatua pedestre que hoy preside el lugar, rodeada de caminerías adornadas con petroglifos que evocan el milenario pasado aborigen que yace esculpido en las rocas de toda la geografía local.

En las inmediaciones de esta plaza arbolada se respira una atmósfera mágica donde la infraestructura urbana converge en armonía con la exuberancia de la fauna y la flora autóctonas. Sombras bienhechoras de majestuosos samanes, apamates, cedros, sarares y esbeltas palmeras cobijan a las familias y visitantes que acuden diariamente a disfrutar de sus bancos de hierro y mesas de ajedrez. En los frondosos doseles arbóreos, una rica biodiversidad se manifiesta alegremente ante la mirada inquisitiva de los niños: tropas de araguatos, inquietos monos tití, iguanas solariegas y multitud de aves tropicales cruzan las ramas de un lado a otro en libre espectáculo. Así, la capital pedraceña sintetiza su herencia milenaria, combinando en un mismo escenario la riqueza arqueológica de sus ancestros, la epopeya de sus fundaciones y el porvenir ganadero y agrícola que florece con orgullo bajo el cielo llanero.
El testimonio rupestre de la Piedra Herrada
El valioso inventario arqueológico que atesora el suelo pedraceño alcanza una de sus máximas expresiones de arte rupestre en la emblemática Piedra Herrada II o La Molinera, monumental litograbado asentado en la vertiente de un cauce fluvial de la zona. Documentada e investigada desde las décadas finales del siglo pasado por destacados historiadores y colectivos dedicados al rescate patrimonial, esta roca ovalada de casi cuatro metros de alto por cerca de ocho de ancho impacta por la densidad de su diseño. Su imponente superficie lítica conserva la memoria cosmogónica de las antiguas comunidades indígenas que habitaban la región, figurando como un testimonio sagrado que ha resistido tanto el paso inexorable de los siglos como la furia de las descargas eléctricas que suelen azotar su cumbre durante los periodos de tormenta.
En el lienzo pétreo de la faz meridional se despliega un asombroso repertorio de motivos grabados que testimonian el refinamiento estilístico y la capacidad simbólica de los antepasados aborígenes. Rostros de contornos rectangulares y ovalados adornados con elaborados tocados conviven junto a enigmáticas figuras serpentiformes con cabezas circulares y cuencos concéntricos de profusa profundidad. La composición iconográfica incluye además sutiles puntos acoplados horneados en la superficie, trazos alados dispuestos en serie que simulan pender de un soporte superior, así como llamativas representaciones zoomorfas de largas colas que sugieren la efigie de místicas lagartijas. Cada surco esculpido sobre este altar monumental proyecta la cosmovisión de una civilización que logró inmortalizar en la piedra su veneración por el entorno y las fuerzas de la naturaleza.
Esta invalorable reliquia prehispánica, integrada por decenas de motivos decorativos que superan ampliamente las cuarenta efigies, constituye un tesoro inestimable de la memoria histórica venezolana que llena de orgullo a los pobladores y custodios de la campiña. La preservación voluntaria de este bien cultural por parte de los dueños de los predios rurales donde reposa, demuestra el alto sentido de arraigo y la conciencia patrimonial que habita en la comunidad local. Así, al borde del discurrir de las corrientes hídricas que fertilizan el piedemonte, la mítica roca se yergue como un faro identitario que invita al estudio científico, al turismo consciente y a la salvaguardia permanente de las huellas ancestrales que definen la venezolanidad.
El secreto esculpido en las aguas
El recorrido por los tesoros ancestrales del municipio nos conduce hacia el enigmático Petroglifo El Mantenido, localizado en la margen de un caudaloso lecho fluvial y dado a conocer a la investigación contemporánea gracias al registro de acuciosos exploradores. Esta singular roca esculpida, moldeada mediante finas técnicas de percusión y abrasión, presenta un repertorio gráfico que incluye rectángulos con trazos internos, delicadas figuras aladas y máscaras de profundo simbolismo cosmogónico. Aunque el contacto constante con las corrientes de agua ha amenazado con desvanecer sus contornos, el sitio conserva intacto su hálito de misterio, recordándonos la maestría de unas manos laboriosas que supieron dialogar con la naturaleza y plasmar su espíritu en la materia pétrea.
Muy cerca de allí, la ruta arqueológica nos revela la majestuosidad de la Piedra Herrada I, también conocida como La Esmeralda, situada en las riberas inundables y resguardada bajo la generosa sombra de un frondoso árbol protector. Visitada desde hace décadas por especialistas nacionales y extranjeros, esta imponente estructura semiovalada exhibe ambas caras grabadas con una riqueza iconográfica verdaderamente excepcional. Destaca entre sus relieves una impresionante figura antropomorfa erguida, coronada por dos líneas curvas que sugieren un majestuoso penacho, flanqueada por sutiles trazos zoomorfos que evocan aves y cuadrúpedos inmersos en la densa vegetación del piedemonte barinés.
DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO OBISPOS: ESTADO BARINAS
La trascendencia histórica de estos yacimientos rupestres trasciende la mera contemplación estética gracias a los rigurosos trabajos científicos realizados por investigadores de la talla del profesor Charles Spencer, procedente de la Universidad de Connecticut. A través de pozos de sondeo y avanzados análisis de termoluminiscencia aplicados a las muestras obtenidas en los antiguos sitios habitacionales de la zona, la ciencia ha logrado fechar estos vestigios alrededor del año mil de nuestra era. De este modo, la comunidad actual resguarda con legítimo orgullo y profundo respeto este valioso patrimonio, consolidándolo como un nexo viviente y sagrado con nuestros antepasados indígenas que hoy ilumina la identidad de la patria.
El manto de las aguas
Entre los tesoros naturales que refrescan el paisaje de la región, Pozo El Toro se yergue en el lecho del río Canaguá como un santuario acuático de singular belleza que deleita a propios y visitantes. Con una profundidad cercana a los catorce metros y custodiado en su margen por una peña colosal, este paraje invita a la práctica de la pesca artesanal y recreativa, cobijando en sus correntías especies autóctonas como la dorada, la sandrinata, el cascarón y el apreciado coporo. La serenidad del lugar se complementa con una apacible alberca natural de un metro y medio de hondura alimentada por los manantiales de una quebrada contigua. Entre los meses de mayor sequía, la claridad de sus fondos pedregosos atrae a familias enteras que buscan reconectarse con el espíritu vivo de la geografía llanera.
La infraestructura turística comunitaria florece de manera ejemplar a lo largo de la Troncal 5 con el balneario La Llovizna en el sector La Acequia, espacio equipado con acogedoras cabañas, caminerías de cemento y muros de resguardo para brindar confort y seguridad a los temporadistas. Asimismo, en las inmediaciones de la finca Las Palmeras en Caño Lindo, los habitantes de El Tesoro han habilitado con devoción un encantador rincón bordeado por piedras y densa vegetación junto al único arroyo que atraviesa el caserío. A esta amplia oferta de esparcimiento familiar se suman los parajes de La Cañada, Charco de Culebra y el lejano rincón de Pie Filo en la vía a San Rafael de Catalina, enclaves que convocan a los viajeros a través de pintorescos senderos rurales.
El recorrido por los balnearios tradicionales alcanza uno de sus puntos más bulliciosos en el sector de Catalina, donde un emblemático puente colgante abraza el paisaje alto del río La Acequia para goce de grandes y chicos. Por su parte, la zona de La Osa cautiva los sentidos con sus inmensos pozos y panorámicas privilegiadas, consolidándose como el escenario predilecto para quienes buscan la adrenalina de los deportes de aventura como el rafting. Hacia el poblado de San Francisco de Canaguá, el balneario Los Mijaos recibe a los bañistas con una extensa ribera de limpia arena, imponentes bloques de piedra y aguas de escasa profundidad, ideal para el resguardo de los niños bajo el cobijo de gigantescos árboles que aportan fresca sombra al caminante.

En el mapa hidrográfico de Pedraza, el río La Acequia resplandece como una vertiente fundamental que nace en la majestuosidad del Monte Andino al alimentar su cauce con diversos afluentes montañosos. La fuerza de su torrente helado y la estructura de su relieve lo ubican entre los cinco cauces fluviales más aptos del país para el desarrollo del canotaje y el deporte sobre aguas rápidas. Más allá de su incalculable valor paisajístico, este imponente afluente cumple una misión vital al surtir de agua potable a los habitantes de Ciudad Bolivia y sus caseríos vecinos, sirviendo al mismo tiempo como criadero natural de cachamas, coporos, bagres y brillantes sardinas que alimentan la rica tradición gastronómica de la comarca.
Los puentes históricos
La conectividad y el desarrollo económico de la comarca encuentran en sus monumentales estructuras de paso vial un testimonio viviente de la ingeniería y del esfuerzo comunitario. Entre ellos destaca el Puente Catalina, levantado durante la segunda mitad de la pasada centuria mediante una sólida arquitectura de concreto armado, hierro y acero para garantizar el tránsito seguro de las familias. A través de este paso estratégico, los agricultores de la región logran transportar sus cosechas desde San Rafael de Catalina hacia los diferentes centros de comercialización, convirtiéndolo en una obra de incalculable valor práctico para la economía local. Su presencia firme sobre las corrientes fluviales simboliza el pulso laborioso de una comarca que siempre ha sabido abrirse camino entre los obstáculos de la geografía montañosa y fluvial.
El patrimonio histórico de la ingeniería nacional halla uno de sus exponentes más fascinantes en el viejo puente colgante sobre el río La Acequia, construido entre 1932 y 1934 bajo el mandato de Juan Vicente Gómez. Aquella imponente obra se materializó con materiales importados directamente desde Inglaterra, destacando vigas, planchones, tornillos y cemento Pórtland empacado en tradicionales pipotes de madera. La resistencia de esta estructura quedó a prueba durante la devastadora crecida invernal de 1970, cuando el impacto de un gigantesco árbol de mijao arrastró un puente de concreto contiguo mientras la obra británica resistió el embate. Tras menores reparaciones en su piso de tablones, el histórico paso continuó prestando servicios ininterrumpidos, consagrándose como uno de los puentes pioneros de la geografía barinesa y un emblema perdurable de la resistencia arquitectónica.

La red de comunicación vial de la municipalidad se enriquece notablemente con la imponente estructura del puente colgante de Las Peñitas, un paso metálico de estable diseño que se extiende a lo largo de setenta metros por tres de ancho. Su plataforma, revestida con gruesa madera de ocho centímetros de espesor y sujeta firmemente por cuatro guayas laterales en cada flanco, garantiza un tránsito seguro y constante. Esta pasarela resulta fundamental para articular la vida cotidiana de las comunidades de Maparalito, La Mautera y Chuponal, facilitando el intercambio social y productivo entre estos poblados del piedemonte. De igual manera, el majestuoso puente sobre el río Canaguá, erigido durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, se alza como una joya de gran valor artístico que vincula arterias tan vitales como las rutas hacia San Cristóbal y la hermana nación colombiana, desafiando incólume las furiosas crecidas invernales.
La memoria viva de las casonas
El patrimonio edificado de Pedraza resguarda en sus tapias y muros la huella entrañable de las primeras familias que moldearon la fisonomía urbana y rural del municipio. Muestra excepcional de esta arquitectura vernácula son las ruinas de la casona de Terequina Pavón, una estructura ancestral levantada mediante la tradicional técnica de la tapia apisonada sin rafas, donde aún es posible apreciar las cajuelas de madera que sirvieron de soporte a los viejos encofrados. A pesar del paso inclemente de ocho décadas y de la erosión que ha dejado al descubierto sus capas de tierra originaria al despojarla del techo y los frisos, la comunidad circundante la venera como un hito de referencia espacial. Este modesto santuario doméstico, enraizado en la memoria local desde los tiempos de don Amable Dugarte, atestigua la nobleza del saber popular y la firmeza constructiva que desafía el olvido.
La crónica habitacional de la comarca halla igualmente un refugio sagrado en las viviendas centenarias que vieron nacer la vida comercial, social y cultural del pueblo. En la casa erigida en 1915 por doña Leopoldina Lujambio, donde hoy habita su bisnieto Ramón María conservando intacta la estructura original de su cubierta, palpita la continuidad del arraigo familiar tras haberse transformado en un concurrido taller de reparación. Asimismo, la histórica casona levantada en 1914 por Juan Romero, cuna del ilustre cronista Manuel de Jesús Romero Torres, y la emblemática botica de don Enrique Méndez, construida en 1935 con barro, paja de sabana, caña brava y horcones de pardillo curados en luna menguante, encarnan el alma misma de una comunidad que protege con devoción las primeras paredes que cobijaron su progreso.
Vestigios fluviales y misterios de la naturaleza
La geografía del municipio atesora entre sus rincones el recuerdo nostálgico de su comunicación fluvial decimonónica en el sitio del antiguo puerto comercial, por cuyas aguas transitaban el cacao, el plátano, los cueros y las vistosas plumas de garza en un intercambio vital con el Orinoco antes de que el río desviara su curso. Esa herencia navegable resuena hoy en el Paso La Garza y en el cruce cotidiano de la Gabarra de Boca de Anaro, una emblemática estructura de hierro que desde hace más de seis décadas facilita el traslado de vehículos entre las parroquias locales. Muy cerca de allí, la naturaleza despliega su magia más profunda en La Laguna Azul, una misteriosa gruta de roca donde la luz solar tiñe las aguas de un tono deslumbrante, y en la majestuosa Cueva de los Murciélagos, escenarios sagrados que evocan los antiguos rituales aborígenes en medio de la espesura del piedemonte.
El concierto natural pedraceño alcanza su cúspide lírica en el Garcero de Los Pozuelos, un espejo de agua donde se concentran garzas paletas, corocoras, gabanes y patos güires en un espectáculo multicolor que adorna la sabana. Hacia el apartado poblado de Santa María de Canaguá, el paisaje se eleva hacia Las Peñas de las Guacamayas, dos imponentes montañas que sirven de nido a estas aves bajo la mirada vigilante de tres imponentes cascadas. Asimismo, el monumento natural de Los Chorrerones deslumbra con sus saltos de agua que se deslizan sobre escalones de piedra de hasta doce metros de altura, invitando al deporte de aventura y al respeto religioso por un espacio que los ancestros indígenas veneraron como santuario sagrado.
En medio de este mosaico de prodigios naturales y leyendas ancestrales, la fibra humana y sensible del pueblo se expresa a través de la melodía inmortal del violín de don Rafael León. Desde hace más de medio siglo, este noble músico popular acaricia las cuerdas de su instrumento traído de tierras merideñas para llenar de fe y poesía las fiestas de la paradura del Niño, los rosarios cantados y las despedidas de los angelitos. Las notas dulces que brotan de su viejo violín alemán flotan en el aire como una plegaria de amor, sintetizando la ternura, la espiritualidad y el alma buena de una comunidad que celebra su existencia al compás de sus tradiciones más arraigadas. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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