(A la mystérieusse)
Otro mito arraigado entre los que se acercan a la poesía es el de la originalidad.
Muchos poetas pretenden que todo cuanto escriben es producto de ellos mismos y por lo tanto caen en la ilusión de que sus textos no tienen comparación con ningún otro.
Esto deriva hacia otros síntomas del auto-engaño: están aquellos que aseguran no leer a otros autores por temor a «contaminarse», pensando que la ignorancia de cualquier tradición les da la garantía de poder decir algo auténtico.
En la otra orilla están los que sienten un pánico terrible ante la posibilidad de que sus textos puedan ser plagiados, como si lo que han escrito no fuera también un plagio realizado sin darse cuenta.
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Alguna vez, Jorge Luis Borges dictaminó que los temas de la poesía son apenas unos pocos, casi todos referidos a esa necesidad de explicarnos el mundo o a esa angustia que produce habitar en él: la soledad, la muerte, el amor, el abandono, Dios, la infancia, la naturaleza, el dolor humano, son temas permanentes a los que el poeta les da una entonación particular sin que por ello podamos pensar que hay nada original en nuestra propuesta.
Por otro lado, está el uso de la lengua, ¿qué tanto podemos innovar con la limitada cantidad de vocablos que se maneja en nuestro idioma? Y sin ponernos creativos buscando palabras expresamente «poéticas» porque corremos el riesgo de no dejarnos entender; aparte que las palabras «poéticas», paradójicamente son lo menos poético que tiene el idioma.
El asunto está en asumir que todo lo que podía haber sido dicho, ya se dijo; y que todo lo que escribimos cuando escribimos son variaciones sobre los mismos temas, e incluso utilizando hasta las mismas imágenes.
Por ejemplo, uno de los poemas más emblemáticos de nuestra literatura es «Mi padre el inmigrante» (1945), cuyos primeros versos rezan lo siguiente:
Venimos de noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo…
Pero ya sabemos que todo cuanto nos es dado escribir ya fue escrito antes… hace mucho tiempo, en una galaxia lejana:
¡Yo de la noche vengo y a la noche me doy…
Soy hijo de la noche tenebrosa o lunática…
Tan sólo estoy alegre cuando a solas estoy
y entre la noche, tímida, misteriosa, enigmática!…
Son a su vez los versos con que abre el libro «Tergiversaciones» (1925) del colombiano Leon De Greiff.
Preguntas: ¿conocía Gerbasi el poema de León?; ¿transposición, deuda, homenaje o simple palimpsesto? Será por siempre un enigma que nunca resolveremos.
Y qué decir de las «coincidencias» entre textos como «Poema en línea recta» de Álvaro de Campos (F. Pessoa) y «Derrota» de nuestro Premio Cervantes, Rafael Cadenas:
…y yo, tantas veces miserable, tantas veces puerco, tantas veces vil,
yo, tantas irresponsablemente parásito, indisculpablemente sucio,
yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme,
yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo,
que he tropezado públicamente en las alfombras de las solemnidades,
que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que he sufrido injurias y he callado,
que, cuando no he callado, he sido más ridículo todavía…
(A. de Campos/F. Pessoa)
Yo que nunca he tenido un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio y ya quiero mudarme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo…
(Rafael Cadenas)
Lo cierto es que no se puede escapar de escribir lo mismo que escribieron nuestros predecesores. Siempre volveremos a los mismos tres o cuatro temas fundamentales y aunque lo quieras o no, lo que escribas encaja en alguna de esas categorías.
(Continuará…)
Manuel Cabesa*
Ciudad Valencia / RN













