Han pasado algunos años de cuando sucedió este encuentro que hoy les narraré. Para ese momento uno de mis hijos, además de su trabajo de oficina, animaba carreras de 10K y 42K en asfalto o montaña en Venezuela. También tenía un programa de radio llamado “10kFm” dedicado al running en general.
Un fin de semana me acerqué a Caracas con la intención de estar en la carrera Gatorade porque él sería el animador. Siempre que visitaba la capital llegaba donde mi hermana, que vivía por la Urdaneta, o al apartamento con él, que queda algo más lejos. Como ese día debía estar temprano en el lugar, me quedé con mi hermana. Si quería llegar temprano debía salir temprano, así que activé la alarma para que sonara a las cinco y media de la mañana.
Siempre trataba de acompañarlo a sus actividades deportivas, bueno, cuando se podía, tanto en las carreras o mientras transmitía su programa sabatino de radio. Disfrutaba mucho de esos momentos con él y de la actividad fotográfica que hacía tanto en la radio como en las carreras, mientras él trabajaba.
DE LA MISMA AUTORA: ¡OLE, TORERO!
Tomé una camioneta en la avenida Urdaneta, de las que pasan por la Andrés Bello para que me dejara al final de Chacaíto principio de Chacao por donde estaba el antiguo Beco. Como ven, aunque soy caraqueña no conozco mucho de sus calles.
Como todos los días, y Caracas no era una excepción, la camioneta estaba hasta los teque teques y el colector seguía montando gente, ¡clásico!
—¡Arrímese, señora, esa la que tiene la chaqueta negra, no se haga la que no oye! ¡Colabore por favor! ¡Hagan dos filas los demás también se quiere ir!
En eso se monta un hombre, de los muchos que siempre aparecen con la misma cantaleta:
—Buenos días, señores y señoras. Ante todo me disculpo por quitarles su tiempo. Estoy aquí para ver si me pueden ayudar con: mi madre, mi hija, el perro, conmigo que necesitamos comprar un medicamento y es muy caro. Cualquier cosa que salga de su noble corazón será bien recibido.
Hay veces en que pienso que puede ser cierto lo que dicen una que otra vez.
A medida que la camioneta avanzaba recordé aquella época de cuando mis hijos eran pequeños. Retrocedí en el tiempo hasta aquel instante en que a uno de ellos le queríamos encontrar una actividad que lo mantuviera ocupado, y por qué no decirlo, hasta que se cansara porque su energía era mucha.
El hijo del cual les hablo, al llegar a los trece años, ya medía 1,80, calzaba 45 y estaba más alto que su padre. Era un niño en un cuerpo grande. Había que buscarle donde descargar toda esa energía que gritaba por salir.
Recuerdo que cuando estaban pequeños nos fuimos a inscribir al hijo mayor en las piscinas de La Isabelica, en Valencia, pero este estuvo reacio a meterse. Mientras estábamos que si entraba o no, el hijo menor se lanzó al agua sin más ni más, con ropa y todo.
Todos corrimos desesperados al sitio. El entrenador que estaba comentándonos los beneficios de la natación, se arrodilló, lo agarró por los pelos y lo sacó. De inmediato se tomó la determinación de que sería a él a quién inscribiríamos ese día. Tenía que aprender a nadar para evitar males mayores. “Cuán importante es entender, cuándo es el tiempo para cada cosa”. Unos meses después el mayor no tuvo problema para estar dentro de la piscina y comenzamos a llevar a los dos.
Viendo que nadar no era suficiente para él, le pregunté:
—¿Qué otro deporte te gustaría practicar?
—Saltos ornamentales —me dijo.
En el complejo de piscinas de La Isabelica había un entrenador de dicho deporte y fuimos a hablar con él.
Observó de arriba abajo a mi muchacho. No lo vi muy convencido y acercándose a él le dijo:
—¿Estás seguro de querer lanzarte del trampolín?
—Sí, -dijo de inmediato.
—Anda, sube al primer trampolín y espera mis órdenes. -Lo dijo sin convicción alguna.
El muchacho se fue muy contento al lugar que le mandaron y subió al primer trampolín. No estaba asustado, al contrario se veía muy decidido esperando la orden para saltar.
—¡Salta! —le gritó el entrenador.
Yo no sabía si verlo lanzarse o taparme los ojos pero me quedé mirando a ese ser, que demostraba que dentro de él había la firme convicción de poder hacerlo. Ni corto ni perezoso se lanzó. Lo vi volar en el aire sin tener entrenamiento. Al caer se levantó una buena cantidad de agua que lo tapó de inmediato. El hombre se volvió hacia mí y dijo:
—No, señora, ese muchacho no es para saltos ornamentales. Es muy grande, sus brazos y piernas muy largos. Él debe estar en un deporte donde sus condiciones físicas sean bien utilizadas.
—La verdad sea dicha, yo necesito que haga algún deporte que lo canse para que gaste una buena parte de ese torbellino de energía que tiene —le dije—. Lo que me faltó fue llorar.
Al oír mi respuesta, el entrenador comentó:
—Tranquila creo saber dónde encajará muy bien. Véngase conmigo, le voy a presentar al entrenador de Polo Acuático estoy seguro que quedará encantado por sus condiciones físicas.
Mientras el hijo salía de la fosa para clavados yo iba tras del hombre hasta la otra piscina. Se saludaron entre ellos mientras le explicaba la situación. En eso venía llegando el muchacho y ambos lo escudriñaron detenidamente por un rato.
—Señora, venga y le presento al entrenador de Polo Acuático —me decía mientras el otro hombre alargaba su mano.
—Mucho gusto —le dije al entrenador.
—Ya le expliqué lo del joven y es posible que aquí sí pueda estar —me decía el entrenador de saltos, al mismo tiempo que nos miraba.
De soslayo miré la piscina donde estaban practicando Polo Acuático, parecía un mar embravecido, con olas encontradas. En medio de aquel remolino podía ver que iban y venían brazos en alto sosteniendo una pelota. Llevaban gorros de distintos colores en sus cabezas. Eran los chicos que estaban en plena práctica. Pensé que en cualquier momento emergería de las profundidades Aquamán con su tridente.
El entrenador de Polo le dijo al hijo:
—Abre los brazos
El muchacho le hizo caso e hinchando el pecho los abrió marcando una verdadera distancia, como el que muestra el Norte y el Sur.
—¿Cuánto calzas? —le preguntó
—45 —le dijo
Ambos entrenadores se vieron y en sus miradas creí entender que ese era el deporte donde encajaba a la perfección. El entrenador de Polo le dijo:
—Anda, lánzate al agua y quédate en la arquería.

Desde ese día fue uno de los arqueros del equipo de Polo Acuático de Carabobo. Como era yo la que lo llevaba a los entrenamientos pude observar su avance y cuando hacían partidos amistosos, yo estaba en las gradas gritando: “¡Arquero, arquero!”.
Ustedes se preguntarán y ¿cómo llegaba a la casa luego de entrenar varias horas por la noche? Llegaba sin fuerzas para nada. Cenaba y caía exhausto en la cama hasta el otro día. Eso sí, comenzó a comer más de lo que acostumbraba para recuperar fuerzas y energía.
El equipo le puso el seudónimo de “Rambo”, pienso que fue por sus características de muchacho alto, fuerte y aguerrido cuando tenía que defender su arquería en los juegos. Para los IX Juegos Deportivos Nacionales Judenaba, de 1994, fue uno de los dos arqueros en participar. Definitivamente fue una bendición que fuera parte del equipo de Polo Acuático.
Al fin llegué a mi parada y entre empujones y apretaderas logré bajarme de la camioneta. Ahora, ¿para dónde quedan las Mercedes?, me pregunté. Pasaba una joven en ese instante y le pedí que me indicara y así lo hizo.
Para mí, Caracas siempre ha ejercido un magnetismo muy fuerte, sin importar huecos, casas viejas, que me encantan, o el modo de manejar de los que allí viven. Además porque es hermosa. Tiene un no sé qué que atrapa en cualquier parte de su extensa geografía. Caminaba hacia el lugar e iba detallando cada esquina. Aprovechando que para esa hora y día las calles estaban solas.
En ese tiempo tenía una cámara Sony Full HD Movie G, era una de las mejores para mí según la condición económica que tenía. Aunque los hijos siempre me decían, y lo siguen haciendo, que la guardara para que no me la robaran, no podía evitar sacarla para capturar momentos, lugares, personas, sentimientos.
Cuando iba llegando a Las Mercedes noté a un lado de la calle un poco de basura acumulada y sobre ella la figura de Jesús grabada en un espejo roto con un mensaje escrito que decía: “Dios bendiga este lugar”, y me pareció tan irónico, aunque sin importar si somos pobres o pudientes siempre necesitaremos de Él.
Me quedé un rato viendo esa imagen y meditando por qué lo arrojaron a la basura, a la vista de todo el que por allí pasara. Nada es casual. Pensé: “Probablemente la persona que se reflejaba en el espejo nunca entendió su valor como ser humano”. Precisamente, en ese momento estábamos en Semana Santa y mientras algunas personas oraban pidiendo o perdonando, a alguien le pareció mejor lanzarlo al basurero.

Pasó un hombre joven, como de cuarenta, y se persignó ante la imagen. Luego una señora, algo apurada, vio el sitio y al darse cuenta que allí estaba la imagen de Jesús le hizo una reverencia. Muchos otros pasaron, mientras yo estaba allí, pero no se dieron cuenta de su presencia.
Sentí algo dentro del pecho, como pena, no porque estuviera ahí la imagen, sino por la persona que lo lanzó al olvido, sin darse cuenta que fue el lugar perfecto para todo el caminante que por allí pasa y que quizás no haya tenido algún encuentro con Él en mucho tiempo.
Me hice la señal de la cruz y le pedí protección para los míos y para mí que estaba en un lugar que no conocía, pero que debía seguir. Di la media vuelta y proseguí mi camino esperando llegar temprano a la carrera.
Al fin llegué a las Mercedes. Me fui guiando por el bullicio de la actividad. Estando más cerca oí la voz de mi muchacho que se proyectaba por todos lados por los altavoces colocados en la plaza y supe que ya estaba dando la salida a los corredores del 10 K. Al llegar junto a él, un grupo de personas salía en desbandada con mucha alegría esperando hacer buen tiempo por lo menos. Algunos iban disfrazados de cualquier cosa que se puedan imaginar. Se ha hecho costumbre, quizás por copiar las carreras de otros países.
El rostro de él estaba repleto de alegría. Eso era lo que más le gustaba, además de correr animar las competencias e involucrarse en todo lo que tenga que ver con el deporte. Estaba feliz. Definitivamente, el apoyarlo cuando joven en sus actividades deportivas y demás recreaciones me permite ver hoy a un hombre que puede soñar y que cuando en verdad quiere algo lucha por alcanzarlo.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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