Me contaba la amiga Aleja, allá en Cuba, que el lugar donde estaba su casa, años atrás, habían sido unos cañaverales en donde tenían muchos esclavos. Muchos cuentos y mitos salieron de esos campamentos y, con el tiempo, se convirtieron en los relatos que los abuelos les contaban a sus nietos y así sucesivamente fue pasando de generación en generación.
En aquellos viajes que hacíamos a Cuba tuve la oportunidad de conocer a Aleja. Su casa quedaba a una cuadra del Centro Internacional de Salud La Pradera. La conocí por medio de otra señora que era “custodio” de las áreas verdes allá en La Pradera, llamada Célida.
Comencé a escribir en serio en Cuba por aquel trabajo que debía llevar como tesis de grado de la “Misión Ribas” para así poder graduarme de bachiller. Tomaba nota de las actividades dentro del hotel con los médicos y con las personas que se encargaban de los venezolanos en Cuba, con los compatriotas y pacientes de otra ciudadanía.
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El espacio donde Aleja vivía era bastante modesto, pero con un calor de pueblo que rebosaba por todas las esquinas del lugar. De inmediato me enamoré de todo lo que ella tenía en su jardín. Trabajaba el anime y con él hacía avestruces, muñecas, patos y los colocaba increíblemente en el lugar exacto.
En su casa encontré el lugar idóneo para escribir y leer. Muchas veces pedí permiso para ir a refugiarme en ese jardín tan lleno de distintas fragancias, sobre todo la de aquella que emanaba de unas flores especiales que estaban al fondo del jardín.
Mi salvoconducto para entrar o salir en esos días era pasar por la Dirección y mostrarle al Dr. Llerena el avance de mis escritos. Esperaba que él estuviera desocupado y al notar mi presencia me invitaba a entrar. Yo abría la laptop y le mostraba las fotos y el escrito, aparte de las crónicas de mi paso por Cuba. Al terminar, me felicitaba:
—Vas bien, Carmen. Tienes mucha imaginación y me gusta lo que llevas escrito.

Y así, en medio de citas médicas y atenciones al esposo, me permitía unas horas para tomar un cafecito con la amiga y su hermosa hija. Luego me sentaba en un banco a escribir, definitivamente era un ambiente motivador. Aleja, mujer aguerrida, tenía la característica de hacer que las visitas se sintieran bien atendidas.
Una mañana, luego de desayunar, me fui a donde Aleja. Ella siempre dejaba, desde que comencé a escribir en su casa, la reja sin candado para que pudiera entrar por si ella no estaba. Ese día no contestó mi llamado y entré. Todo estaba en silencio y supuse que había salido o seguía dormida, algo extraño en ella, de todas maneras entré y me fui a escribir.
Al rato oí que me llamaba:
—¡Carmen, Carmen! ¿Estás ahí?
Me levanté del banco y le hice señas. Ella se acercó riendo y me dijo:
—No sé por qué me dio por creer que habías llegado. Sentí tu presencia.
Me dio un abrazo, de esos que alivian penas y te llenan de paz.
—Ven, vamos a tomarnos un cafecito que ya se está colando.
Y así comenzaban mis momentos en casa de Aleja. Sentada en su sala pequeña, de muros bajos donde el aroma del café viajaba hacia donde yo estaba. Los nietos aún dormían y todo era silencio. Entonces se abría una cortina y allí estaba ella saliendo de la cocina con dos tazas humeantes de café que invitaban a conversar.
Para ese entonces, los niños tendrían 15 el varón y 11 la niña. Se veía la clase de educación que les estaban dando. Siempre atentos, silenciosos si no se les preguntaba, pero eso sí con muchas ganas de conocer mi país. Con ellos el trato fue grato. Me mostraron lo que estudiaban, iban bien adelantados y a la niña le gustaba la fotografía.
Después de una buena charla, Aleja comenzaba las labores de la casa, los niños estaban de vacaciones, pero igualmente ayudaban a la abuela. Me despedía de ellos para estar un rato a solas escribiendo en ese lugar que me atrapaba y hacía volar mi imaginación.
Uno de esas mañanas, cuando me disponía a escribir, oí ruidos que provenían de la profundidad del jardín. Aleja me había enseñado todo el terreno y el de más atrás tenía distinta variedad de flores con uno que otro ají dulce y cebollín. Me pareció extraño porque ella estaba en la parte delantera de la casa en ese momento, la podía ver.
Debió haber sido alguien que lanzó una piedra o algún animal que al caminar sonaba las hojas que estaban en el piso, lo pensé y seguí con lo mío. De pronto, un olor a tabaco se hizo presente por todo el lugar y alcé la vista, en ese momento un hombre vestido de campaña apareció por entre las matas colocándose frente a mí, mientras lanzaba una bocanada de humo.
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Volteé hacia donde estaba Aleja y allí seguía cantando una canción mientras limpiaba y regaba las matas. Mi primer impulso fue gritar, pero algo en su rostro no me dejó hacerlo. Yo conocía a ese hombre de alguna parte pero no lograba dar con el nombre.
—¡Hola, Carmen! —me dijo mientras se sentaba y cruzaba una pierna—.
Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Por supuesto que conocía a ese hombre, no en persona, pero había oído hablar tanto de él. Sus fotos, películas, vídeos, que a través del mundo han girado desde hace mucho tiempo.
—Y, ¿qué haces por aquí? —me dijo con sus ojos fijos en los míos.
—Tranquila, respira. Comprendo tu impresión, la he visto en otros rostros cuando les hablo. Recuerda que no hay mucho tiempo para hablar, así que ¡respira!
Por un momento se me hizo imposible respirar. Creo que los ojos se me querían salir de sus cuencas y la quijada la tenía caída. Solo lo veía a él sonriéndome, con su tabaco terciado al lado derecho y entre sus labios. De vez en cuando lo mordía y se quedaba masticando el trocito que había arrancado sin dejar de fumar.
—¡No lo puedo creer! ¿Eres tú? —fue lo que me salió desde muy adentro.
—¿Por qué te extraña tanto verme aquí? ¿Aleja no te ha contado de este lugar? –lo decía con picardía—. Aquí pasaron muchas cosas hace varios siglos. Aún se pueden oír el arrastrar de cadenas y aquellos gritos de dolor y angustia. Estas eran tierras sembradas de caña. Lugar perfecto para hacinar a la gente de África. Muchos negros y negras fueron esclavizados y abusados aquí, en todos los sentidos que a ti se te pueda ocurrir… Me he dado cuenta que la compañera te tiene mucha estima —dijo mientras se acomoda en el asiento.
—Yo también la quiero mucho. Ha sido una maravillosa amiga —fue lo único que atiné a decir—.
En eso, unos pasos se acercaban. Era la amiga Aleja que venía a decirme que ya era hora de que regresara al hotel. Cuando volteé, ya él no estaba allí.

—No creo que vayas a creer lo que te voy a contar —le dije a la amiga—.
—Creo que sí —comentó riéndose— ¿Dime a quién viste?
—Es que me parece una locura. Estaba sentada escribiendo como siempre y de repente salió de entre tus matas y no lo podía creer. Me puse a temblar. Quise llamarte, pero no me salía la voz —le contaba atropelladamente—.
—¡Ajá! Tranquila, respira profundo, parece que te va a dar algo. ¡Respira! —me decía mientras me pasaba la mano por la cabeza—.
—Era el Che, el mismito Che Guevara en persona, bueno o en fantasma, no sé amiga —le decía mientras me rascaba la cabeza—.
—Está bien, tranquilízate y cuéntame qué te dijo.
En un salto fue corriendo a la casa y me trajo un vaso de agua.
—Anda, tómate el agua y me cuentas pero rápido porque ya es hora de almuerzo y debes estar en el comedor.
—Como te dije, Aleja. Estaba escribiendo y de repente apareció y me preguntó que qué hacía y hasta se sentó y todo. Venía fumando un tabaco largo y lanzaba bocanadas de humo. Eso lo hacía más fantasmagórico. Y yo, temblando.
—Es normal que estas cosas pasen en Cuba. Por cualquier lugar que mires, por ahí hubo una lucha. Murió mucha gente. La desgracia siempre estaba a la orden del día, y recuerda que a él lo traicionaron y siempre aparece por cualquier cañaveral o sembradío, donde está el campesino, el peón, el pata´en el suelo. Regresa uno de estos días a ver si lo vuelves a ver, y yo te cuento muchas otras cosas que te llamarán la atención para que escribas.
Nos despedimos y salí rápido hacia La Pradera, solo tenía que cruzar una calle para entrar al lugar. Los días que siguieron estuve muy ocupada entre la atención a mi esposo y mis viajes hacia la Clínica del Dolor, y se me hizo imposible, a pesar de que solo era un brinco para llegar a la casa de Aleja, pero sentía que estaba muy lejos de su casa.
Cuando pude regresar, me apertreché con lo que pensaba podía servirme. Me llevé la cámara, por ejemplo. Qué ilusa, pero eran tantas las ganas de dejar un testimonio de su presencia que se me olvidó que él no existía y que lo más probable es que fueran locuras de mi mente.
Llegué a la puerta del jardín y comencé a llamar a Aleja, pero esta no salía. Me di cuenta que el candado estaba cerrado y sus pájaros y muñecas bailaban al son de una fuerte brisa. Ese día no pude hablar con ella y mucho menos con mi aparición.
El día de volver a Venezuela estaba cerca y mi amiga no regresaba, solo el jueves, antes del vuelo intenté, nuevamente, encontrarla en su casa y mi alegría fue verla salir de la casa con una sonrisa que danzaba en sus ojos. Yo le llevaba algunos recuerdos y, por supuesto, un gran paquete de café. Ella lo recibió muy agradecida y entre café y torticas que la amiga hacía, nos quedamos conversando un buen rato.
—Lamento no haber podido estar en estos días —me dijo muy apenada—. Mi hija tenía que hacer guardia por unos días y debía quedarme con los nietos. Imaginaba tu angustia por terminar aquella conversación que te dejó inquieta, pero fue imposible estar aquí en esos días.
—Tranquila, mujer, lo primero es lo primero. Sin embargo no te niego mi ansiedad por oír tus cuentos de aquella época y saber si tú también habías hablado con el amigo.
Ese día almorcé con ella y tuvimos todo el día para compartir, ese último momento en Cuba. Entonces me dijo muy seria:
—Carmen, por estos cañaverales corren muchas leyendas, mitos o cuentos, como tú lo quieras llamar. El cubano ha vivido siempre en la angustia y el desamparo, hasta que bajó Fidel. Luego del arribo a nuestra Patria de los africanos, se conformaron muchos asentamientos donde la mano de obra, obligada con sangre, fue la de ellos. Por supuesto que nuestro pueblo también fue esclavizado y con el tiempo se comenzó a hablar de aquellos muertos que regresaban. Recuerda que estos hombres y mujeres del África llegaron con sus creencias religiosas y cultura, que tiñeron con su sangre la tierra. El Comandante Che Guevara es para el cubano un hombre querido, y dicen, no me creas, que en sus rezos y santería lograron hacer que regresara y es por eso que de vez en cuando se le aparece a las personas, pero no a cualquiera. Dicen que él las escoge por su corazón y lucha. Yo no lo he visto pero sí he percibido su presencia. Siempre está en ese lugar ese olor a tabaco cubano que era uno de los preferidos de él en esos momentos de descanso tras esas largas caminatas. Por eso me alegré mucho al saber que tú lo habías visto. Escribe sobre todo lo que has vivido, visto y conocido en este país hermoso. Ojalá y volvamos a vernos muy pronto para que me cuentes cómo va Venezuela.
Comenzaba a caer la tarde y con ese amor que aprendí a tenerle a la amiga la abracé tan fuerte como queriéndome llevar algo de esa maravillosa alma que tiene. Nos dijimos “hasta luego” con lágrimas en el corazón. Salí despacio del lugar donde lo que recibí fue amor. Me fui a mi habitación para terminar de acomodar mis maletas.
Antes de viajar a Venezuela, le mostré al Dr. Llerena los avances que había tenido en mis escritos. Sentado frente a la laptop leía con mucha atención. De pronto lo vi regresar una y otra vez un párrafo y subiendo la mirada me dijo:
—¿Señora Carmen, lo que usted escribió aquí es salido de su enorme fantasía o en verdad lo vio?
—Bueno, doctor, qué le puedo decir, le aseguro que lo vi y hablé con él. Si nos ponemos a analizar qué pudo haber sido en realidad, queda a su discreción elegir cualquiera de las dos, pero yo le aseguro que conversé con él.
—Esto que surge en su relato le dará qué pensar a sus lectores. Por mi parte, le creo porque he sabido de personas que aseguran haberlo visto, pero hablar con él no. Felicitaciones y continúe escribiendo.
Se levantó de su asiento y, al ofrecerle mi mano, él me dio un abrazo fraterno y se despidió. En ese viaje celebré mi primer cumpleaños lejos de mi gente, pero Aleja y familia se encargaron de que no los extrañara tanto y fui feliz en los brazos de personas que apenas conocía. Nada es casual, todo tiene su día y su fecha. Las cosas tenían que pasar tal cual lo hicieron para que yo supiera que el mundo todavía es hermoso y que tengo derecho a vivir, parafraseando la “Desiderata”.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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