La urgencia aplaza el dolor del cuerpo

Me caí el 27 de junio, tras una réplica de los terremotos. Sabía que la mano derecha me dolía, pero la silencié. Desde el doblete sísmico sentía que el piso nunca volvió a quedar firme. En el transcurso, mis hijos cayeron enfermos, se sumaron los días sin servicio eléctrico, la rutina no dio descanso y el modo supervivencia se mantuvo encendido.

Cuando se es cuidadora, sin relevo, de una persona con discapacidad, el dolor propio no se desconoce: se posterga. La urgencia de los demás aplaza la propia.

Solo cuando la fiebre de mis hijos cedió y esa angustia de los primeros días bajó, pude al fin atender esa mano que había estado dolida todo el tiempo.

 

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Ese aplazamiento del propio cuerpo y esa percepción de que el suelo sigue en movimiento no me ocurrieron solo a mí. Este miércoles 22 de julio, en el salón de la Cámara de Comercio de Puerto Cabello, éramos más de 150 personas buscando la manera de quitarnos de encima un estado de alerta que ya lleva un mes. Algunos decían que aún les faltaba encontrarse, otros llevaban el insomnio acumulado y un peso compartido.

El encuentro «No estamos solos» fue la culminación de un plan de respuesta que la red médica local sostuvo desde el 26 de junio. Ese esfuerzo venía dando respuestas concretas: el 1° de julio, psiquiatras, psicólogos e internistas evaluaron a decenas de vecinos y gestionaron exámenes de laboratorio sin costo. Este miércoles se completó la entrega de los tratamientos farmacológicos prescritos y la jornada dio paso a lo que no se resuelve en un récipe: la contención.

Durante la actividad, un equipo de siete psicólogos ofreció pautas de primeros auxilios emocionales y herramientas para que los adultos aprendamos a validar el miedo en los niños, sin disfrazarlo ni reprimirlo, recordando la importancia de contar con el acompañamiento profesional en momentos de crisis.

«Está bien no estar bien todo el tiempo; lo fundamental es reconocer el dolor y llevar a casa las herramientas para transitar esta etapa hacia la nueva normalidad», señaló la Dra. Maribel Baute de Sabatino al iniciar la actividad, moderada por la Dra. Ana María Anselmi. Más tarde, la Dra. María Hadeed condujo un taller práctico enfocado en ejercicios de atención y control de la angustia.

Por otra parte, las intervenciones de María Gabriela Colina y Yuraima Ravelo me hicieron entender que la red no es un concepto abstracto: tiene nombres y apellidos cotidianos. Escuchándolas identifiqué la mía, esa trama cercana hecha de vecinos y amigos.

 

No estamos solos-Cámara de Comercio-Puerto Cabello 3b

 

Son las personas que se quedan un momento con mis hijos, la amiga que le echa un ojo a mi hermana mientras salgo a hacer una diligencia, los que traen un medicamento, ayudan con los víveres o reciben una encomienda familiar. La red, antes de ser un taller, es esa puerta de al lado que se abre.

Esa estructura cobró forma física en el centro del auditorio cuando un ovillo de estambre amarillo comenzó a cruzar de mano en mano. Entre batas médicas, uniformes de Protección Civil, docentes y vecinas, sostuvieron la misma hebra.

En el centro, sentada en una silla, una persona recibía la tensión de esa trama visible. Estar allí ya no significaba aislamiento ni fragilidad, sino comprobar que la fuerza distribuida del grupo sostiene la espalda de cualquiera.

Compartieron también la metáfora del kayak para entender cómo encarar la recuperación: avanzar exige sincronizar el remo de la esperanza con el remo de la acción concreta.

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Si se rema solo del lado de la esperanza (la visión y la disposición anímica), la embarcación gira sobre su propio eje sin avanzar un solo metro; si se rema solo desde la acción desbocada, el resultado es el desgaste sin rumbo. Moverse exige alternar ambos lados: la esperanza le da sentido a la fuerza; la acción le da piso a la voluntad.

Sin embargo, lo decisivo para mí fue sentirme identificada al ver en la tarima al psicólogo Franklin López con un casco de moto puesto y un morral a la espalda: el cuidador listo para una emergencia perpetua. Confirmé de nuevo que asumir que se puede con todo no es fortaleza: es una trampa.

Reconocer la tensión, soltar la armadura y pedir ayuda no nos vuelve frágiles. A veces, el primer paso para la reconstrucción de una ciudad no es levantar paredes, sino admitir que nos duele la mano y sentarnos a respirar.

 

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