Venezuela no se explica se vive

Existe una constante frustración en algunas salas de redacción nacionales e internacionales y en gabinetes académicos, cuando intentan aprehender a Venezuela desde la distancia o la ortodoxia fría. El instrumental teórico tradicional -saturado de esquemas rígidos, encuadramientos ideológicos e hiperracionalismo, y en otros casos, simple elaboración destructiva-, se estrella una y otra vez contra un muro de perplejidad. Hay geografías humanas que sencillamente tienen presencia más allá de la categorización estadística. Bien lo sintetizó el Coordinador Residente de la ONU, Gianluca Rampolla, al formular una verdad histórica e intuitiva: Venezuela no se explica, se vive.

Filósofos como Wilhelm Dilthey o Edmund Husserl ya nos advertían que las cosas más profundas del alma no se comprenden a través de leyes inamovibles, sino a través de las «vivencias puras»: la experiencia directa, limpia de prejuicios, tal como se siente en el corazón de la realidad.

Esa falta de vivencia, esa incapacidad de pisar genuinamente el barro y mirar a la gente a los ojos, es lo que ha llevado a periodistas y voceros malintencionados a culpar a nuestras instituciones y a nuestro pueblo en momentos de la catástrofe. Desde la comodidad de una pantalla, pretenden golpearnos con frases demoledoras para minimizarnos; destilan un odio que revela más sus propias carencias que nuestras realidades. Bien les valdría a muchos, los de dentro y los de fuera, reflexionar acerca de su oficio, es hora de ponerle coto a su desmedida ambición de obtener ganancias con el dolor de otros; a los de fuera, además, hacer pasantías vivenciales en nuestro país con auténtico desprendimiento de prejuicios y antipatías.

 

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El renacer de lo afirmativo ante las manchas negras

A ese odio, a la felonía y a la mezquindad, el pueblo venezolano no responde con la misma moneda, sino con una arrolladora reserva moral. Ante la maldad, nuestra respuesta histórica ha sido y seguirá siendo más solidaridad, más comunidad y más humanidad.

Lo vivimos recientemente con el lamentable ataque al mural dedicado a Tsunami, nuestro querido héroe rescatista. Ese acto vil duele profundo, en la fibra misma de lo que somos. Sin embargo, esas manchas negras de intolerancia jamás podrán tapar el amor infinito y el agradecimiento de las personas rescatadas. Mucho menos podrán apagar la hermosa conciencia colectiva que se ha despertado en nuestra sociedad sobre los animales: el reconocimiento de su cualidad sintiente, amorosa, la defensa de sus derechos y su lugar sagrado en nuestras familias. El pueblo sana el agravio con más afecto y memoria digna.

En este devenir se encarna con fuerza lo que Augusto Mijares denominó «lo afirmativo venezolano», traído a la esfera pública en el siglo XXI, por el comandante Chávez: esa continuidad luminosa de virtudes. Como bien ha desentrañado el pensador Luis Britto García, la venezolanidad se define por una estética de la vitalidad, un lenguaje que se reinventa a diario y una irreverencia creadora frente a la adversidad. Lo afirmativo no es ingenua complacencia; es la afirmación radical de la vida frente al intento sistemático de deshumanizarnos.

 

Una espiritualidad del vínculo y la solidaridad exportable

El sociólogo francés Michel Maffesoli teoriza sobre cómo el mundo contemporáneo asiste al ocaso de las certezas ilustradas para dar paso a un resurgimiento del anhelo espiritual. En Venezuela esto no se traduce en la ortodoxia de instituciones religiosas rígidas, sino en una religiosidad popular y subterránea. Es lo sagrado y lo profano manifestado en el «resolver», en la ayuda mutua, en la fe de la gente común y en el acto revolucionario de compartir no lo que nos sobra, sino lo que se tiene.

Hubo un tiempo en que la industria cultural venezolana exportaba bellezas de catálogo y melodramas de televisión bajo la lógica del «tá barato, dame dos». Hoy, la geopolítica del afecto nos exige algo mucho más profundo: internacionalizar la solidaridad. En medio de un país bloqueado y cercado por algoritmos y redes sociales que buscan diariamente tapiar nuestras verdades, Venezuela renace y sale adelante.

Salimos a flote no porque los problemas sean sencillos, sino porque nos sostiene un alma colectiva invencible. La verdadera exportación de esta época es nuestra pedagogía de la resistencia amorosa, nuestra capacidad de sonreír en la tormenta y esa convicción indestructible de que el prójimo nunca será un extraño. A quienes pretenden analizarnos desde el prejuicio hay que recordarles que el espíritu de un pueblo no se mide por sus agresores, sino por la dignidad con la que se levanta. Venezuela, definitivamente, hay que vivirla.

 

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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).

Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.

 

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Ciudad Valencia/RM