Las catástrofes naturales suelen actuar como radiografías sociales: exponen lo mejor de la condición humana, pero también sus zonas más oscuras. Tras el impacto de los recientes terremotos que sacudieron a nuestra patria, el país se dividió en dos trincheras claramente diferenciadas. Por un lado, la trinchera del sudor y el barro, donde el pueblo civil, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), instituciones y brigadas internacionales rescataban vidas. Por el otro, la trinchera digital y mediática, donde corporaciones, laboratorios políticos e individualidades se ampararon en el fetiche de la «libertad de expresión» para desatar la carroña.
La neurotización mediática: El aplastamiento de la razón
Como bien advierte el analista Oscar Schemel, los aparatos de propaganda contemporáneos no buscan informar, sino activar un proceso de neurotización. En momentos de vulnerabilidad colectiva, esta estrategia se agudiza. La neurotización inocula el miedo, la histeria y la desconfianza sistemática, logrando que el ápice de la racionalidad ciudadana quede completamente aplastado por la exageración y una pulsión hacia lo mórbido. “El desastre natural ya genera por sí mismo un trauma (pérdida de vidas, hogares, incertidumbre). La campaña de desinformación toma ese dolor real y lo amplifica de forma artificial. El objetivo no es informar sobre el problema, sino fijar una carga afectiva negativa (frustración, rabia, incertidumbre) para que el ciudadano entre en un estado de crisis emocional permanente”.
Bajo este estado de neurosis inducida, el ciudadano común deja de analizar los datos objetivos y pasa a consumir —y replicar— el rumor como si fuera certeza. Ya no importa la verdad, importa alimentar el pánico.
El bloqueo de la solidaridad y la perversión anti-venezolana
Sobre este fenómeno, el escritor José Roberto Duque ha puesto el dedo en la llaga al explicar cómo “personas, corporaciones y laboratorios políticos operan con un diseño quirúrgico. Su objetivo es bloquear la pulsión natural de la solidaridad. En lugar de convocar al apoyo mutuo, estos actores se aplican conscientemente a asuntos que van desde la frivolidad digital hasta la crueldad y la perversión más absoluta”.
La regla de oro de este laboratorio es simple: si una mentira sirve para desacreditar los logros de la Revolución Bolivariana, entonces es válida, legítima y financiable. El ejemplo más obsceno de esta campaña fue la matriz de opinión que aseguraba que los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV) se habían desplomado masivamente.
El contraste con la realidad: Mientras los laboratorios de Miami y las cuentas de redes sociales viralizaban fotos falsas o descontextualizadas de desastres en otros países para adjudicárselas a los urbanismos de la GMVV, menos del 10 por ciento de los edificios de este programa resultaron con colapsos.
Como bien señala la analista Grisel Marroquí, el ensañamiento no fue solo contra la infraestructura, sino contra sus habitantes: “…burlarse de personas de los urbanismos es un acto de cobardía que les arranca cualquier vestigio de humanidad”. Hay una profunda carga clasista y racista en desear el colapso de las viviendas de los más humildes solo para validar un dogma político. Hay que encontrar un villano y unas víctimas que les sirvan de coartada.
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Ética y política: La ruptura de la dignidad según Adolfo Sánchez Vázquez
Para comprender esta degradación comunicacional, es imperativo revisar lo que el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez establece sobre la relación entre la ética y la política. Sánchez Vázquez argumentaba que la política no puede estar divorciada de una base moral emancipatoria; cuando la política se instrumentaliza prescindiendo de toda ética, se convierte en pura técnica de dominación y destrucción.
Los sectores que inventaron cifras de muertos y colapsos estructurales han subordinado la ética al cálculo político más ruin. Para ellos, la tragedia no es un dolor colectivo, sino una «oportunidad de mercado político». Destruir moralmente al adversario justifica la mentira, violando el principio ético fundamental de la responsabilidad hacia el otro.
Vale la pena destacar cómo ciertos pensamientos que se traducen en lo que se denomina imaginarios colectivos, permanecen casi inalterados, la imputación a Bolívar del terremoto de 1812 como castigo divino subsiste y les sirve un Dios que castiga, un Dios que viene a “salvar” no importan los muertos, es el sacrificio que hay que pagar. Ojalá todas las oraciones que se claman, las acompañe el genuino sentido de sanar, de acompañar a los deudos, que cada luz encendida sea el reflejo del amor y no esté escondida la pulsión de la maldad.
La invisibilización del Estado
El libreto de los medios internacionales aplicó una doble operación de manipulación:
- Invisibilizar la labor gubernamental y del pueblo: La movilización inmediata de las instituciones del Estado, los ministerios, los cuerpos de bomberos, Protección Civil, mineros, trabajadores y los componentes militares fue borrada de las pantallas globales.
- Exaltar exclusivamente la acción internacional: Si bien la ayuda de las brigadas internacionales es profundamente agradecida y necesaria, la narrativa transnacional intentó imponer la matriz de un «Estado fallido» o inexistente, donde solo el extranjero salva vidas.
El colmo del paroxismo comunicacional se vivió en las plataformas digitales: operadores políticos atrincherados en el confort de Miami pretendían dictar pautas, alarmar e «informar» sobre la situación real a las personas que se encontraban en Macuto, Caraballeda o Catia La Mar, en La Guaira. Una desconexión territorial y humana que roza el ridículo, pero que demuestra el desprecio por la soberanía informativa del pueblo que sí estaba en el lugar de los hechos.
El chavismo como corriente histórica e indestructible
El gran error de cálculo de estos laboratorios de la neurosis es que siguen analizando a Venezuela desde la superficie de una pantalla de X (Twitter) o TikTok. No entienden que el chavismo no es una simple preferencia electoral coyuntural; el chavismo es un sentimiento arraigado, una corriente histórica viva que se fraguó en las dificultades y que se hace gigante en la adversidad.

Con la campaña de desinformación ya en marcha, el desafío ético del ciudadano consciente radica en imponer la mesura, la pausa, el análisis crítico y la búsqueda de la veracidad por encima del bombardeo emocional. Desandar la mentira es el primer paso para armar la verdad y restaurar la humanidad que nos quieren arrancar, además para asegurar que la solidaridad organizada siga siendo la última palabra de nuestra historia, si no, veamos siempre la carita de Fabiana, la niña rescatada quien regaló sonrisas a sus rescatistas y al mundo entero.
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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).
Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.
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