A un mes y siete días del doblete sísmico ocurrido el 24 de junio de 2026 a las 6:04 de la tarde en Venezuela —con mayor incidencia en La Guaira—, me encuentro con Eliezer Arrieche, un joven de 28 años. Él guarda una vivencia personal muy conmovedora dentro del cúmulo de testimonios dejados por los terremotos en nuestro país, doy paso a su versión de la experiencia de esos primeros días en lo que podríamos llamar la “Zona 0” de la tragedia:
DE LA MISMA AUTORA: TESTIMONIO SOBRE LOS TERREMOTOS EN LA PARROQUIA SAN AGUSTÍN DE GUACARA
Mi nombre es Eliezer Arrieche. Soy un joven de 28 años y vivo en Charallave, estado Miranda. El día 24 de junio yo estaba en mi apartamento, en la planta baja. A las seis de la tarde se fue la luz y, acto seguido, comenzó a moverse todo. En el siguiente segundo caí en cuenta: al principio me quedé en la cama pensando que era simplemente un temblor, pero al ver que seguía subiendo de intensidad, corrí hacia afuera. Desde donde estaba pude ver cómo se mecía el edificio; me pareció algo horrible. Tengo conocimientos de construcción e infraestructura, por lo que mi primera preocupación fue la duración del terremoto. Pensé que, por el tiempo transcurrido y la fuerza del movimiento, la situación debía ser muy grave en los lugares cercanos al epicentro.
En lo primero que uno piensa es en su familia y en sus conocidos, pero se había ido la electricidad y no había señal en los teléfonos. Los vecinos y yo optamos por sentarnos afuera mientras intentaba contactar a mi mamá, a mi papá, a mi novia que estaba en Caracas y a mis compañeros de militancia. Hasta ese momento no sabíamos la magnitud de los efectos de los terremotos porque estábamos totalmente incomunicados.
Al día siguiente me puse en modo: ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudar?». En algún momento estuve en talleres con el Cuerpo de Bomberos y, además, es un tema de sentido común. Yo soy motorizado y decidí no salir a rodar al día siguiente porque, en estos casos de emergencia, se necesita tener las vías despejadas. Por eso, decidí quedarme a ayudar a la gente de mi comunidad y a los amigos cercanos que me necesitaran.
Al día siguiente ya estaba con mi moto ayudando a una amiga a comprar unas medicinas para su mamá, dado que no sabíamos si las farmacias estarían abiertas. Nosotros seguíamos sin luz eléctrica, pero en el centro pude conseguir algo de señal. Fue ahí cuando logré ver algunas noticias y entender la verdadera dimensión del problema: lo golpeadas que quedaron La Guaira y El Junquito. Es en ese momento cuando uno empieza a sentir profunda tristeza y mucho temor.
Cuando uno hace vida en la Gran Caracas, La Guaira es un lugar donde siempre se tienen amistades, al igual que en El Junquito, Guarenas y Guatire, que son ciudades dormitorio. Al estar tan pobladas, uno termina, sí o sí, conociendo a mucha gente en esos espacios. Ahí es donde comienzan los temores: llamábamos a un amigo y no contestaba, llamábamos a otro y tampoco lográbamos saber de él. Como nos pasó con un compañero de trabajo de la Gran Misión Venezuela Joven al que le decimos “Pichi”, o con el señor Víctor que vivía en La Guaira… Y así fue como fue llegando el desespero.

Para ese momento aún no había decidido bajar a La Guaira, aunque por dentro sentía esa frustración, ese deseo profundo de querer hacer algo. Sin embargo, soy una persona a la que no le gusta actuar por puro impulso; siempre trato de moverme con sentido común para entender dónde puedo ser verdaderamente útil y dónde mi apoyo puede marcar la diferencia.
Para el día 26 me sumé al voluntariado en un centro de acopio para recibir insumos. Unos amigos en Charallave organizaron un centro en su academia de danza, desde donde siempre hacen labor social en la zona. Empezamos a recibir de todo: medicamentos, ropa, comida. Al mismo tiempo, me metí en las redes sociales para ver dónde se necesitaba más ayuda, pero me encontré con un panorama complejo: muchos mensajes falsos e informaciones cruzadas.
El 26 por la tarde me enrumbe hacia Caracas en mi moto, cargando guantes, agujas, medicamentos y gasas. Mi sorpresa fue que, al llegar a los primeros dos centros de salud, ya había una cantidad impresionante de personas llevando insumos, comida y medicinas. En esos dos primeros lugares —entre ellos el Hospital Pérez Carreño—, las autoridades nos dijeron que ya no recibirían más por el momento y que tratáramos de llevar la ayuda a otros espacios.
Nos dirigimos entonces al Hospital Domingo Luciani y allí sí nos recibieron la donación, a eso de las seis de la tarde. Ya me disponía a regresar a casa, pero en ese ir y venir por los centros de acopio siempre habían cosas que trasladar o entregar a donde más hacían falta. Me dieron una pala, un martillo y varias herramientas que sumé a las mías. En mi motico iba mi compañera de copiloto, yo, la pala amarrada con cinta plástica y el resto de los insumos. Iba «hasta arriba» de cosas, pero nos movía una voluntad gigante de apoyar. A pesar de las circunstancias y la dificultad, era profundamente hermoso ver a un pueblo entero movilizado para tender la mano.
Esa noche, cuando llegué al apartamento de la familia de mi compañera a descansar, empezamos a revisar la información. Leíamos mensajes desgarradores: «En tal edificio hay señales de vida y no estamos recibiendo apoyo», «En este otro hay posibilidades de rescate y necesitamos herramientas y gente que nos ayude aquí»… Y de nuevo me embargó esa sensación de desesperación.
Los días 27 y 28 seguí llevando donaciones a unos centros de acopio centralizados que abrieron en Guarenas y Guatire, desde donde los insumos serían distribuidos hacia toda la región. El día 29 me aboqué a la posibilidad de tramitar el salvoconducto, consciente del gran colapso vial que había para bajar a La Guaira. Pensé con claridad: «Si voy a ir, es para ayudar y no para estorbar». Como me apasiona la construcción, reuní mis herramientas y las puse totalmente a disposición.
El día 29 logré sacar mi salvoconducto y me lo entregaron en horas de la tarde. En ese mismo instante me puse en contacto con otros moteros, personas a las que en realidad no conocía, pero organizamos un grupo para bajar juntos a La Guaira.
En la noche del 29 lo que hicimos fue seguir llevando insumos; en ese momento todavía no me sumé a las labores de rescate. Cuando vi de cerca la situación de La Guaira… porque, déjame decirte, esa noche recorrimos muchísimos lugares: estuvimos en Catia La Mar, Macuto, Caraballeda y Caribe. Luego llegamos a Tanaguarena y, de regreso, pasamos por la Universidad Marítima, que estaba funcionando como refugio allá en Catia La Mar.
Estar en esos lugares es ver la devastación. Ver pisos caídos, familiares desesperados. Es ver cosas buenas y otras no tan buenas que llegan a lo terrible, y es cuando me digo: «Aquí necesitan ayuda, labores de recuperación». Y ojo, también es muy importante la entrega de insumos: el que logró trabajar en un centro de acopio, el que solo pudo llevar una caja de diclofenac… Lo más mínimo o más pequeño que haya aportado es una acción solidaria que sirvió y sirve de mucho todavía.
Pero en mí aún había esa sensación de desespero, aunque estoy consciente de que cada quién hace hasta donde den sus capacidades. Yo pensaba que todavía podía hacer más. Me sentía afortunado, privilegiado de no haber perdido algún familiar directo; sin embargo, perdí amistades, conocidos que vivían en La Guaira.
En uno de los sitios donde recopilamos insumos nos entregaron herramientas y nos dijeron: «Llévense esto por si van a realizar labores de rescate». Como yo ya tenía un esmeril de corte, mandarria, un martillo pequeño y un cincel, solo tomamos un pico, una pala y unos cascos que con seguridad íbamos a necesitar. Hasta ese momento yo estaba utilizando el propio casco de la moto y los guantes de manejar, los cuales, por supuesto, se gastaron rápidamente; era de esperarse.

Ese primer día como rescatistas empezamos a revisar las redes sociales y era una locura la cantidad de mensajes falsos que circulaban. Nuestra idea central era ubicar con precisión qué edificio requería personal de apoyo para ir directamente a ayudar. Bajamos, y uno de los primeros lugares a los que acudí fue por solicitud de una amiga que tiene a toda su familia viviendo en La Guaira y no sabía nada de ellos; ella está en el exterior.
Al llegar a Macuto nos conseguimos con un edificio colapsado que te hace entender la magnitud del problema. Camionetas volteadas completamente, que cualquiera puede pensar que las voltearon con una máquina, pero no: fue la fuerza del terremoto que volteó carros y tumbó edificios.
Como te dije, tengo conocimiento de estructura, pero nunca en mi vida había vivido una situación como esta. La realidad es que muchas de las personas que hicimos labores de rescate, que fuimos «topos», íbamos aprendiendo sobre la marcha. Aunque se tenga algo de conocimiento, da miedo.
En el edificio Punta de Piedra de Macuto estuvimos casi seis horas sacando escombros, tratando de ver si podíamos conseguir a alguien con vida. Aunque las autoridades habían pasado y consideraban que las posibilidades de encontrar a alguien con vida eran nulas, nosotros seguimos abriendo espacio para que pudieran sacar a sus familiares aquellos que permanecían cerca de los escombros.
Fue muy triste llamar a mi amiga y decirle que no se había podido hacer nada por su familia. Ahí estuvimos trabajando ocho horas; logramos abrir un túnel de diez metros, aproximadamente. Bajamos un par de pisos, rompimos algunas losas… pero ahí ya no había nada que hacer. Es cuando entiendes que no es como se cree, que no se trata solo de ir, quitar piedras y rescatar a las personas. Te queda una sensación de impotencia enorme por no haber podido llegar a tiempo.
Después de ese día nos fuimos hasta Caraballeda y luego a Tanaguarena. Caraballeda fue un sitio muy golpeado; allí estuvimos sacando escombros y ayudando en distintas cosas. Luego seguimos hacia Tanaguarena porque nos dimos cuenta de que en ese lugar había bastante presencia de equipos de rescate, sobre todo autoridades nacionales e internacionales; rescatistas internacionales.
Yo no conozco, en su totalidad, La Guaira. Luego es que me entero de que ese era uno de los edificios de la OPP. Estuve en la OPP 26, 27, 30, 31. La mayoría de esos edificios eran de 14 pisos y estaban muy poblados. Tiendo a mezclar los días que estuvimos allí, disculpa.
Trabajábamos 16 horas continuas, a veces más. Regresábamos a Caracas cuando podíamos o nos quedábamos y dormíamos en las aceras, en algún refugio. Normalmente íbamos a Caracas por el tema de la conexión a internet, para reportarnos, buscar información y volver a bajar.
En ese edificio de la OPP fue duro porque fue la primera vez que nos tocó sacar fallecidos, y entre ellos había una joven embarazada. Eso lo rompe a uno…
En los momentos en que alguien dice que hay señales de vida, todos se vuelcan a la tarea de buscar y empiezan los protocolos. El principal es el silencio, para poder oír el mínimo ruido que pueda salir de entre los escombros, y se hace la pregunta: «¡¿Hay alguien con vida?!».
Hubo un momento en que no recibimos respuesta y me metí en un túnel; Alejandro, el amigo que me acompañaba, se metió en otro poco a poco. A las ocho horas de ardua búsqueda, un sargento de primera se desmayó; el cuerpo no le daba para más. A los treinta y cinco minutos, un bombero se desmayó también. El nivel de agotamiento era demasiado, a pesar de que estábamos trabajando en cadena… pero eran personas que estaban haciendo un poquito más, levantando escombros o metidas en los túneles.
Esa madrugada del 30 o 31 —me disculpo, pero sinceramente se me mezclan los días— ya no escuchábamos a nadie. Se volvían a aplicar los protocolos y nadie respondía. Vino una delegación de Colombia y de El Salvador: «Silencio total, vamos a escuchar. ¿Hay alguien con vida?». Pero no había respuesta. Llegaron las unidades caninas de El Salvador y de México, y tampoco consiguieron posibilidades de vida. El bombero y otro compañero de Defensa Civil decían que sí había vida porque ellos los habían escuchado, que no nos podíamos rendir, que teníamos que seguir intentando. Opiniones iban y venían.
Seguimos trabajando hasta las cuatro de la madrugada, pero no se logró conseguir a alguien con vida. Alrededor de los escombros había hombres, niños, mujeres, señores mayores que tenían a una hija, una nieta o una madre ahí, y era frustrante ver su desesperación. Había un soldado con rango de teniente, pero era muy joven y estaba sumamente desesperado, con un gran cansancio físico y mental. Como autoridad, toda la comunidad se le iba encima: le pedían que hiciera algo con la retroexcavadora, pero cuando la encendía venía alguien y le gritaba que la apagara porque era peligroso; era un hacer y no hacer. Me acerqué al teniente y me dijo: «Hermano, tú no tienes idea de la frustración que yo tengo, porque a mí me pusieron un plazo: si yo no conseguía gente con vida hoy, se llevaban la máquina».

Esa noche nos regresamos con un mal sabor de boca.
Sinceramente, estando allá abajo se viven muchas cosas y es imposible contarlas todas, pero hay una en particular: llegamos a una comunidad en Catia La Mar llamada La Páez. En Playa Grande nos pidieron que nos detuviéramos en un edificio porque habían escuchado señales de vida. Bajamos y estuvimos dos horas ahí; rompimos un par de losas, pero nada. Hicimos el protocolo o procedimiento: «Silencio total, ¿hay alguien con vida?», pero no obtuvimos respuesta. Buscamos varias opiniones, y te das cuenta de que hay familiares que te dicen que están escuchando a alguien con vida, cuando quizás no es cierto o simplemente están escuchando lo que quieren escuchar.
A ese edificio de La Páez llegamos tarde porque estuvimos todo el día en la zona de Catia La Mar. Te estoy hablando de que ya habían pasado siete o nueve días. Ese edificio colapsó y tenía un tanque de agua que, estando vacío, pesaba 65 toneladas. Cuando llegamos, había una delegación de El Salvador que decía que habían hecho pruebas de calor y de sonido y que sí, que había una probabilidad del 10% de que hubiera personas con vida, ya que detectaban tres latidos. Cuando les preguntamos por qué no estaban haciendo algo, nos dijeron: «Las probabilidades son muy bajas y tres latidos pueden ser cualquier cosa; pero además la estructura está muy comprometida y meterse al edificio es un riesgo». La comunidad estaba enardecida.
Los que estaban trabajando en el edificio eran familiares. Conocí a un estructurista uruguayo… lamento no haberle pedido su nombre, pero donde esté le agradezco lo que hizo por nosotros. Él se metió junto a nosotros por los túneles y nos marcó la ruta con tiza, mientras nos decía: «Miren, no se metan por este lugar; tengan cuidado por este sitio, intenten meterse por aquí, apuntalen aquí». Si bien él no era rescatista, nos brindaba su asesoría técnica sobre estructuras de ese tipo. El edificio estaba colapsando. Ese edificio a nosotros nos golpeó.
Tuvimos 14 horas de trabajo. La comunidad nos fue consiguiendo las plantas eléctricas y el rotomartillo. Cuando nos dimos cuenta de que la estructura seguía cediendo, empezamos a hacer marcas para tener una referencia entre un muro y otro o entre una viga y otra; o sea, tratar de marcar un punto con otro que estuviera visiblemente en colapso, para que a medida que uno fuera trabajando se pudiera ver cómo se iba dilatando la estructura o cómo iba cediendo. Y la cosa estaba grave, porque la pared seguía viniéndose entre 4 y 10 centímetros al cabo de 15 minutos.
Avanzábamos por el túnel sintiendo que el edificio estaba perdiendo estabilidad, pero se hablaba de tres latidos y eso era suficiente para intentarlo. Al cabo de las horas no se había oído ningún ruido y sentíamos cómo cedía por donde íbamos. Decidimos regresar, hablamos con las personas y les dijimos que era un riesgo seguir bajo los escombros porque en cualquier momento podía colapsar con nosotros adentro.

Estando en el túnel hubo una réplica, y lo que hicimos fue quedarnos quietos esperando a que pasara. Ese edificio era de 14 pisos y nosotros logramos llegar hasta el piso seis. Había que llegar al primer piso, pero fue muy duro. Alguien se ofreció para entrar y seguir buscando bajo su propio riesgo; nosotros lo ayudamos con la planta y con radios. Nos colocamos en sitios estratégicos y él bajó. Con el rotomartillo logró romper otra losa y abrir un hueco. Pasamos por él y, al llegar, conseguimos a personas que tenían poco tiempo de haber fallecido.
Al fin y al cabo no somos forenses, pero cuando uno lleva días entre los túneles y ha conseguido cadáveres con signos de descomposición, uno sabe que esas personas llevaban poco tiempo de haber fallecido. Y ahí te entra el dolor porque te preguntas: «¿Qué hubiese pasado si llegamos antes? ¿Si hubiésemos tenido mejores herramientas? ¿Si nos hubiésemos puesto de acuerdo?». Todas esas preguntas pasan por la mente de uno. Cuando volvieron a pasar el escáner y el sonar, ya no había latido, ya no había latido…
Al salir de la estructura hablamos con los familiares. Eran como las cinco de la mañana. «Cónchale, amigos, no se pudo lograr lo que hubiésemos querido», les dijimos, y nos abrazaron, todos llorando. Ahí es cuando uno se da cuenta de la solidaridad de ese pueblo que agradeció el habernos quedado y peleado por esos tres latidos. Ese señor que se metió bajo su propio riesgo con martillo en mano me abrazó y me agradeció por haberme quedado, y yo le dije: «¡Usted es un valiente!». Y él me contestó: «No, yo no soy un valiente, yo lo que soy es padre. Allá abajo está mi chamito y lo que quiero es recuperar a mi hijo».
¿Cómo te mantienes tú en pie después de eso? Nada, tienes que buscar la fortaleza; abrazas a ese señor, te mantienes firme en solidaridad con el pueblo, con la comunidad, con ese padre, pero cuando llegas a la casa, que te sientas y ves alrededor a tu familia o al amigo, te rompes y comienzas a llorar.
Ese es uno de los relatos que te puedo contar; hay muchos otros que más bien quisiera olvidar. Dos veces, estando dentro de un túnel, me tocaron réplicas. Al final esto no se trata solo de mí. Esto es un esfuerzo de muchos compañeros y de muchas compañeras. Hay gente que ha hecho muchísimo sin bajar a La Guaira.
Gracias a Dios he tenido amigos que me han servido de pilar en estos momentos, porque han sido días de frustración, de dolor y de ese sentimiento de culpa. La Guaira está golpeada, todos estamos golpeados. Hay una tristeza colectiva, pero sabemos que este pueblo, este país, se crece en las dificultades y se unifica en el amor.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN













