Trump insiste en convertir a Venezuela en el estado 51 estadounidense (Michelle Rojas)

La próxima semana, el 3 de noviembre, se realizarán las elecciones de medio mandato en Estados Unidos -donde el costo de la vida, los precios de los combustibles y el control del Congreso tensionan el pulso político-, y la campaña ha encontrado en el tablero internacional un recurso tan estridente como peligroso.

En días pasados, desde un mitin en Corpus Christi, Texas, el presidente Donald Trump agitó las aguas geopolíticas al deslizar, entre aplausos y en un supuesto tono jocoso, la idea de convertir a Venezuela en el “estado 51” de la Unión, sugiriendo cambiar la figura presidencial -la nuestra- por la elección de un gobernador.

Más allá de la fanfarronería propia del personaje -y más en un mitin-, la ocurrencia no es una anécdota cualquiera. La ecuación que se intenta vender al electorado norteamericano es pragmática y descaradamente utilitaria: asegurar barriles, calmar el descontento interno por los precios de la gasolina y exhibir una victoria exterior de corte neocolonial.

Plantear la anexión o el tutelaje absoluto de una nación soberana -incluso bajo la coartada retórica del humor político- revela una peligrosa ceguera histórica y una concepción patrimonialista de América Latina.

Para la audiencia interna en Texas, la estampa de los tanqueros petroleros y la promesa de recursos fáciles funcionan como analgésicos electorales temporales frente al desgaste de los comicios de mitad de término.

Sin embargo, para Venezuela y el continente entero, este tipo de declaraciones “jurungan” la herida por nuestra soberanía vulnerada, recordando, además, las épocas más oscuras del intervencionismo hemisférico donde los pueblos eran tratados como meros botines de guerra o chequeras energéticas.

La soberanía de un país no puede ni debe ser moneda de cambio en las campañas electorales de una potencia. Reducir el porvenir institucional de una nación latinoamericana a un chiste de tarima para sumar votos en circunscripciones petroleras degrada el debate democrático global. La estabilidad y la reconstrucción institucional de Venezuela exigen respeto a nuestra autodeterminación.

Washington es cada día más descarado en confirmar que los pueblos del sur continúan siendo fichas descartables en un tablero de conveniencia.

 

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Luis Salvador Feo La Cruz