Decíamos en la entrega pasada que la visión castradora de la ciencia, inducida por el sistema educativo en todas sus variantes, desaparece las ánimas de nuestras habitaciones, niega la incertidumbre en un cofre cerrado, homogeniza las edades, las planifica en ropas, hábitos, modos de ser, pensar, ritos que han de llevar a cabo para que comience el ciclo otra vez del dominio tecno-científico, del pensamiento único, del fingimiento de ser.
El sistema educativo sirve de instrumento potenciador a la clasificación del ser humano en pleno desenvolvimiento de su vida cotidiana. Es decir, los animales y las plantas han tenido mejor suerte que nosotros los animales humanos, porque la clasificación que de ellos han hecho las ciencias naturales, la han realizado en condiciones de laboratorio, los experimentos suponen en cierta forma unas condiciones no cotidianas de existir; pero a nosotros no, el aparato escolar y el sistema educativo informal, nos clasifican en plena vida cotidiana, nos hacen un seguimiento de nuestra “evolución” como seres culturales, y para cada momento evolutivo tienen una etiqueta que nos las guindan en los ojos, y la hacen circular por la sangre hasta generar otra médula.
Y precisamente, la vida diaria, con su lenguaje lúdico, termina haciendo de esa clasificación otra clasificación que se le superpone, en esta el anecdotario y la burla fungen de armas, quizás inconscientes, que se le enfrentan al dominio y logran atenuarlo. El dominio sufre modificaciones, desvíos; no es un vector que logra sus objetivos de manera directa, pues, lo genuinamente humano se resiste a ser clasificado.
El habla está llena de expresiones de dominios, las cuales funcionan como índices que nos llevan hasta la tabla clasificatoria del zoológico humano; por supuesto, el dominio se expresa, a su vez, en las cargas de valoraciones que le otorgamos a los seres tipificados por el sistema educativo formal e informal.
En cada una de las generaciones, la tipificación es vasta, podría decirse que imposible de ser recogida cómodamente dentro de llaves y corchetes; pero todas las clasificaciones apuntan a enjuiciar al no consumista. La peor de las ofensas, la degradación casi total del alma, la sufre aquel ser que de una manera u otra es el que menos puede ser considerado como consumidor. No he visto un solo movimiento de los que se autodenominan “de liberación”, que no se reduzca a la venta de las mercancías que serán utilizadas como símbolos, marcas, banderines de lucha: desde la cosmética, hasta juguetes sexuales, pasando por ropas, pelucas, cine porno, explotación laboral, y un lago etcétera.
El sistema educativo no busca otra cosa (estudia para que seas alguien en la vida; es decir, ellos, los niños, no son, es el sistema educativo el que les otorga el ser y su valoración) tanto en los padres como en los maestros, lo que tiene como trasfondo el lograr conseguir una posición social privilegiada que pueda incubar en el hogar todos los avances de la tecnología electrodoméstica sin que importe para nada que esa tecnología también suponga la destrucción de la base de su clasificación; es decir, la muerte de todas las especies.
El niño o niña que no se adelanta imaginariamente a edades del devenir, inmediatamente es un flojo, un bueno para nada, un inmaduro; todos, sinónimos de fracasado. El fracasado es la persona que no quiso ser profesional, que no quiso seguir las pautas, que no se introdujo en el curso de transformaciones que fleta por doquier el pensamiento único; pero todos entramos en la clasificación, bien de manera positiva, bien de manera negativa, bien por inclusión o por exclusión automática.
Los grandes maestros del sistema educativo informal son: las industrias del entretenimiento (redes sociales, cine, televisión y todo el equipamiento tecnológico necesario), mejor conocidas como industrias de idiotización, las industrias del cigarro, o centros productores de cáncer con estilo, y las cervecerías. Por cierto, en Venezuela hay que apuntar un gran dominio de las cervecerías para aquellos niños que al pasar a la juventud procuran usar los signos de la adultez, entre los cuales debe contarse el aprender a beber cervezas, por lo mínimo.
Lo antes dicho es para un tipo de persona, que así son introducidos de nuevo al cause del consumo perdiendo gran parte de su conciencia histórica. Hay otras personas que evaden esta ritualidad y encuentran otras. Pero estas ritualidades confeccionadas por la publicidad, por los dominios mediáticos, no son asimiladas como un ámbito de lo social que me pertenece y con los cuales me identifico plenamente; no funciona así. De tal manera que un sujeto puede ser un técnico en celulares y también ser un diablo danzante, por ejemplo, porque la búsqueda del sentido tiene que ver con el corazón, más que con la racionalidad.
Cualquier realidad es más vasta que nuestros deseos, las planificaciones se basan en un querer torcer las realidades que conviven dentro de un salón de clase y darles una direccionalidad; en el fondo, el sistema educativo muestra la misma pretensión de la modernidad cuando quiere hacer de la historia un compendio de leyes predecibles y, de la sociedad, una organización planificada en torno a esas leyes.
Todo lo dicho no significa que dejemos el sistema educativo a la deriva de lo que acontezca diariamente, sin saber ¿qué se quiere ni hacia dónde se marcha? Hay una ley económica que nos ayudaría a delimitar nuestras acciones pedagógicas, mientras menos sean las metas, mientras menos sean los objetivos que buscamos, mayores probabilidades hay de conseguirlos.
El enredijo de planes y términos que utiliza el sistema educativo para la formación cognoscitiva de los estudiantes, forma parte, sin duda alguna, del extravío en el que hemos caído: la educación se ha convertido en un sistema burocrático que mide su calidad en la medida en que más se llenen formatos y se escriban los pormenores de la repetición de otras repeticiones.
No se planifica desde las individualidades, sino desde los grupos que se transforman en datos estadísticos: ¿cuántos lograron A?, ¿cuántos sacaron E?, ¿cuántos objetivos se planificaron y cuántos se lograron?, y enseguida el acumulamiento de mentiras y falsos datos llenando gavetas de directivos, supervisores, zonas educativas y ministerios, y todo vuelve a repetirse. Se robustece el sistema educativo en aquello que lo define: lo formal.
Quedan niños y niñas descuidados, salones enteros sin degustar buenos libros, salones enteros sin saber que la escritura y la lectura son escalones para subir hacia las almas de cada uno de nosotros, vehículos para aprender a pensar y comprender desde los propios esfuerzos. Le impartimos clases a individuos, cuyos patrones de ser provienen de su ubicación en una clase social determinada.
Es paradójico, pero si el libro no es degustado, si los autores no son exprimidos para dirigir la forja de almas que se han encontrado a sí mismas, que saborean los misterios de la vida, el libro no tiene nada qué hacer en la escuela, se convertiría más bien en un estorbo, en un objeto que emana fastidio y rechazo.
El sistema educativo podría ser un organismo que produce autores y, por supuesto, lectores; esto elevaría el nivel de autodominio de un país, de un pueblo, porque en cada una de las ramas de la sociedad y la cultura, habría seres pensando, creando, produciendo, enseñando.
Pero esto aún es una utopía, la enseñanza en el sistema educativo está cruzada por las contradicciones. Los docentes enseñamos lo que no somos; no se nos ocurre pensar que nosotros somos el primer libro y, por lo tanto, debemos escribirnos con transparencia, así sean nuestros borrones, así sean nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestras experiencias. Lo que el niño y la niña necesitan son verdades, que se les hable desde la vida, y no solo desde páginas frías, desde conocimientos con palabras que nadie se digna en preguntar si las entienden, desde las imposiciones, desde la pretensión de civilizar…
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Es por ello que se requiere fomentar un clima cálido, de comprensión de los mundos de vida de cada uno de los que en el salón se reúnen; para lograr eso, las conversaciones son de primera importancia, conversaciones que llevan, seguramente, a las calles y a los hogares, a las historias familiares y comunitarias, también podrían conducir a las confesiones, a un aprendizaje desde la misma vida. El docente debe saber escuchar y enseñar a escuchar; debe aprender a ver y enseñar a ver.
El sistema educativo sería, en parte, el gran culpable de la soledad que hoy miramos en muchos seres; nunca fueron preparados para soportar algo tan cotidiano como la soledad, como la muerte, como el desencanto, la tristeza. ¿Qué significa dar clases? Buscar al ser humano y darle un abrazo.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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