Compañeras, compañeros, pueblos de Nuestra América:

Hoy, en esta hora grave, en este tiempo de sombras alargadas y amenazas disfrazadas de orden, de seguridad, de identidad pura —esa identidad ficticia que excluye, que odia, que criminaliza al diferente—, hoy más que nunca, la figura de Salvador Allende Gossens se levanta como un gigante de piedra y luz en medio del vendaval.

No lo invocamos como un ídolo muerto, ni como un recuerdo nostálgico. Lo convocamos como estratega vivo de la resistencia, como el político que entendió, con la crudeza de la historia en sus manos, que el fascismo no dialoga, no negocia, no se humaniza: se combate.

Estamos frente a una nueva bestia. No viste uniforme pardo, no grita “Heil” en plazas europeas. Hoy se viste de traje y corbata, se disfraza de “ley y orden”, de “defensa de los valores”, de “seguridad frente al caos”. Se mimetiza en sectores que antes decían progresistas, que hoy pactan con el autoritarismo por miedo a perder privilegios. Se anida en la socialdemocracia domesticada, que renuncia a la lucha de clases para abrazar la gobernabilidad del capital financiero. Y en la derecha abierta, ya no disimula: exalta la violencia simbólica, criminaliza la protesta, construye enemigos imaginarios —migrantes, indígenas, feministas, comunistas, pobres— para justificar su odio estructural.

Esta es la ultraderecha del siglo XXI: neofascista en esencia, aunque postmoderna en forma. No necesita cámaras de gas: le basta con algoritmos que polarizan, con leyes que criminalizan la pobreza, con medios que siembran terror mediático, con jueces que persiguen a los que luchan y absuelven a los que roban naciones enteras.

 

Y frente a esto, ¿qué nos enseña Allende?

Nos enseña que la democracia no es un ritual electoral, sino un campo de batalla de clases. Que el Estado burgués no es neutral: es un instrumento de dominación que debe ser desmontado, no reformado tibiamente. Que no se le puede dar un solo paso atrás al fascismo, porque el fascismo no retrocede: avanza hasta que lo detienen.

Allende no murió por idealismo romántico. Murió porque eligió no traicionar. No entregó las armas del pueblo, no pactó con los generales, no se exilió en la comodidad moral de la derrota anunciada. Se quedó en La Moneda, rifle en mano, no para morir como mártir, sino para morir como ejemplo: para que nadie olvidara que hay momentos en que la historia exige todo, incluso la vida, para que las generaciones futuras no tengan que vivir en la noche eterna del terror.

Allende entendió, con dolor aprendido en carne propia, que las clases dominantes jamás renuncian al poder por convicción moral. Lo hacen solo cuando la correlación de fuerzas las obliga. Y esa correlación no se construye con discursos tibios, con consensos falsos, con “diálogos” que diluyen la justicia. Se construye con organización popular, con movilización constante, con internacionalismo solidario, con la voluntad férrea de no ceder ni un ápice ante el chantaje del miedo.

Hoy, cuando el capital financiero —ese pulpo global que estrangula economías, que convierte derechos en mercancías, que privatiza hasta el aire que respiramos— busca imponer su dictadura sin rostro, necesitamos volver a Allende no como recuerdo, sino como programa político.

 

Necesitamos:

— Unir todas las fuerzas populares, sin sectarismos estériles, sin purismos que dividen al campo popular frente al enemigo común.
— Rechazar cualquier pacto con el autoritarismo, aunque venga disfrazado de “mal menor” o “estabilidad”.
— Construir poder popular real: en los barrios, en las fábricas, en las escuelas, en los campos. Porque el fascismo se combate desde abajo, con raíces profundas en el pueblo.
— Defender la memoria histórica como arma política: para que nunca más se repita el 73, para que nunca más se normalice el golpe, para que nunca más se justifique el terror como “solución”.
— Internacionalizar la lucha: porque el neofascismo es global, y nuestra resistencia debe serlo también. Desde México hasta la Patagonia, desde el Caribe hasta el Amazonas, somos un solo frente.

 

Allende no nos pide lágrimas. Nos pide acción. Nos pide coraje. Nos pide unidad sin concesiones al enemigo de clase.

Él supo que el fascismo es la expresión más brutal del capital en crisis. Hoy, ese capital —financiero, especulativo, depredador— vuelve a buscar en el autoritarismo su salvación. Y nosotros, pueblo consciente, clase trabajadora organizada, juventud rebelde, intelectuales comprometidos, debemos decirle: ¡No pasarán!

Porque si hay algo que la historia nos enseña es que los pueblos que luchan, que se organizan, que no temen al poder, terminan por vencer.

 

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¡Que la figura de Salvador Allende sea nuestro norte en esta nueva batalla!

¡Que su ejemplo nos recuerde que la dignidad no se negocia, que la justicia no se aplaza, que el socialismo no es una moda, sino una necesidad histórica!

¡Por una América Latina libre, soberana, socialista y profundamente humana!

¡Hasta la victoria siempre! ¡Allende vive, la lucha sigue!

 

Ciudad Valencia / Pedro Penso