Un gato negro cruza la calle por la mitad de la penumbra y no deja sombra. A esa hora, las cuatro de la mañana en la esquina de La Torre, donde la calle Colombia se cruza con la avenida Montes de Oca, la Luna ya no flota en el cielo, se ha caído de golpe sobre el asfalto y camina con nosotros, arrastrando las chanclas de la noche.
Dicen los antiguos que las cosas verdaderas no hacen ruido, y la Luna de esta ciudad tampoco lo hace. Viene bajando sobre la silueta grave de la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Socorro, derramando un licor plateado y viscoso sobre la estructura que le da nombre a esta esquina emblemática. La de La Torre no es un cruce cualquiera, es el pulso mismo del casco histórico valenciano, el lugar donde por más de dos siglos se han cruzado los pasos de los próceres, los pregones del periódico de la mañana y los suspiros de miles de transeúntes. Pero a esta hora, el astro transforma el peso de la historia en puro encantamiento. No pide permiso ni exige altares; se mete por las rendijas de las santamarías oxidadas, convierte los cables del alumbrado en cuerdas de un arpa invisible y baña las aceras de una cal helada que parece algodón derretido.
La magia flota contenida en los detalles más sencillos de la cuadra. A pocos pasos del cruce, el chorro negro del vendedor de café cae en la taza de plástico y refleja un diminuto disco blanco, como si la noche se pudiera beber en un sorbo amargo que despierta a los trasnochadores. Un poco más allá, la luz no disimula las heridas del tiempo en las paredes de cal y barro, sino que las vuelve sagradas, tocando el friso agrietado de las casas viejas hasta convertirlo en un mapa de rutas desconocidas hacia el pasado. La gravedad cede un instante cuando el viandante solitario pisa el adoquín bañado por la sombra de la aguja catedralicia y siente que flota, envuelto por esa mirada azulada que lo cubre todo, mientras la brisa de la madrugada trae un crujido de tejas viejas, como si la Luna estuviera acomodando sus mantos de gasa sobre las fachadas para que nadie despierte a deshora.
En la prosa de la calle, es una alquimista descalza que hace que el charco sucio dejado por la lluvia de la tarde resplandezca como un pozo de mercurio, y que las palomas adormecidas en los cornisones del templo parezcan pequeñas estatuas de sal esperando un conjuro. La fama de esta esquina no descansa solo en sus crónicas ni en su valor patrimonial, sino en la terquedad del caminante que se detiene bajo el farol nocturno y levanta la mirada. Hay una fuerza magnética en La Torre cuando el mundo duerme, un encantamiento sutil que nos recuerda que bajo el asfalto gastado de la ciudad todavía laten los mitos de los abuelos.
La noche empieza a recoger sus harapos blancos. La Luna se va volviendo pálida, transparente como una escama de pescado flotando sobre la fachada de la catedral, pero deja en las piedras de la calle Colombia un rastro helado, un hechizo breve que el primer autobús de la mañana intentará romper sin conseguirlo del todo
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Cuento
El martes en que la Luna decidió alquilar un cuarto en una casa de zaguán en la calle Colombia, a dos cuadras de la Plaza Bolívar de Valencia, nadie hizo un escándalo. Bajó desde las cumbres del cerro El Casupo de madrugada, arrastrando un vestido de polvo blanco que olía a tierra mojada, tiza y azahar. Tocó el portón de madera con unos nudillos de brillo perlado y pagó un mes por adelantado con tres monedas de plata que se evaporaban a mediodía y reaparecían en el bolsillo de la dueña al caer la tarde.
La Luna era una inquilina silenciosa, pero su estancia trastocó las leyes de la ciudad. Cuando se sentaba en el ventanal a peinarse el cabello de escarcha, los mangos de la avenida Cedeño florecían fuera de época con un matiz ceniza. Más al norte, los caminantes que subían de madrugada al cerro El Trigal notaban que la hierba emitía un resplandor propio, mientras que a lo largo de la avenida Bolívar las sombras de los edificios se proyectaban hacia el lado contrario. En la esquina de La Torre, el agua que corría por las alcantarillas tras el aguacero parecía de plata líquida.
Sin embargo, el asfalto no sostiene la eternidad. Al llegar las lluvias torrenciales sobre la cuenca del río Cabriales, la Luna comenzó a menguar. Primero perdió la redondez de sus hombros; luego, su luz se volvió del amarillo mortecino de las hojas secas. Con cada noche que pasaba, el agua del embalse de Guataparo bajaba de nivel de forma inexplicable, dejando al descubierto troncos viejos mientras las garzas revoloteaban desorientadas. Le preparaban infusiones de toronjil y ruda, pero su cuerpo se reducía a una lámina transparente sobre las sábanas de lino.
Los cronistas del centro advirtieron que, si desaparecía en su fase nueva, la penumbra se instalaría para siempre en los barrios valencianos. Los vecinos actuaron sin ceremonias ni aspavientos: armaron una estructura con varas firmes y espejos pulidos que apoyaron contra la fachada principal de la Catedral de Valencia, en pleno corazón histórico. Entre cuatro hombres levantaron el cuerpo translúcido de la Luna —que no pesaba más que un puñado de plumas— y la fueron elevando con cuidado entre los tejados de la calle Colombia.
Al alcanzar la corriente de aire frío que cruza el valle desde los cerros de San José, ella recuperó su plenitud en un suspiro redondo y expansivo. El destello iluminó desde la rotonda de la Redoma de Guaparo hasta las calles viejas de la parroquia Santa Rosa. Desde esa noche no ha vuelto a pedir posada, pero las piedras del centro de Valencia conservan una luz tibia que se niega a apagarse.
Poesía
Luna de La Torre
Reflejada en el tobo de agua de mi baño, la veo…
La amo…
Ella, como una sombra de cal, me persigue
por la calle Colombia.
Yo, como un niño perdido entre los adoquines, me dejo llevar.
En la esquina de La Torre, en el rincón de la basílica,
su presencia se siente,
como una melodía suave que acaricia el viento del centro.
Tengo que asomar mi mirada al cielo de Valencia, para ver su reflejo en las estrellas,
para sentir su esencia sobre las tejas viejas, para seguir haciéndola mía…
Porque es mía… Ella lo sabe, lo siente, lo vive en el asfalto.
En cada amanecer sobre la nave catedralicia, en cada anochecer,
en cada suspiro del viento, en cada charco de lluvia que parece de plata.
Ella está ahí, siempre ahí, en mi corazón, en mi alma.
Aunque el mundo gire y las estaciones cambien,
nuestro amor permanece, inmutable, eterno como la piedra.
Ella, mi musa, mi sueño… Mi realidad
reflejada no solo en el agua del tobo, sino en mi ser.
Ella me persigue por los zaguanes, y yo, eternamente, me dejaré llevar,
porque en cada latido, en cada pensamiento, en cada sueño,
Ella es mía,
y yo… irremediablemente,
soy suyo…
P.D:
El día no quiso callar de golpe, se vino abajo despacio, como una piedra que cae en el barro seco y no mete ruido.
El doce de agosto un 2026
El sol estaba ahí arriba, entero, pesado, cocinando las tejas y la sed de los perros. De pronto le salió una sombra por el costado, una mancha de tinta que no era de nadie. No hubo viento. Tampoco pájaros volando en círculo. Solo la luz que se fue haciendo flaca, desteñida, como un trapo viejo puesto a secar en la cerca.
Dicen que la sombra trazó su raya sobre el agua fría. Pasó por las rocas de Groenlandia y el viento helado de Reikiavik. Bajó luego, despacio, atravesando los montes de Asturias y las calles húmedas de La Coruña, Bilbao y Oviedo. Cruzó los campos secos de León, Burgos y Zaragoza, raspó Segovia y fue a morir, ya casi al atardecer, sobre los tejados de Valencia en España y el agua salada de Palma y las Baleares. En Madrid, en París y en Londres la luz solo se volvió tuerta, como si le hubieran dado un zarpazo en la orilla.
Mira la mano. Tu mano bajo el eclipse no parece tuya, parece un pedazo de madera que alguien olvidó en la sombra.
El cielo se puso violeta, un violeta sucio de casa abandonada. La gente se quedó de pie en medio de la calle, mirando hacia arriba con esos cartones oscuros, con los ojos apretados como si buscaran una moneda en el fondo de un pozo sin agua. Nadie habló. Para qué. Cuando el sol se esconde a destiempo, las palabras pesan demasiado y se caen de la boca.
Duró lo que dura un fósforo encendido en la noche. Un silencio de cal y tierra.
Después la luz volvió, pero ya no era la misma. Tenía la marca del golpe. El sol regresó a su sitio, amarillo, terco, mordido ya para siempre en la memoria de los que se quedaron mirando la tarde que se volvió noche antes de tiempo.
José Luis Troconis Barazarte
Entre Naguanagua y Valencia, Venezuela.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
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Ciudad Valencia/RM













