Brujería

Hay un velón rojo consumiéndose al lado del router. La fe no se destruye: cambia de enchufe. Buscamos en la sombra lo que la luz de la pantalla no nombra.

La ciudad corre, pero en las esquinas se detiene el mismo tufo rancio a tabaco y amoníaco. No hace falta la montaña ni el monte cerrado. La brujería de hoy habita el apartamento del piso cuatro, entre el ruido del tráfico y la entrega a domicilio. Sigue siendo la misma hambre vieja del hombre: amarrar al que se va, dañar al que prospera, pedirle al santo que la renta alcance.

Se enciende un tabaco frente al espejo del baño. El humo sube lento entre la ropa sucia.

Cambiaron las formas, nada más. El amarrao ya no lleva hilo de pabilo sino una foto sacada del teléfono, un nombre escrito en un papel sucio que se mete al congelador junto a la carne. La gente ya no cree en la medicina ni en la política, pero cree ciegamente en la lengua del que lee las cartas por cincuenta dólares. Hay un desespero moderno, una soledad de cemento que busca consuelo en el azabache, en la sal marina arrojada en el umbral para que el vecino envidioso no mire para acá.

Quien busca al brujo no busca al Dios lejano. Busca una mano seca que le prometa el milagro mañana en la mañana.

Un tarro de miel, tres clavos de olor, una oración susurrada en el autobús a punto de volcarse. La magia no es folklore; es el último recurso del que no tiene con qué pagar el miedo. La ciudad entera es un altar a oscuras donde todos le piden a algo que los libre del mal de ojo, de la quiebra, del olvido.

El santo de yeso mira la pared agrietada. Sabe que el hombre reza solo cuando la noche aprieta.

Nadie habla de esto en los cafetines del centro, pero todos llevan una cinta roja debajo del reloj digital. La superstición no se fue con el progreso; se acomodó en el mostrador del banco, en la cola para la gasolina, en el perfil de Instagram que ofrece endulzamientos en tres pasos y pago por transferencia. Se busca el atajo, la grieta en el destino. Porque este siglo de hierro y algoritmos pesa demasiado, y la razón no alcanza para explicar por qué la suerte se le tuerce al hombre bueno.

Tiene el brujo la mirada del que conoce el barro de la ciudad. No pide fe, pide paciencia y un billete doblado en la cartera.

 

MÁS DEL MISMO AUTOR: LA CIUDAD QUE SE TIÑE DE ROSA

 

Se limpian los negocios con creolina y espanta maña al cerrar la santamaría. Hay una fe desesperada que no huele a incienso litúrgico sino a sudor y azufre, a desvelo nocturno frente a una vela que se apaga antes de tiempo. La brujería moderna es el idioma de los caídos, el intento ciego de gobernar lo impredecible en una calle donde mañana nadie sabe si habrá pan o habrá luto.

El polvo en la cornisa. La oración alrevés. El miedo es el único altar que nunca falta en esta casa. Las horas pasan por debajo de la puerta como una sombra muda. Nadie pregunta por el alma porque el alma no cabe en la libreta de racionamiento ni en la tarjeta de crédito.

En la bodega del chino venden velas blancas junto a los refrescos tibios y los cigarros sueltos. Allí se compra también la esperanza en polvo, el jabón con aroma a hierbabuena para arrancar la mala suerte, el manojo de ruda que se marchita a los tres días de colgarlo detrás de la puerta. La ciudad es un gran cementerio de ilusiones donde cada quien cava su hueco con un clavo herrumbrado y un vaso de agua bendita robada en la iglesia del barrio.

El papelito arrugado en el bolsillo.

La promesa hecha a media voz

a un santo que no tiene rostro.

Todo sigue igual, aunque cambien las luces de neón y los teléfonos brillen en la oscuridad como ojos de gato. El miedo es el mismo de hace quinientos años, solo que ahora se paga por móvil y se consulta por WhatsApp. Y el brujo, con su camisa desteñida y su vaso de ron barato, mira fijamente la pantalla, lee el futuro en una foto pixelada, y le cobra al desdichado la única moneda que de verdad vale algo: la ilusión de que mañana todo será un poco menos oscuro.

Un gallo canta lejos,

afuera,

donde la madrugada comienza

a morder los talones de la calle.

 

Poesía

I

Un vaso de agua

frente a la ventana apagada.

Para que se ahogue

la mala hora.

El hombre que no tiene nada

pone un grano de sal

debajo de la lengua.

Sabe que la palabra justa

cuesta demasiado.

II

No hay calderos ni escobas

en este piso alto.

Solo un plato roto

y una tijera abierta

debajo del colchón

para cortar el aire denso

que entra con la noche.

La brujería es esto:

guardar un hueso seco

en el bolsillo del pantalón,

creer que el azar se asusta

con la tierra de fosa

traída en un frasco de mermelada.

III

Ella enciende la vela azul.

No pide la luna.

Pide que el hombre vuelva,

o que el dolor

se quede afuera de la puerta

como un perro con sarna.

El humo sube recto

hasta tropezar con el techo de zinc.

Allí se queda

suspendido,

esperando una respuesta

que la ciudad nunca da.

IV

El milagro es barato

si se paga con el miedo.

Un alfiler en la foto,

una cucharada de miel sobre el nombre,

y esperar

a que la madrugada

haga el trabajo sucio.

 

Cuento

En el piso siete del bloque tres de la urbanización La Isabelica, la señora Carmen no usaba caldero de hierro ni patas de gallo para amarrar el destino: usaba un microondas Siragon de 1200 vatios y una cuenta bancaria con pago móvil.

Allí, entre el rugido incesante de los aires acondicionados de ventana y los pregones matutinos que vendían plátanos a cuatro por un dólar, florecía la última gran dinastía de curanderas de Valencia. Carmen no vestía túnicas de lino ni se descalzaba para tocar la tierra. Llevaba una bata de casa floreada, chancletas de metatarsiano y un teléfono inteligente con la pantalla astillada por donde le llovían mensajes de voz desde Madrid, Miami y Petare.

—Esa gente cree que el mal de ojo respeta el wifi —decía mientras colocaba un frasco de mayonesa lleno de orina, ajo criollo y una foto impresa en papel fotográfico dentro del congelador Haier—. El rencor moderno transita por la fibra óptica.

El apartamento olía a una mezcla inconfundible de creolina, café recién colado y humo de tabaco Crispín. En la sala, entre un televisor de pantalla plana que transmitía la lotería sin sonido y un sofá de semicuero pelado por el calor, no había altares tradicionales. Don Nicanor Ochoa compartía repisa con una estampita de San Onofre, dos frascos de Nutella llenos de tierra de cementerio y un router Cantv cuyos tres bombillos verdes parpadeaban con el ritmo exacto de una respiración agónica.

Los milagros en esos tiempos venezolanos habían cambiado de moneda y de forma. Ya nadie pedía volar sobre las matas de mango ni transformar a los hombres en chivos. La gente acudía a Carmen para que la luz no se fuera justo durante el horneado de las tortas por encargo, para que la asignación del bono no se quedara pegada en la página patria, o para que el novio que emigró por la selva del Darién no olvidara el sabor del ají dulce ni el tono de voz de su madre.

Un martes por la tarde, en medio de un sofocante bajón de luz que dejó al vecindario a oscuras, llegó un muchacho con el rostro pálido y los ojos desorbitados por el espanto. Traía en la mano un teléfono descompuesto que despedía un tufo penetrante a azufre y cable quemado.

—Señora Carmen —susurró el joven, temblando—, me mandaron un «endulzamiento» por WhatsApp. Desde que abrí el archivo en PDF, el teléfono no para de sonar con risas de bruja y la nevera se puso a congelar al revés: la carne se derrite y el agua se vuelve piedra.

Carmen tomó el teléfono con la serenidad de quien ha visto a los muertos hacer cola para comprar harina de maíz. Sacó un frasco de aceite de adormidera, untó la pantalla del dispositivo y encendió un tabaco con la llama del piloto del calentador de agua. Sopló el humo grueso tres veces sobre el aparato.

—Esto no es cosa del demonio, mijo —sentenció la vieja, escupiendo una brizna de picadura al suelo—. Esto es una envidia vieja del vecindario empacada en tecnología. La gente cree que inventó el progreso, pero el alma sigue siendo de barro.

Con un clavo oxidado de tres pulgadas, Carmen trazó una cruz sobre el cristal del teléfono. Al instante, del puerto de carga comenzó a brotar un hilo de miel espesa y dorada que olía a azahar y a ron Santa Teresa. Los bombillos del apartamento, extintos por el apagón general, se encendieron de golpe con un resplandor azulino y celestial que hizo cantar a las guacamayas que dormían en las matas de cañafístola de la avenida.

El teléfono del muchacho volvió a la vida, marcando una señal de 5G inexistente en toda la región Central.

—Listo —dijo Carmen, limpiándose las manos grasosas en la bata—. Ya le bloqueé el daño en la red y en la vida real. Son veinte dólares por el trabajo, o el equivalente al cambio del día. Me hace el pago móvil, que el punto de venta está sin señal.

El joven pagó, dio las gracias atropelladamente y salió corriendo por las escaleras oscuras del bloque. La señora Carmen caminó hasta el balcón, miró la ciudad de luz intermitente, los cerros encendidos como luciérnagas y el cielo denso de la noche carabobeña. Encendió otro tabaco, le dio un sorbo al café frío y susurró una oración al aire para que la planta eléctrica del edificio vecino no se volviera a dañar. Sabía que la fe en Venezuela no se había perdido; simplemente se había mudado a los circuitos, donde el misterio y la necesidad siguen comiendo en el mismo plato.

 

Mi vecina

Ella no tiene escoba.

Tiene una tijera abierta

sobre la mesa del comedor

para cortar el nombre

que la noche pronuncia.

Detrás de su pared,

el silencio es una aguja

que me atraviesa la garganta.

La vecina junta sombras en el pasillo.

Un plato con agua,

una vela que no arde

sino que sangra hacia dentro.

En sus ojos no hay maldad:

hay un pozo seco

donde los niños muertos

juegan a no existir.

 

Ella habla sola con la luz del refrigerador.

Le pide a la nada

que me devuelva la infancia

o me quite la boca.

Nadie la ve entrar.

Solo queda en el umbral

un hilo de sangre fría

y la memoria del miedo.

 

José Luis Troconis Barazarte

 

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Con febril impaciencia | Armando José Sequera

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia/RM