La copla llanera representa una de las manifestaciones poéticas y musicales más auténticas tanto del folclor venezolano como del colombiano. Estructurada tradicionalmente en estrofas de cuatro versos (generalmente octosílabos) con rima asonante o consonante, la copla no es solo una forma de canto: es la memoria oral de un pueblo.
A través de ella se expresan las faenas del campo, los amores entrañables, las historias míticas y la cotidianidad de la sabana. En ella habita el alma del baquiano y la destreza del improvisador.
En ese punto de encuentro donde la comunicación social se abraza con el arraigo cultural, emerge la figura de Ángel Navas. Nacido el 8 de julio de 1967 en Punto Fijo, estado Falcón —hijo de Hipólito Salvador Navas e Hilaria Naranjo—, Navas fue llevado a Puerto Cabello con apenas un año de edad.

Fue allí donde floreció su amor por la radiodifusión y el verso sabanero. Hoy, con casi tres décadas de trayectoria profesional, consolida una carrera multifacética que abarca la locución, la declamación, la animación de grandes eventos y las artes escénicas.
Para dar inicio a este diálogo, el propio comunicador nos regala está hermosa creación de su autoría:
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Despertar con alegría
y escuchar música venezolana
es la esencia viva:
levantarse de la cama
y agradecerle a mi Dios
por presenciar otra mañana.
Su infancia transcurrió en Puerto Cabello, pero sus raíces familiares se extienden hasta Paraguaná. ¿Cómo se despierta en usted el amor por la comunicación y la música llanera?
Aunque nací en Paraguaná, a la edad de 1 año me trajeron a Puerto Cabello. Mi crianza transcurrió aquí, al cuidado de unos tíos y mi familia. Desde muy niño fui sintiendo ese cariño profundo por la música venezolana. Tuve la fortuna de crecer en el seno de un hogar de comunicadores; parte de mi infancia estuvo marcada por la guía de Jesús Alberto Trovat, quien producía y conducía programas de música criolla. De allí nació mi vocación.
Posteriormente, al cumplir la mayoría de edad, me trasladé a Paraguaná para cumplir con el servicio militar. Tras finalizarlo, me quedé un tiempo allá trabajando de noche como declamador en diversos recintos culturales y nocturnos. Para el año 1990 me inicié formalmente como animador y, gracias al poeta Santiago de Montesacro, participé en el Primer Festival de Declamadores del Estado Falcón en 1992, resultando ganador. En el año 2000 regresé a Puerto Cabello para incorporarme a Caribeña 1000 AM. Hoy puedo decir con orgullo que sumo cerca de 28 años dedicados a la radiodifusión entre Falcón y Carabobo.
¿Cómo recuerda esa primera experiencia frente a los micrófonos en una cabina de radio y qué sintió al escuchar su voz proyectada hacia la audiencia?
Cuando entré a una cabina por primera vez a trabajar como locutor formal, sentí una emoción indescriptible. Siempre he sentido que la radio la llevo en las venas. Por supuesto, no puedo negar que los nervios estaban presentes; aunque ya tenía experiencia frente al público como declamador, la magia del micrófono en vivo es un reto completamente distinto.
En esos primeros años de formación, ¿quiénes fueron los maestros y referentes que marcaron su rumbo técnico y artístico?
En la declamación, mi gran maestro fue el poeta Santiago de Montesacro, un artista formidable a quien admiro profundamente. En el ámbito radial, mi principal referente fue mi padre de crianza, Jesús Alberto Trovat. De él aprendí la mística de trabajo. Además, siempre procuré observar y extraer lo mejor de cada locutor con el que compartí espacio; esa disciplina para aprender de los mejores me permitió construir una carrera firme que la audiencia respalda día a día.

La improvisación y la métrica de la copla requieren un entrenamiento constante. ¿Cómo fue su proceso de profesionalización en el arte del verso improvisado?
Es un proceso que exige altísima disciplina. Cuando comencé en la radio, escribía previamente todas las coplas; me daba temor quedar en blanco al aire. Poco a poco me fui soltando hasta lograr la soltura necesaria para improvisar al momento. Cabe aclarar que no soy contrapunteador, sino coplero e improvisador, lo cual tiene sus propias métricas y dinámicas. Uno va curtiéndose, entrenando el oído y aprendiendo la terminación adecuada de los versos. Es un arte que se alimenta del ejercicio constante y del feedback del público.
A lo largo de su trayectoria, ¿cuál ha sido el desafío profesional más complejo que ha enfrentado y qué enseñanza le dejó?
El mayor desafío de mi carrera fue subirme a la tarima del Festival de Elorza, el escenario más codiciado y exigente para cualquier artista, animador o locutor de música criolla en el país. Presentar a las grandes figuras del folclor en las fiestas más importantes de Venezuela significó una prueba de fuego. En el año 2012 recibí un reconocimiento como locutor y animador en representación del estado Carabobo en esas festividades, donde el orador de orden fue el afamado cantautor Rogelio Ortiz.
En esa oportunidad, la Fundación Fiestas de Elorza me nombró Embajador de la Música Llanera en Carabobo, permitiéndome llevar delegaciones de copleros y cantantes a diversos festivales del país. Estar frente a esa multitud me abrió muchísimas puertas y me enseñó que la preparación es la clave para asumir con entereza los grandes compromisos.
Frente a las corrientes musicales contemporáneas, ¿de qué manera la copla preserva el patrimonio cultural para las nuevas generaciones?
Esa es precisamente la virtud y la belleza de la música llanera en comparación con otros géneros foráneos. El canto criollo guarda la memoria histórica: le canta a la sabana, a la naturaleza, a las faenas diarias, a la mujer y a nuestras tradiciones. Sin desmerecer otros estilos musicales que escucha la juventud actual, muchos de ellos se centran en temáticas vacías o explícitas. La música llanera, en cambio, edifica, rescata valores y evoca pasajes hermosos de la vida. Por eso la llevo en la sangre, junto al periodismo y la locución.

¿De qué manera se nutren mutuamente su faceta como coplero y su labor diaria como comunicador radial?
El arte de la copla se nutre del ensayo diario, del trabajo constante y, fundamentalmente, del aplauso de la audiencia. Saber que hay un público que respalda tu propuesta es el motor principal para mantener una actitud positiva.
En el festival donde triunfé en 1992 aprendí una lección fundamental: cantantes hay muchos, pero declamadores pocos, porque para declamar hay que saber calar en la fibra emocional de la gente. No basta con transmitir un mensaje; hay que saber llegar y conmover. Esa misma premisa la aplico diariamente frente al micrófono en la radio.
Paralelamente a la radio y al folclor, usted ha incursionado en las artes escénicas. ¿Cómo ha sido esa experiencia actoral?
La actuación siempre captó mi atención, pero no fue sino hasta los años de la pandemia cuando se dio la oportunidad formal. Participé en un proyecto de cine comunitario guiado por la profesora Garmen Monteverde, el cual abordaba la dinámica radial y el folclor en tiempos de contingencia. La obra obtuvo el segundo lugar y mi interpretación fue valorada con el primer lugar actoral.
A partir de allí me integré a la agrupación Raíces Escénicas, participando en obras de teatro de calle, de sala y largometrajes. Posteriormente consolidé esta trayectoria obteniendo mi titulación formal en Artes Escénicas, lo cual representa una herramienta invaluable que fortalece mi soltura y mi desempeño comunicacional.

Si tuviera que resumir su filosofía de vida y su propuesta comunicacional en una idea central, ¿cuál sería el mensaje para la juventud?
La constancia y la dedicación son indispensables, pero hay un factor determinante que siempre señalo en mis conferencias y talleres: la pasión. Si no sientes pasión desmedida por lo que haces, serás uno más del montón. La pasión es la fuerza que te hace relevante, que supera cualquier obstáculo y que te permite trascender. Mi pasión por la radio, por el periodismo, por el teatro y por la declamación es el motor que mueve mi vida.
Ángel Navas encarna la figura del comunicador integral que no olvida sus raíces. Su voz no solo transita las frecuencias hertzianas para informar o entretener, sino que se convierte en un vehículo de conservación cultural en tiempos donde la inmediatez suele desplazar la identidad.
En su andar constante, donde la disciplina se funde con el amor por el terruño, Navas nos recuerda la importancia de defender lo propio y construir país a través de la palabra empeñada y el trabajo honesto. Para despedir este encuentro, el folclorista nos deja esta máxima en forma de verso:
Aprendamos a andar unidos
y no ser como el zamuro,
yo siempre voy adelante
sin afán y sin apuros,
defendiendo mi folclor
y construyendo futuro.
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