Armando Reverón

10 de mayo de 1889, Caracas

18 de septiembre de 1954, Caracas

Edad 65 años

72 años de su partida

 

Un hombre no se muere del todo cuando aprende a quedarse solo.

Armando nació en Caracas, era mayo de 1889. Pero a los hombres como él no los hace el lugar donde nacen, sino el pedazo de tierra donde se quedan ciegos de tanto mirar. De niño pisó Valencia. Ahí, con la familia Rodríguez Zocca y la mano del viejo Ricardo Montilla, empezó a meterle el ojo a las cosas, a darse cuenta de que la sombra tiene peso y el aire raya la piel.

Después vino la academia. Caracas. Barcelona. Madrid. Vio a Goya, vio a Velázquez. Pero el adorno de Europa no le sirvió para mucho. El alma no se alimenta de galerías. Regresó. Anduvo entre los muchachos del Círculo de Bellas Artes y en el 18 se le cruzó Juanita.

Juanita Ríos. La mujer que no fue modelo sino cuerpo para aguantar la casa, el pan y el polvo.

En el 21 bajó a Macuto. Se hizo un rancho de piedras, palos y alambre. El Castillete. No para esconderse del mundo, sino para no tener que oír la mentira de los hombres refinados.

 

A este hombre

le bastó la tierra

sube la sal

por el coleto

no hay color

el sol destruye

lo que toca

un trapo

una cuerda

sus manos

duras

para amarrar

la noche.

 

A Armando la pintura se le fue dividiendo como se divide la vida cuando uno envejece sin engañarse.

Al principio estaba el azul. Entre el 16 y el 24. Una noche larga, pálida, donde la figura apenas respira entre la niebla.

Luego el sol lo agarró de frente. El período blanco. De 1925 a 1934. Ahí ya no hay pintura de frasco. Armando agarró el yute, la tela de saco, el barniz de la calle. El mediodía del litoral no se puede pintar con colores finos; al sol tropical hay que recibirlo a golpes, con la tela desnuda, cegándose los ojos hasta que la luz no sea una imagen sino una herida blanca.

Y al final, el sepia. Desde el 36. El color de la tierra seca y de los barriles del puerto. Ya no buscaba afuera. Empezó a fabricar sus propias mujeres de trapo. Muñecas de tamaño natural, con senos de estopa y ojos de botón. Les hablaba. Les ponía nombres. No era locura; era el silencio que se hace grande y pide compañía que no hable.

El cuerpo le dio guerra. Las crisis lo llevaron a Sanatorio en Caracas. El 18 de septiembre de 1954 se le apagó el resuello.

Dicen que se fue. Yo digo que no. Armando se quedó ahí, en lo limpio. En la lección de no usar adjetivos, de no buscar la frase bonita ni la pintura elegante. Nos dejó la dignidad de la nada: un pedazo de fique, un hilo de alambre y unos ojos bien abiertos para no parpadear ante el sol.

 

DEL MISMO AUTOR: BAJO UN MISMO MANTO: LAS MIL CARAS DE LA VIRGEN

 

Poesía

Un hombre

es la luz que tolera

el nacimiento es apenas

un agua remota

en el valle

pero el ojo despierta

en el patio seco de valencia

escuchando la lección

del viejo montilla

cruzar el agua grande

mirar los grandes lienzos

solo para saber

que ningún maestro de afuera

conoce el peso

de este mediodía

al volver

juanita es la sombra firme

la carne que sostiene la casa

juntos bajan al mar

a levantar con piedra

barro y alambre

un hueso frente al agua

un refugio de fique

para no oír el ruido del mundo

la pintura es la piel

que va perdiendo el tono:

primero la noche pálida

el frío que flota

como un suspiro sobre la costa

luego la luz violenta

la calima que muerde

el sol descalzo golpeando

el trapo de saco

hasta dejar la tela

ciega y blanca

al final la tierra

el tono del barril y del puerto

cuando la soledad se vuelve materia

y nacen las mujeres de estopa

con ojos de botón

para nombrar el silencio

después

el aire se retira en el sanatorio

no hay luto

queda la cal

el fique

el alambre tenso

y este encandilamiento

que no se apaga

 

Cuento

El aire encendido de Macuto

Hay días en que el sol no cae del cielo, sino que brota de la arena como una resina hirviente. Aquella mañana en la costa, la luz era tan gruesa que se podía moldear con las cuencas de las manos.

Ella bajó a la playa arrastrando una cesta repleta de retazos de yute, hilos de pescar y botones de concha de nácar. Él la esperaba descalzo, con los párpados entreabiertos para no quedar ciego ante el resplandor que convertía las olas en un rumor de vidrio molido. No necesitaban hablar; el amor entre ellos no era una conversación, sino una costumbre del cuerpo, una arquitectura compartida de piedras y sal.

Se sentaron a la sombra del cobertizo de palmas. Mientras la calima borraba el horizonte, ella comenzó a rellenar con estopa seca la primera figura. No era una simple costura. Apenas anudaba el corazón de trapo y le cosía dos botones en el rostro, la muñeca inspiraba profundamente, hinchando su pecho de fique con el olor a mangle y a mar. La criatura de tela estiró sus brazos rígidos, caminó tres pasos sobre la mesa de madera y se sentó a contemplar las gaviotas.

Él sonrió, tomó el cordel y comenzó a tejerle una hermana. Para el mediodía, siete muñecas de tamaño natural habitaban el patio. Una pedía agua con señas de hilo negro; otra, al ser tocada por un rayo directo de luz, comenzó a sudar gotas de arena fina que sonaban como cascabeles al caer. Ninguna hablaba, pero sus sombras en la pared pintada de cal bailaban al ritmo de la brisa marina.

Ella se acercó a él y le apoyó la cabeza en el hombro. En ese instante, la luz del mediodía atravesó el cuerpo de ambos, volviéndolos transparentes, revelando que en el pecho de cada uno latía también un pequeño ovillo de cuerda dorada. El mar, complacido, detuvo sus olas en el aire por un segundo para no interrumpir el milagro.

Cuando la tarde empezó a enfriar la piedra, las muñecas de trapo se tomaron de las manos y bordearon la orilla, cuidando que el agua no les desatara las costuras, mientras ellos dos permanecían sentados, fundidos en el abrazo seco y eterno del litoral.

 

José Luis Troconis Barazarte.

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia/RM