Eso, Señor
1.-
eso que llamas con mi nombre no soy yo
¿por qué te empeñas en atribuir tales y cuales atributos?
esa voz sin sonido
que no salió de la garganta y jamás ha convivido
en algún pliego interior
de la vida
¿por qué insistes en hacerla mía?
deja de huir de esconder
de impostar y clamar sin reconocer tu sordo miedo tu temblor escondido en la fronda sin sentido
no has oído el río
ni el mar ni el viento
eres ciego al palpitar
de la hoja que se mueve
mirando el universo
desde el árbol
¿por qué llamas con ese nombre que solo
interpela la ausencia
apedreando y sepultando la existencia de los días?
2.-
tras de ti quedaron millones de instantes que viven lo vivido
un camino infinito de puntos algunas comas
y asteroides girando
en el vacío del átomo
que fuiste y aún eres
afina tu oído
descubre la música
y en tu propio silencio
la armonía
eh tú, es contigo, despierta de ese largo letargo
no hay tiempo que perder.
Amanaú
La copla
La copla ha de rodar
como la piedra redonda
en su camino a la mar
hacia las aguas más hondas.
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“Eso, señor» es un poema que funciona como acto liberador. La voz lírica no solo se defiende, sino que diagnostica la ceguera existencial del interlocutor y le tiende una mano para que despierte.
Es una crítica a la facilidad con la que las personas proyectan sus propios miedos e inseguridades sobre otras negándoles su complejidad y su derecho a ser inefables; es una invitación urgente a vivir de manera consciente y conectada con el pulso mismo de la vida, que está en todas partes menos en las etiquetas que inventamos. Es incluso una declaración de principios por parte del autor.
Una poética suele definir la relación del poeta con el lenguaje, la realidad, el lector y la tradición. Este poema es un rechazo frontal al cliché. El «señor» puede leerse como el lector tradicional, la crítica facilista e incluso, la voz inauténtica del decir.
El poeta, por su parte, rechaza a que su obra sea reducida a una simple categoría. La verdad poética nace de una necesidad interior profunda, tiene un «sonido» único y vital. La falsedad es un eco vacío, un ejercicio retórico sin alma.
Al establecer que la fuente legítima donde bebe está en conexión sensorial con la existencia. El «señor» representa a quien es sordo a la música del mundo real. La poesía nace según él, de agudizar la mirada y afinar el oído para captar esa música. En otras palabras, de convivir con sus versos tal una real gestación, “antes de nacer” a la manera de Drummond de Andrade.
El poeta crea e intermedia esa armonía universal: «afina tu oído / descubre la música / y en tu propio silencio / la armonía». Estos versos son casi un manual de instrucciones. El proceso creativo genuino requiere un escuchar atento (observación del mundo) y una inmersión en el silencio interior para encontrar allí la verdadera armonía, no impuesta desde fuera, sino descubierta desde dentro.
En el texto poético se debate la lucha entre el signo y lo vivido: “¿por qué llamas con ese nombre que solo / interpela la ausencia?»
Aquí critica el uso del lenguaje que únicamente apunta a ideas abstractas y vacías, alejadas de la experiencia concreta. La poesía que él valora no interpela la ausencia sino la existencia de los días. La mala lectura y el texto ineficaz agrede a la experiencia vital, la sepulta bajo capas de significado manidos. Lo auténtico por el contrario revela y hace palpable «la existencia de los días».
El tono imperativo y la conclusión del poema revelan similarmente una visión estética y ética, un acto urgente y necesario. El reclamo puede dirigirse al poeta que duerme en los laureles de la tradición o al lector que consume poesía de forma pasiva. La invitación es a una participación activa y consciente en el acto creativo que es la vida misma. La poesía como herramienta esencial del despertar.
El texto como poética transforma una queja personal en un manifiesto artístico. La autenticidad nace de una experiencia sensorial profunda con el mundo y se descubre en el silencio interior. La falsedad por su parte, es artificial, un conjunto de atributos vacíos y etiquetas que imponen los demás, sordos a la música existencial. El papel del poeta de canalizar tal sentido y armonía, afinan su percepción y se resiste a las definiciones fáciles. (N.C.O.M)
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Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.
Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera.
Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.
Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.
Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.
Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.
Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).
Ciudad Valencia












