Fernando Botero (1932-2023) se infló. Como si el aire de Medellín, espeso de pólvora y fruta madura, lo hubiese soplado desde adentro, hasta convertirlo en continente. No fue niño, fue volumen. Y desde entonces, cada trazo suyo fue una forma de decir que el exceso no es pecado, sino testimonio. Que el cuerpo, cuando se agranda, no se burla: se recuerda. Porque en Colombia, donde la violencia es delgada y punzante, él eligió pintar lo contrario: lo redondo, lo lento, lo que no cabe en la muerte.

Botero fue más que pintor y escultor: fue un país que se pintó y esculpió a sí mismo sin pedir permiso. Torero sin ruedo, escultor de plazas que se volvieron altares, cronista de una América Latina que no cabía en los marcos. Su pincel no obedecía a la anatomía, sino al alma. Y si sus figuras parecen reír, es porque saben que el dolor también se puede vestir de fiesta.

 

Infancia: el niño que dibujaba para no caer

Antes de ser volumen, fue niño. Un niño que caminaba por las calles empinadas de Medellín con un lápiz como bastón. Su padre murió cuando él tenía cuatro años, y desde entonces, cada trazo fue una forma de sostenerse. No dibujaba para entretenerse, dibujaba para no caerse. En vez de llorar, trazaba. En vez de preguntar, pintaba. Y así, sin saberlo, comenzó a construir un idioma donde el silencio tenía forma.

 

Fernando Botero

 

Vendió su primera obra a los dieciséis años. No era una pintura, era una confesión. Porque Botero no pintaba lo que veía, sino lo que dolía. Y en ese dolor, encontró belleza. No la belleza de los museos, sino la belleza que se esconde en los cuerpos que no caben en los márgenes.

 

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Ruptura estética: el volumen como rebelión

Un día, en México, vio una mandolina. La pintó. Pero la pintó mal. O mejor dicho, la pintó como nadie la había pintado: inflada, desobediente, imposible. Y en ese error, encontró su estilo. El volumen no fue una decisión estética, fue una rebelión. Contra la proporción, contra la norma, contra el canon. Porque Botero entendió que el arte no debía imitar la realidad, sino exagerarla hasta que revelara su verdad.

Desde entonces, sus figuras se agrandaron. No por vanidad, sino por necesidad. Porque en un país donde la violencia era delgada y precisa, él eligió pintar lo contrario: lo redondo, lo lento, lo que no se puede ignorar.

 

Legado: el escultor de plazas y memorias

Botero no se quedó en los lienzos. Salió a las plazas. Esculpió mujeres, hombres, caballos, gatos. Y los puso en medio de las ciudades, como si dijera: “Aquí estamos. No nos escondan”. Sus esculturas no eran monumentos, eran espejos. Y en cada uno, los latinoamericanos se vieron: grandes, visibles, dignos.

Pero también pintó la violencia. La de Colombia, la de Abu Ghraib, la del mundo. Y lo hizo sin sangre, sin gritos. Solo con volumen. Porque entendió que el horror, cuando se agranda, se vuelve imposible de ignorar.

 

Epílogo: el artista que no cabía en sí mismo

Y entonces, un día, el pincel se detuvo. No por cansancio, sino por plenitud. Porque Fernando Botero no murió: se desbordó. Como si el volumen que había contenido durante décadas ya no cupiera en la carne, y decidiera expandirse en plazas, en lienzos, en memorias. No dejó una obra: dejó una forma de mirar. Una forma de decir que el cuerpo es testimonio, que la belleza no se mide en proporciones, y que el arte, cuando es verdadero, no representa: revela.

Ahora, sus esculturas siguen respirando en silencio. Sus mujeres de caderas imposibles, sus obispos redondos, sus caballos que parecen montarse a sí mismos. Todos ellos siguen ahí, como si esperaran que el mundo aprenda a mirar sin juzgar, a recordar sin herir, a amar sin reducir.

Botero no fue un estilo. Fue una insistencia. Una forma de decir que lo grande no es exageración, sino necesidad. Que el arte no debe caber en los marcos, sino romperlos. Y que la memoria, cuando se pinta con volumen, se vuelve imposible de olvidar.

 

Botero en conversación: el volumen como testamento

Estas preguntas y respuestas no ocurrieron. Pero todos, en algún momento, hubiéramos querido hacerlas. La imaginación nos permite preguntar. Y la vida, cuando se hace arte, responde. O al menos queremos creer que Botero, ese hombre que pintó el mundo como si el mundo no cupiera en sí mismo, habría respondido así.

 

Troconis: Maestro, ¿Usted pintó para que lo vieran o para que no lo olvidaran?

Botero: Pinté para que no me borraran. Para que el cuerpo, ese que siempre quieren achicar, ocupara su lugar en la historia.

T: ¿Y por qué tan grande, tan redondo, tan imposible?

B: Porque en Colombia todo es exceso: la muerte, la risa, el mango, la pólvora. Yo solo seguí la forma del país.

T: ¿El volumen fue refugio o rebelión?

B: Ambas. Primero me escondí en él. Luego lo usé como grito.

T: ¿Usted alguna vez pintó delgado?

B: Sí. Pero no me creían. El dolor flaco no conmueve.

T: ¿Y la infancia? ¿Qué le quedó de ella?

B: Un lápiz. Y la certeza de que el arte es lo único que no se muere cuando uno es niño.

T: ¿La muerte de su padre fue su primer trazo?

B: Fue el primer vacío que quise llenar con color.

T: ¿Usted se considera un cronista?

B: No. Me considero un testigo que no supo callar.

T: ¿Y qué vio que no pudo callar?

B: Vi cuerpos cayendo. Vi obispos gordos de silencio. Vi mujeres que parían en la guerra. Y los pinté.

T: ¿La violencia cabe en un lienzo?

B: No. Pero se puede insinuar. Como una sombra que no se deja retratar, pero que mancha todo.

T: ¿Y el humor? ¿Dónde cabe?

B: En las caderas. En los bigotes. En los caballos que parecen saber que están posando.

T: ¿Usted se ríe de sus personajes?

B: Nunca. Ellos me enseñaron a mirar sin burlarme.

T: ¿Y el arte, maestro, para qué sirve?

B: Para que el alma no se oxide. Para que el cuerpo no se olvide. Para que el país no se repita.

T: ¿Usted se sintió solo?

B: Siempre. Pero el volumen me hacía compañía.

T: ¿Y el amor?

B: El amor es una escultura que uno nunca termina. A veces se rompe. A veces se agranda sin permiso.

T: ¿Usted hizo arte para los museos?

B: No. Lo hice para las plazas. Para que el pueblo se viera sin pagar entrada.

T: ¿Y qué le duele más: la crítica o el olvido?

B: El olvido. La crítica es ruido. El olvido es silencio.

T: ¿Usted cree en Dios?

B: Creo en la forma. Y si Dios existe, debe tener volumen.

T: ¿Y la política?

B: La pinté. No la entendí. Pero la sufrí.

T: ¿Usted se despidió de sus obras?

B: Nunca. Ellas se fueron quedando en el mundo como hijos que no regresan.

T: Si pudiera dejar una sola figura en la tierra, ¿Cuál sería?

B: Una mujer sentada, desnuda, con los ojos cerrados. Que no mira, pero recuerda. Que no habla, pero pesa.

 

JLTB

 

Alí Primera, más vivo que nunca | Simón Petit

 

Fernando Botero pintó la guerra, especialmente en su famosa serie «Abu Ghraib», inspirada en las torturas que ocurrieron en esa prisión iraquí tras la invasión de Estados Unidos en 2003. Esta colección de casi cien obras utiliza su estilo característico de figuras voluminosas para denunciar la tortura y el sufrimiento humano en ese evento.

Los líderes políticos de Estados Unidos y el Reino Unido que apoyaron la invasión de Irak han afirmado que la guerra fue legal. Sin embargo, numerosos expertos y otros líderes mundiales han argumentado que la guerra carecía de justificación y violaba la Carta de las Naciones Unidas.

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.

Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.

Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales. 

Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación. 

 

Escribe como quien borda, con barro en los pies

cielo en la lengua, fuego en la voz,

con oído de calle y pulso de viento. 

Poeta que escucha lo que otros callan 

y traduce silencios en tinta viva.

(Reseña de Antonio V. Díaz B.)

 

Ciudad Valencia / RN