El gato Luca, José Luis Troconis Barazarte Ciudad en verso y prosa

En esta ciudad uno aprende que las cosas importantes no hacen ruido. No llegan con trompetas ni con avisos previos. Se deslizan. Se instalan. Se quedan.

Así llegó Luca.

Una tarde cualquiera, esas tardes que parecen hechas de aire tibio y cansancio, apareció en mi cuarto. Yo estaba frente al televisor, dejándome llevar por ese zumbido que no dice nada, cuando escuché un miau que no pertenecía a mi inventario de sonidos conocidos.

Volteé.

Y ahí estaba: sentado al lado del televisor, con la postura de quien ya sabe que será parte de tu vida, aunque tú todavía no lo sospeches.

No era un maullido casual.

Era un miau narrado, un miau con argumento, un miau de crónica corta.

Como si me dijera:

“Vengo de un sitio que no te voy a explicar, pero aquí estoy. Atiéndeme”.

Desde ese día decidió que mi cama era su cama. Que mi cuarto era su territorio diplomático. Que mi presencia debía ser supervisada con la seriedad de un guardia nocturno. Y yo, que nunca he sabido decirle que no a los afectos que llegan sin pedir permiso, lo acepté.

Dormimos juntos.

Respiramos juntos.

Y cada vez que yo entraba a la casa, él comenzaba su editorial diaria:

miau, miau, como si me contara lo que había pasado en mi ausencia, lo que había visto por la ventana, lo que había soñado mientras la ciudad seguía su ruido.

Pero la vida, esa señora que siempre mueve los muebles sin avisar, decidió que yo debía mudarme.

Un año y medio fuera de la casa.

Un año y medio lejos de Luca.

No lejos del país, no lejos del afecto, pero lejos de ese cuarto donde él había decidido que yo era suyo.

Mi hijo se quedó con él. Lo cuidó con esa mezcla de paciencia y cariño que uno agradece sin decirlo. Y Luca, mientras tanto, siguió creciendo, comiendo, durmiendo, vigilando la ventana, escribiendo su propio diario felino.

Yo pensaba:

¿Se acordará de mí?

¿O los gatos también archivan los afectos cuando uno tarda demasiado?

La respuesta llegó el día del regreso.

Apenas crucé la puerta, Luca me miró como si hubiera vuelto de una guerra. Caminó hacia mí con ese paso de emperador doméstico y soltó un miau que no era saludo: era relato acumulado.

Un año y medio comprimido en un solo sonido.

Después vino otro.

Y otro.

Era su informe completo:

las noches frías,

las tardes largas,

las visitas,

los silencios,

las cosas que vio y las que imaginó.

Estaba más gordo.

Yo, menos.

Pero el cariño, ese músculo que no se atrofia, seguía intacto.

Como si el tiempo hubiera pasado por todos lados menos por nosotros dos.

Ahora, cada noche, Luca vuelve a contarme la ciudad.

Se acomoda a mi lado, respira hondo, y antes de dormirse suelta un miau suave, casi un susurro.

Y yo entiendo:

no es un maullido.

Es un capítulo.

Es la continuación de una historia que empezó sin aviso, sin ruido, sin permiso.

Y que sigue escribiéndose cada vez que él me mira y dice:

miau, miau…

 

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Poesía

Luca (variación)

 

Llegó sin anunciarse,

como si la casa

lo hubiera llamado primero.

Se acomodó junto al televisor

y soltó un miau

que parecía recordar algo.

Desde entonces

duerme pegado a mí,

como si cuidara

el borde de la noche.

Me fui un tiempo.

Él se hizo redondo,

yo un poco menos.

Al volver,

su miau traía días enteros,

horas que no vi,

ventanas que él vigiló por mí.

 

Y entendí:

hay afectos

que no preguntan nada,

solo esperan

a que uno regrese.

 

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Cuento

Gato que sabía regresar

En la casa donde yo vivía antes, una casa que parecía construida más por la memoria que por los albañiles, ocurrió un suceso que nadie en la cuadra pudo explicar con palabras simples. Fue el día en que Luca, un gato que no era mío ni de nadie, apareció en mi cuarto como si hubiera atravesado una pared que solo él conocía.

Yo estaba viendo televisión, o fingiendo que la veía, cuando escuché un miau que no venía del pasillo ni del patio, sino de un lugar más hondo, como si la casa hubiera decidido hablar por primera vez. Volteé y lo vi: sentado junto al televisor, con los ojos abiertos como dos lámparas antiguas que hubieran despertado después de un largo sueño.

No se movió. No pidió comida. No buscó caricias. Solo dijo miau, con la gravedad de quien trae un mensaje que no puede esperar.

Desde ese día se quedó conmigo. Dormía a mi lado como si conociera mis sueños desde antes de conocerme. Caminaba por la casa con la autoridad de un guardián silencioso. Y cada vez que yo regresaba de la calle, él me recibía con un miau distinto, como si cada uno fuera un capítulo de una historia que solo él sabía contar.

Pero la vida, que a veces se comporta como un viento caprichoso, decidió que yo debía mudarme. Un año y medio lejos de la casa. Un año y medio lejos de Luca. Mi hijo se quedó con él, y me decía que el gato seguía allí, vigilando la ventana, engordando con la paciencia de los seres que esperan sin prisa.

Yo, mientras tanto, pensaba en él más de lo que uno debería pensar en un gato. Me preguntaba si me recordaría, si su historia seguiría sin mí, si su miau tendría otro destinatario.

El día que regresé, la casa parecía más pequeña, como si hubiera encogido para proteger lo que guardaba. Abrí la puerta y lo vi: Luca, más redondo, más solemne, más dueño de sí mismo. Caminó hacia mí con un paso lento, casi ritual, y soltó un miau tan largo que parecía arrastrar detrás de sí todos los días que no nos vimos.

Ese miau no era un saludo. Era un relato entero. Una crónica de tardes, lluvias, silencios y vigilias. Me contó, a su manera, lo que había pasado en mi ausencia: las noches en que la casa crujió como si fuera a partirse, las veces que esperó junto a la puerta sin saber por qué, los sueños que tuvo mientras dormía en mi cama vacía.

Yo lo escuché sin entenderlo del todo, pero entendiendo lo esencial: que el cariño no se muda, que la memoria no se adelgaza, que hay afectos que saben regresar incluso cuando uno no está.

Desde entonces, cada noche, Luca se acuesta a mi lado y antes de dormirse dice un miau suave, casi un suspiro. Y yo sé que no es un maullido. Es un recordatorio. Una forma de decirme que la historia continúa, aunque uno se vaya, aunque el tiempo pase, aunque la casa cambie de tamaño.

Porque hay gatos, muy pocos, que no viven en las casas. Viven en la vida de uno. Y saben regresar.

José Luis Troconis Barazarte

 

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

Ciudad Valencia/ER