Canciones de Navidad… Nos volvemos a ver en esta parada de esquina, en este terminal de trenes sin retorno que resulta ser el tiempo, donde la cita, muchas veces, no nos hace cruzar los mismos pasillos, ni las mismas localidades, simplemente nos detiene en un punto donde coincidimos para leernos el día.
Entre ese detenerse para leer y escudriñar, está el tiempo donde indiscutiblemente hemos sido bendecidos con las alegrías que nos trae el cuerpo. Una de ellas, tal vez una de las más importantes para mí, es la alegría de la música. Todo en relación a ella me emociona, desde seleccionar un género que vaya acorde con mi estado de ánimo, un ritmo, unas cuantas melodías, hasta seleccionar cuál será el autor o intérprete que me acompañe en esa travesía. Indiscutiblemente, una de las épocas en las que las canciones recobran un papel protagónico en la escena es en el mes de diciembre.
Las canciones adquieren una gran importancia en el banquete de cada noche y en la celebración en general. En mi caso, que me he acostumbrado a indagar qué es aquello que se encuentra debajo de la piel las palabras, he encontrado en las personas diferentes posturas en relación a las fiestas y a todo lo que transcurre en ellas.
El bochinche en la casa no se hace esperar, incluso ahora cuando tengo hijos y sobrinos merodeando por las puertas de la cocina a ver si alguna galleta está sin que alguien se la coma, la música es una parada importante en el clima navideño, para ambientarnos con las cosas bonitas y agradables. Entonces de niño o de grande es bueno incluir las canciones para alegrarnos el rato compartido. Eugenio Montejo en su poema Diciembre nos dice:
Aunque diciembre nos cubra de pesebres
todas las casas,
ninguno muestra tantas cosas de Dios
como un nido de pájaros.
Basta mirar cualquiera a la intemperie:
en su interior José y María,
con diminutos cuerpos
resultan siempre más reales,
y en el silencio se entregan a velar…
…Nunca sabrán qué es Navidad
ni por qué los hombres dividen el tiempo
si al fin todas las horas son iguales.
En vela noche y día,
aguardan que la fuerza que expande la raíz,
la que muda las hojas y mueve los planetas,
ascienda por el árbol hasta el nido
y rompa la cáscara.
Aunque evidentemente no es una canción, refleja ese verdadero espíritu de estas fechas y la sensibilidad que acompaña al poeta, al recrear de segundas miradas, verdaderos espacios de contemplación como el mencionado por Montejo. Una visión muy pura de lo que debe admirarse en las fiestas.
Pero, si de lecturas se trata, para intentar entender la naturaleza de las fiestas en esta época decembrina, es importante resaltar las canciones de Navidad. Antes, cuando era una niña, que mi trabajo consistía en bailar esa música chévere que aparecía siempre en las fiestas o cuando nos reuníamos para hacer las hallacas, o cuando llegaban los familiares de afuera para nuestra casa, disfrutaba plenamente las canciones de Navidad.
Es decir, era muy sencillo disfrutar y entretener, un paso a la izquierda, otro a la derecha y el paso para adelante y para atrás que no podía faltar. Pero siempre, por el rabito del ojo, veía como los adultos se empezaban a colocar tristes o melancólicos cuando sonaba una que otra gaita, “que en alguien han de pensar… todas esas lindas cosas que no pudieron lograr”, como decía Neguito Borjas en su canción.
No me refiero a anclarme en una canción como un sentimiento único, porque cada adulto siente diferente cada canción dependiendo de su experiencia de vida. En todo caso, yo, en mi noción de niña, con la tarea única de pasarla bien, hacer pasar bien al resto, miraba con curiosidad las lágrimas de mis padres y familiares al escuchar una canción.
Indudablemente, cuando llega la adultez, se entiende cómo los años me fueron haciendo de lunas una cicatriz del mundo que me acompaña. Ahora, desde mi silla o ventana, cuya luna me trae en su reflejo las navidades pasadas, unas navidades donde mi vida era distinta u otros afectos me acompañaban, dejo caer sutil y callada una lágrima por todo aquello que fue de mío por más de una década y que reposará para siempre entre mis más atesorados recuerdos.
El adulto trae consigo la experiencia de haber transitado, pero también la inevitable conjunción de la pérdida. En relación a eso, la poeta María Consuelo Bianchi escribió un poema de su libro Casa de espejos, publicado en el año 2015, que comparto con ustedes:
Ofrenda
En el centro de la casa gravita la madre.
Va, viene.
Compra regalos.
Prepara una cena de navidad para sus hijos.
Ella, calladamente, organiza todo
para el hijo ausente.
Es un poema que nos lleva específicamente a esa sensación que nos evocan las canciones de Navidad, es la bondad de poder ver todo lo que nos transita en su justa medida, honrando lo acumulado con los años, agradeciendo, continuando con las tradiciones, incluso cuando sabemos que ese pariente tan amado por nosotros ya no va a llegar. Pero ahí se ve el espíritu de no desfallecer, de seguir transitando entre las ausencias, de comprender desde el abrazo y seguir el orden natural de las cosas.
Hay valentía en ello y hay una increíble muestra de que nosotros, los seres humanos, somos capaces de bailar al son que nos toquen y sin imponernos. Es imposible no pensar en Las uvas del tiempo, escrita en 1923 por Andrés Eloy Blanco. Colocaremos el párrafo inicial y el párrafo final como referencia:
“Madre esta noche se nos muere un año
en esta ciudad grande todos están de fiesta
zambombas, serenatas, gritos,
ah! Cómo gritan, claro!
como que todos tienen su madre cerca.
Yo estoy tan sólo madre, tan sólo, pero miento, que ojalá lo estuviera
estoy con tu recuerdo
y el recuerdo es un año pasado que se queda…”
“…mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta
mi labio está bebiendo de tu ceno
que es el racimo de la parra buena
el buen racimo que exprimí en el día sin hora y sin reloj
de mi inconsciencia
Madre esta noche se nos muere un año
todos estos señores tienen su madre cerca
y al lado mío, mi tristeza muda, tiene el dolor de una muchacha muerta
y vino toda la acidez del mundo a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la noche vieja…”
Simpáticamente, una de las canciones que más gustan en casa “Mi burrito sabanero” es interpretada este año por el cantante español David Bisbal, en una versión bastante andaluz, y aunque en casa les sigue pareciendo mejor la versión original, que es la venezolana, Bisbal se ha convertido en un embajador, hablando de las tradiciones de nuestra Venezuela y sus aportes para la música, es que lo maravilloso de compartir la velada, la comida, o las fiestas decembrinas, es que nos podemos pasear por casi todos los estados o sentimientos, ya que en breves minutos la lista de reproducción te llevará de la alegría a la melancolía, al recuerdo, al bochinche, a la lloradita y al tren de sensaciones que nos acompañan.
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Pero que sea esa sola lagrimita para limpiar tristezas y que podamos aprender a disfrutar ésta y todas las canciones que escuchamos para ir renovando voluntades cada año y vivir, vivir plenamente cantando a todo pulmón o siempre bailando, celebrando por decisión de vida y de fortuna nuestras hermosas canciones de Navidad.
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Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.
Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.
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