Hemos sabido por lo que va de día cómo se observa en si la mañana. Incluso hay quienes lo ven como algo automático. Pero bajo ese manto de aparente hermetismo, se esconde la esencia de la vitalidad de la existencia humana y todo, cuánto esta es capaz de percibir y sentir.
Observamos en el amanecer la posibilidad de recrear una escena desde todo punto o perspectiva. Casi podemos escuchar el «acción» para iniciar el día cuando estamos en presencia del amanecer.
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Pues bien. En la poética, sobre todo en la venezolana, ese amanecer se representa en la memoria de dos escritores que nos acercan con sus rayos de poemas las más claras figuras de sus amaneceres.
La primera es la poeta Luz Machado (1916- 1999). Esta escritora, que algunos tuvimos la suerte de conocer, se refiere a la extraña luminiscencia que no es para nada automática ni hermética. Es la luz que había en la poeta desde adentro. De su libro «Vaso de resplandor» leeremos un poema titulado:
Hora de espejo
Este mirarme siempre el propio abismo
ha invertido el mirar y es solo adentro
Dónde tiene mi esencia estas pupilas
Qué vigilan lo efímero y lo eterno
¿Quién me dejó el amor y su cadáver a la orilla del ser?
¿Quién dio las Sierpes de Medusa a mi voz y en mis umbrales grabó el escudo, roto, de Minerva?…
¿Quién pudo ser?… Acaso soy del caos
rebelde átomo errante, sin pareja,
que sufre de los otros igual suerte,
castigada a llegar al fin del día
con esta sed y el mismo oscuro hastío?
Aunque un poco fatalista a medida que pasa la dirección del día. La luz es la prosecución a recuerdo, la fibra que ata lo ya no continuado. Todo el poemario es de un estático movimiento del ser, un accidente de continuo alcance.
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Otro poeta que interrumpió la luz porque «venimos de la noche y hacía la noche vamos» fue Vicente Gerbasi (1913- 1992). Esta vez es la ausencia de luz lo que le da un tono de inmortalité. Este fragmento de canto que leeremos a continuación se ha convertido en el poema o la frase con más fuerza con el que se le lleva atado a Gerbasi a nuestras letras venezolanas.
Venimos de la noche y hacía la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
¿Dónde vive el almendro, el niño y el leopardo…
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.
No está de más esa correlación entre la luz y la oscuridad altamente revisada en cuánto análisis se pueda leer.
Pero así como no podemos inventar otro tipo de amanecer, no podemos olvidar que la antítesis de la luz es la oscuridad, que lo contrario del amanecer es un anochecer, pero en el texto de Gerbasi se evidencia un hecho tan obvio como asombroso. A cada anochecer, le deviene un amanecer.
Entonces la luz de lo agradable y eterno vuelve a presentarse sobre los ojos. Sin importar cuánto se recree y se acomode.
Después de todo, seguimos viendo cada amanecer, estemos donde estemos.
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Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.
Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.
Ciudad Valencia / RM












