Por José Roberto Duque: Carabobo: lenguaje, noticias y fake news

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Este año los venezolanos con mayor o menor conciencia patriótica hemos iniciado (y continuaremos) una misión que llamaremos, tal vez pretenciosamente, reconocimiento y afianzamiento de nuestro fervor en clave “Carabobo 1821”.

Hace 200 años obtuvimos una victoria en una batalla emblemática de la venezolanidad, y esa victoria rebasa y trasciende el ámbito bélico: no fueron solo la campaña y el desenlace en unas acciones dramáticas de matanza y destrucción de tropas enemigas, sino el significado político e incluso geopolítico de esa hazaña.

Al desembocar en ese momento de la batalla del 24 de junio, y antes, Bolívar y sus generales no tenían en mente solo el significado y tarea más o menos locales de independizar a Venezuela y echar a los españoles.

Carabobo no era el llegadero ni un fin en sí mismo, sino una estación más en el tren de la historia: lo revela el hecho de que Bolívar haya continuado de allí con las miras en Ecuador, y luego más al sur, adonde ya se habían iniciado otras campañas de emancipación.

Bolívar no restringía su visión de Carabobo al escenario local llamado Venezuela, sino a una unidad más amplia y ambiciosa, llamada Colombia.

De haberse conformado con la liberación y consolidación de Venezuela se hubiese quedado a mandar aquí, y más de un dolor de cabeza se hubiera ahorrado.

Así que Carabobo es un hito, pero además plataforma de lanzamiento de algo más grave y universal.

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La versión impresa del periódico Ciudad Ccs inaugura esta semana una serie de artículos y reseñas históricas bajo el rótulo genérico de Correo de Carabobo; otros productos editoriales y artísticos (micros para radio, murales, teatro, etcétera) se ocuparán del mismo tema en distintos formatos.

El espíritu de todos ellos persigue o se resume en varios objetivos o metas: entender y difundir la Venezuela de 1821 bajo la mirada de las generaciones e individuos que conviven en 2021.

Será una apuesta y un homenaje al dinamismo y sabrosura del lenguaje, de este asunto en que convertimos los venezolanos el castellano que trajeron los españoles a América, mezclado con voces africanas, indígenas y de remota procedencia.

Tendré el honor de intentar o coordinar ese esfuerzo, que será de un equipo y no de un sujeto aislado.

Como soy comunicador y me ha tocado vivir un tiempo de explosión de lenguajes, gracias a la tecnología y al múltiple y voraz contacto de culturas y aculturaciones, he comenzado la importante y sabrosa misión de detectar en el verbo de Bolívar un aspecto que, increíblemente, nos ocultaron en la escuela y en la academia: Simón era un jodedor que parece acartonado, en buena parte, porque no comprendemos tan bien el lenguaje del siglo XIX.

La otra parte de la misión es la mejor: “traducir” o hacer más digerible al ojo y al oído del venezolano actual (siglo XXI, dos siglos después de Carabobo) aquellos mensajes e intenciones, aquel malandreo caribe con el que incomodaba y empequeñecía a Santander en sus cartas.

La nueva sección del periódico, que se llamará Correo de Carabobo, estará llena de esas revelaciones y claves.

Y de otras más, que nos atañen como comunicadores: revisando a Bolívar y a su entorno nos percatamos de la importancia que le otorgaban los grandes señores de la guerra a la comunicación, e incluso a las noticias falsas o fake news, en el proceso de destrucción del enemigo.

La mentira al servicio del desconcierto y la desmoralización del contrario no es un elemento que inventaran Goebbels o McLuhan: más de un siglo antes ya Bolívar era capaz de detectar los engaños del enemigo, y lo empleaba también, seguramente por conocimiento de experiencias anteriores (nada nuevo: los generales y habitantes de Troya engañados por el famoso caballo).

Hay docenas de cartas donde el Libertador desmonta o descubre proyectiles de esos que ahora llamamos fake news.

En una de ellas, fechada en Trujillo el 20 de noviembre de 1820, le comunica a Francisco de Paula Santander, quien despacha desde Bogotá:

“Remito a Vd. esas gacetas curiosas, interceptadas al enemigo, con una carta que dice posteriormente que los enemigos estaban a dos días de Caracas, que son los mismos lugares de Tacarigua y Río Chico; esas tropas patriotas son ciertamente inventadas, con jefes y todo, pues yo no he oído mentar nunca al jefe Zapata.

Haga Vd. hacer un artículo de todas esas noticias, con referencia a todas esas gacetas y cartas”.

Las campañas de la Independencia, y entre ellas Carabobo, están llenas de ese tipo de episodios.

Años antes el propio Bolívar había producido una de estas fintas de desinformación: se inventó una fulana batalla de Guayabal, nada más para desorientar o desmoralizar a algún batallón.

Y justo antes de la batalla del 24 de junio, al parecer porque sospechaba que la correspondencia estaba siendo interceptada, le aseguraba a Santander que de Trujillo iba saliendo para Quito, en Ecuador, a reforzar la campaña de allá.

En eso insistía hasta febrero de 1821, hasta que de pronto lo vemos en Barinas, y luego en Achaguas rumbo a la gloria de Carabobo.

Y en cuanto a la vital y gravísima importancia que le daba a la información y a las comunicaciones, aparte de los gestos y decisiones grandiosas como el traer una imprenta y comenzar a imprimir el Correo del Orinoco, están episodios como el siguiente, ocurrido por esos mismos días previos al armisticio (noviembre de 1820).

El general Briceño Méndez, por órdenes de Bolívar, le envía a Ambrosio Plaza la siguiente orden:

“El oficio de US. es del 6 [de noviembre de 1820], y se ha recibido ahora [8 de noviembre de 1820], a la una de la tarde. Tan notable retardo es de un gran mal al servicio, y manda el Libertador que US. haga investigar, por qué ha sido esta dilación, a fin de castigar con la última pena al delincuente”.

Ni más ni menos: pena de muerte para el responsable de que una carta se tardara dos días en llegar, desde Santa Ana de Trujillo, hasta Trujillo capital; ese recorrido hoy se hace en carro en poco más de una hora (no sabemos en cuánto tiempo cubrían esas distancias los correos de la época). Y más tarde, en otra comunicación a Santander:

“Si por accidente se supiese o se recibiesen noticias de alguna negociación diplomática, que se ponga alas al correo, se ofrezcan premios exorbitantes para que volando me lleguen oportunamente. Deseo que nada se haga sin mi conocimiento en esta materia (…) Los correos me matan con sus dilaciones. Al fin tendré que mandar pagar los postas [los encargados del servicio de correo: los Whatssap de la época] españoles, pues que nos sirven mejor que los de Colombia. Hace más de dos meses que han llegado los fusiles a Angostura, y todavía no lo sé de oficio y los estoy esperando por momentos, de Guasdualito, si es que han sabido hacer esto siquiera (…) Mi desesperación en esta parte sólo compite con mi indignación, por esos señores. Hágame Vd. el favor de decírselos así”.

La Historia es un viaje fascinante, sobre todo cuando logramos entender que hay un duende o aliento que nos ha convertido, no en los pasajeros pasivos que miran por la ventana, sino en los protagonistas del recorrido: ya nos bajamos del carro, ya formamos parte del paisaje y somos el elemento que va transformándolo.

 

Por José Roberto Duque: Trapos rojos, y el Esequibo

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José Roberto Duque