Para entender la relación entre el PIB per cápita y el precio del petróleo en la Revolución Bolivariana, primero hay que sacarse de la cabeza esa idea burguesa de que «el mercado decide». No. El mercado no es un ente abstracto ni una ley natural. Es una relación social entre clases. Detrás de cada barril de petróleo hay sangre, sudor, tuberías oxidadas, trabajadores explotados y, sobre todo, una lucha feroz por quién se queda con la ganancia.

 

Antes de Chávez

Ponte en los zapatos de un obrero petrolero en los años 90, antes de Chávez. Trabajaba en la Faja del Orinoco, sudando la gota gorda, mientras que las ganancias de PDVSA se iban a Miami, a Houston, a las cuentas bancarias de unos pocos gerentes que hablaban inglés y miraban a Venezuela como una finca más. Eso era el capitalismo rentístico puro y duro: el petróleo era nuestro, pero la plusvalía se la llevaban otros.

 

Ojo, no te confundas

Cuando llega la Revolución Bolivariana, algo cambia. El Estado deja de ser un simple recaudador de impuestos para las trasnacionales. Empieza a quedarse con el control de la renta. Pero ojo, no te confundas: eso no fue un acto de generosidad divina. Fue el resultado de una presión desde abajo, de los trabajadores, de los movimientos populares que llevaron a Chávez al poder.

Y entonces, entre 2003 y 2008, ocurre algo hermoso y contradictorio. Por un lado, el precio del petróleo se dispara. No porque sí, sino porque hay una crisis de sobreacumulación en el centro del imperio. Estados Unidos invade Irak (2003), Afganistán, amenaza a Irán… ¿Qué buscan? Controlar las rutas energéticas. El capitalismo necesita petróleo barato para seguir funcionando. Y cuando hay guerra, el precio sube. Pero esa subida es un síntoma de la enfermedad imperialista, no una bendición del cielo.

Venezuela, gracias a la nacionalización parcial y a la renegociación de contratos, empieza a captar más divisas.

 

¿Y el trabajador petrolero?

El PIB per cápita sube como la espuma. Pasó de unos 4 mil dólares de la IV República a casi 14 mil en 2012. Suena bonito, ¿verdad? Pero un marxista te diría: ojo, ese PIB per cápita es un promedio que esconde la desigualdad. Sí, hubo misiones sociales, se construyeron casas, escuelas, hubo más acceso a la salud. Pero la propiedad de los medios de producción seguía siendo mayoritariamente privada o estatal-capitalista. El trabajador seguía vendiendo su fuerza de trabajo por un salario.

 

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La capa más profunda

La diferencia es que ese salario ahora valía un poco más. Porque el gobierno usaba los petrodólares para subsidiar alimentos, combustible, transporte. Eso es lo que los economistas burgueses llaman «gasto público», pero para nosotros es la lucha de clases desde el Estado: arrancarle a la burguesía nacional e imperial parte de la plusvalía para devolvérsela al pueblo en forma de consumo.

Ahora, hablemos de ese súper ciclo de precios altos (2003-2014). ¿Por qué subió tanto el petróleo? No fue casualidad. China entró en la OMC en 2001 y empezó a industrializarse a un ritmo brutal. Necesitaba energía. Y al mismo tiempo, las potencias occidentales habían desinvertido en exploración durante los 90 (porque el petróleo estaba barato y no les convenía). Oferta estancada, demanda creciente… y boom.

Pero hay una capa más profunda. El imperialismo necesita asegurar su suministro energético a cualquier precio, incluso yendo a la guerra. La invasión de Irak no fue por armas de destrucción masiva, fue por el petróleo y el dólar. Irak intentó vender crudo en euros en 2000. Saddam Hussein se atrevió a desafiar el monopolio monetario. Lo pagó caro.

Venezuela, con Chávez, también empezó a desafiar. Propuso la creación de un banco del Sur, una moneda regional, vendió petróleo a China y Rusia para romper la dependencia de Estados Unidos. Eso, mi amigo, es un acto de soberanía que el imperio no perdona. Por eso, aunque los precios estaban altos, la geopolítica se volvía cada vez más hostil.

El PIB per cápita siguió subiendo hasta 2012. En 2009, por la crisis financiera global, cayó un poco. Se recuperó después. La producción de petróleo empezó a caer a partir de 2012.

 

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El rentismo

Desde una perspectiva marxista, el gobierno cometió errores. En lugar de socializar realmente los medios de producción, se mantuvo una lógica capitalista de Estado: empresas mixtas con capital privado nacional y extranjero, concesiones, rentismo. No se profundizó en el control obrero, no se eliminó la ley del valor. O sea, el petróleo seguía siendo una mercancía que se vendía en dólares en el mercado mundial. Y eso te ata al capitalismo, por más revolucionario que seas.

Llegó 2014. El precio del petróleo se desplomó de 100 a 30 dólares. Pero no fue un accidente de mercado. Fue una decisión geopolítica de Arabia Saudita y Estados Unidos.

¿Recuerdas el fracking? Los gringos empezaron a producir su propio petróleo de esquisto. Ya no necesitaban tanto del Medio Oriente. Y junto con los saudíes, inundaron el mercado para bajar los precios. ¿El objetivo? Quebrar a los países que se les resistían: Rusia, Irán, Venezuela.

Eso es imperialismo descarado. Usar el control de los precios de las materias primas como arma de destrucción masiva. Y funcionó. El PIB per cápita venezolano se fue al infierno. En 2013 ya estaba en 8,000 dólares. Para 2018, menos de 3,000. La economía se contrajo un 70% en cinco años. Eso ni en la Gran Depresión.

¿Y qué hizo el gobierno? Seguir gastando en misiones sociales, pero cada vez con menos ingresos. Dejó de importar comida, medicinas, repuestos. La hiperinflación no fue un error económico técnico: fue la expresión de la lucha de clases en condiciones extremas.

 

¿Quién paga los platos rotos?

Cuando el Estado no puede subsidiar el consumo popular porque el imperialismo le cierra las llaves de divisas, la clase trabajadora paga los platos rotos. El capitalismo siempre descarga su crisis sobre los más débiles.

Pero ahí viene lo más doloroso: parte de la burguesía venezolana y de la pequeña burguesía (sí, esos que se llaman a sí mismos «clase media») empezaron a boicotear, a acaparar, a especular. Se formó una alianza entre la burguesía nacional y el imperio: ellos ponían el desabastecimiento interno, el imperio ponía las sanciones. Todo para tumbar al gobierno. Y mientras tanto, la gente haciendo colas de 12 horas por un kilo de harina.

Eso es la dialéctica perversa del capitalismo dependiente.

Venezuela, con la mayor reserva de petróleo del mundo, terminó importando comida y medicinas. Porque su economía estaba desarticulada y el intento de romper esa dependencia chocó con la realidad de que no se había construido una base industrial socialista. No se puede comer petróleo.

A partir de 2017, Estados Unidos impuso sanciones financieras y petroleras. Básicamente, prohibió a cualquier empresa estadounidense o europea comprar crudo venezolano, refinarlo, o venderle diluyentes. La producción, que ya venía cayendo, pasó de 2.5 millones de barriles diarios en 2013 a menos de 500 mil en 2020. Un desplome histórico.

 

Pandemia, el remate

¿Y el PIB per cápita? Tocando fondo. En 2020, con la pandemia, fue el remate final. Muchos economistas burgueses dicen que cayó a menos de 3 mil dólares. Pero no te fíes del promedio. La realidad es que la mayoría de la gente vivía con menos de un dólar al día. El salario mínimo apenas alcanzaba para comprar un kilo de carne al mes. La emigración masiva (más de 7 millones de personas) no fue una «decisión voluntaria», fue una expulsión forzada por el hambre.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿el gobierno bolivariano no tuvo responsabilidad? Desde una perspectiva marxista crítica, sí. La burocracia (porque eso fue lo que se consolidó, una burocracia estatal que no rindió cuentas al pueblo) cometió errores garrafales. Se aferró al control de cambio como una tabla de salvación, pero eso generó un mercado negro enorme que benefició a los nuevos burgueses. No se permitió el control obrero real de las fábricas. Se mantuvieron estructuras capitalistas dentro del llamado «socialismo del siglo XXI». Y cuando la crisis apretó, esa burocracia se dedicó a proteger sus privilegios, no al pueblo.

El imperialismo fue brutal, sí. Pero también hubo traición desde adentro. Como dijo Rosa Luxemburgo: la libertad solo para los que piensan diferente no es libertad. Y en Venezuela, el poder popular fue cada vez más controlado, más domesticado. Se perdieron espacios de democracia directa. Eso, sumado al cerco externo, hizo implosión.

Si algo nos enseña esta tragedia, es que el simple control estatal de los recursos naturales no es suficiente. El capitalismo de Estado (donde el Estado actúa como un gran capitalista) sigue reproduciendo la lógica de la acumulación, la mercancía, el valor de cambio. Para romper esa lógica, se necesita la socialización real de los medios de producción: que los trabajadores decidan qué producir, cómo y para quién.

Pero no basta con controlar el petróleo. Porque el petróleo es una mercancía mundial. Su precio lo fija el mercado capitalista, y ese mercado está manipulado por los grandes monopolios y los estados imperiales.

 

La jaula de hierro

Mientras Venezuela venda petróleo en dólares, dependerá de la Reserva Federal, de las guerras de Estados Unidos, de los vaivenes de la bolsa de Nueva York. Es una jaula de hierro.

La única salida, desde una perspectiva marxista, es la construcción de un bloque antiimperialista de países que rompan con el dólar, con el FMI, con el Banco Mundial. Pero eso requiere algo más que discursos. Requiere transformar las relaciones de producción a nivel internacional.

Ahora, no quiero terminar con pesimismo. Porque los venezolanos les dimos una lección al mundo: resistimos un bloqueo más feroz que el impuesto a Cuba. Aprendimos a sembrar en conucos, a hacer trueques, a organizarnos en CLAP a pesar de la corrupción.

El pueblo siempre encuentra la manera de sobrevivir. Y eso es lo que el imperialismo no entiende: la creatividad de la clase trabajadora es infinita.

Déjame contarte una imagen que nunca olvido. Un amigo, durante lo más crudo de la crisis, me mostró su pequeño huerto. Tenía tomates, lechugas, hasta un árbol de aguacate en una maceta enorme. Me dijo: «Esto no lo para ni Dios ni Trump». Al lado, tenía una radio vieja sintonizando una emisora comunitaria. El petróleo no había llegado a su casa, pero la vida sí.

El PIB per cápita, ese número abstracto que tanto les gusta a los economistas de la televisión, no medía la dignidad de ese huerto. Tampoco medía las colas de gente solidaria que compartían el poco pan. El PIB es un instrumento del capital para cuantificarnos como «recursos humanos». Nos reduce a una cifra.

Lo que realmente importa es la relación social: ¿Quién tiene el poder de decidir? ¿Quién se apropia del trabajo ajeno? Durante la Revolución Bolivariana, hubo avances enormes en la conciencia popular. Por primera vez en décadas, los trabajadores supieron que el petróleo les pertenecía en teoría. Que no fuera así en la práctica… bueno, esa es la tarea pendiente. La lucha no terminó.

Hoy, el precio del petróleo volvió a subir (por la guerra en Ucrania, más sangre imperialista), el PIB per cápita repuntó un poco, pero la mayoría de la gente sigue sobreviviendo. La burocracia sigue en el poder, el imperio sigue respirando cerca de nuestra yugular. El socialismo, el verdadero, el de abajo, el de los consejos obreros y las comunas, sigue siendo un horizonte.

La lección es universal: los recursos naturales de tu tierra son tuyos, de tu clase, no de los accionistas de Exxon ni de los generales de Washington. Pero para recuperarlos de verdad, no basta con un gobierno bonachón. Hay que romper la lógica del capital. Y eso duele. Lleva tiempo. Lleva errores. Pero es el único camino. Seguimos en la trinchera.

 

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Pedro Grima Gallardo-exrector UNELLEZ

Pedro Grima Gallardo: Ex-rector de la Unellez, dirige el Blog La Colmena. Físico-ULA. Asesor del Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y la Tecnología (Mincyt).

 

 

 

 

Ciudad Valencia/RN