Christian-Farias-la ventana dialéctica-política-historia

El reciente proceso electoral realizado el domingo 28 de agosto de 2024, para elegir el nuevo presidente de la República Bolivariana de Venezuela, tuvo como resultado claro, legal, legítimo y absolutamente constitucional, una extraordinaria victoria para nuestro candidato, el camarada Nicolás Maduro. En consecuencia, seguirá en su puesto de mando presidencial por seis años más, tal como lo establece nuestra Carta Magna.

Siendo esa la realidad, damos por terminada la contienda por la silla de Miraflores y se reafirma que nuestro presidente seguirá siendo Nicolás Maduro, en virtud de ser el más lúcido estratega, estadista y humilde servidor del pueblo y de la patria, que el Comandante Presidente Hugo Chávez, designó con absoluta y total certeza, precisión y sabiduría.

Inmediatamente después de la partida física del comandante eterno, surgieron muchas preguntas en el imaginario colectivo, tales como: ¿Qué será de Venezuela sin Chávez? ¿Volverá a caer en las manos del viejo Pacto de Punto Fijo (AD y COPEI) o de los desastrosos fascistas emergentes de la nueva oposición oligárquica, pitiyanki y perversa? ¿Podrá el chavismo sin Chávez, resistir los ataques criminales del imperio y sobrevivir a esos hechos?

Hoy, a once años de su ausencia física, una breve comparación nos aclara el panorama: por un lado, el proceso revolucionario bolivariano sigue en pie firme y empinado hacia el anchuroso cielo. Por otro lado, la incapaz, obtusa y desquiciada oposición pitiyanki, no muestra ni asoma nada bueno, ni sano, ni decente. Está ahogada en su propia maldad de engaños y traiciones.

Sus “lideres” ya no son líderes políticos; sino “deslumbrantes vende patria” como Capriles, Guaidó, Edmundo, María Corina y todas las figuras apátridas, financiadas y consentidas por sus protectores y “maestros” del Pentágono y la Casa Blanca de los Estados Unidos del norte de América

De manera que el debate político presidencial, ha quedado resuelto por la sagrada voluntad mayoritaria del Pueblo Soberano. En ese sentido, es pertinente analizar las dos dimensiones del nuevo tiempo histórico que se inicia con esta extraordinaria victoria política electoral y se proyecta hacia el mejor futuro inmediato del proceso histórico de la revolución Bolivariana.

 

Fortaleza y consolidación de nuestra democracia                          participativa y protagónica

Efectivamente, estamos en un nuevo horizonte de cambios históricos. Ya no regresaremos a la Venezuela de las dictaduras militares (Gómez y sus herederos), alentadas y respaldadas por EEUU, durante toda la primera mitad de nuestro siglo XX (1908-1958).

Ese fue el periodo de penetración y consolidación del nuevo imperio del Norte en nuestro país. Por un lado, se le dio impulso al capitalismo y la nueva oligarquía capitalista burguesa. Pero, al mismo tiempo, creció la pobreza y la falta de derechos ciudadanos y constitucionales. En síntesis, fue la época del caudillismo militar y modernizador, entregado a la hegemonía norteamericana.

Tampoco volveremos a ser la democracia formal representativa, subordinada y sometida totalmente a los intereses económicos y geopolíticos del imperio norteamericano, con base en el ya desaparecido Pacto de Punto Fijo (1959-1999), constituido por AD-COPEI-FEDECAMARAS, el Alto Clero y la vieja jefatura del alto mando militar.

Todos ellos, subordinados, como simples lacayos apátridas, a los designios del poder imperialista del Norte, son los responsables de las inmensas pérdidas de nuestras riquezas y el galopante crecimiento de la pobreza y la marginalidad en nuestro país.

Ese viejo poder, apátrida pitiyanki, persiste en volver a su vieja temporada orgiástica sustentada en la renta petrolera. Siguen buscando el regreso al poder del Estado venezolano. Pero, afortunadamente y por la voluntad firme, coherente y clara del pueblo soberano bolivariano, chavista y socialista, no han podido, no pueden ni podrán volver.

Desde la irrupción del comandante Hugo Chávez, hasta hoy, somos una Venezuela nueva, independiente, libre y soberana. Tenemos una Carta Magna, elaborada y legitimada por el pueblo en elección libre y soberana en 1999, convocada por el comandante Chávez.

De manera que el proceso revolucionario bolivariano apenas lleva 25 años de UNIDAD, LUCHA, BATALLA Y VICTORIA, en el contexto de una paz sólida y sustentada en el ejercicio diario y permanente de nuestra sagrada DEMOCRACIA PARTICIPATIVA Y PROTAGÓNICA, como nunca antes había existido durante más de 500 años de toda nuestra historia.

Es indudable e incuestionable que nuestros 25 años de democracia bolivariana, participativa y protagónica, han sido son y seguirán siendo un ejemplo, un modelo, un paradigma de independencia, libertad y protagonismo del pueblo con el pueblo y para el pueblo.

Debido a esa realidad histórica, es evidente que el imperio no ha respetado, no respeta ni respetará nunca, nuestra Carta Magna, nuestro PLAN DE LA PATRIA, nuestra democracia participativa y protagónica, nuestro Poder Popular, nuestro sistema de Comunas, nuestra inmensa red de CLAP, nuestro estado de bienestar social en sus cinco dimensiones o derechos (civiles, políticos, económicos, sociales y culturales) nuestro nuevo modelo de desarrollo económico, nuestra inserción internacional en la nueva realidad del mundo multicéntrico y multipolar con la vanguardia indestructible de los BRICS, en el cual ya Venezuela formará parte de sus integrantes, para fortalecer la independencia, el desarrollo y el bienestar de todos los pueblos de Nuestra América y del mundo.

Hoy, somos un pueblo consciente de nuestro propio protagonismo y destino histórico. Sabemos asumir nuestra propia participación y protagonismo para fortalecer, cada día más, nuestra democracia sagrada, propia y universal, como  ejemplo supremo para todos los pueblos del mundo.

En ese sentido, es necesario conocer bien, analizar y valorar ese periodo clave de nuestra historia más reciente, para correlacionarlo con lo que hoy estamos viendo y protagonizando nuevamente, después de 22 años de victorias para el pueblo y derrotas para los apátridas.

La historia de estos 24 años de desarrollo y vigencia total de la revolución bolivariana, ha quedado reafirmada y consolidada con la reciente reelección presidencial de Nicolás Maduro; por su lealtad total y absoluta al legado de Chávez y por la unidad profunda del pueblo bolivariano, independentista, libre y soberano.

La malísima y trágica jugada, puesta en marcha, para imponer al señor Edmundo González como ganador y presidente electo por mayoría de votos, constituye, de verdad, un episodio sorprendente, tragicómico, inédito, ridículo y criminal, en la historia electoral de la democracia en Venezuela.

Más allá de lo risible, realmente lo que duele y lamentamos mucho, es la parte trágica de la locura desenfrenada de la señora María Corina Machado. Ella actuó como la jefa máxima y única, de la campaña del candidato Edmundo, en sus momentos más violentos y trágicos, llenos de odios y sedientos de sangre.

En consecuencia, suponemos que ella manejó todo el dinero de la campaña para sus seguidores y subjefes de comanditos electorales en la búsqueda y el reclutamiento de votantes para Edmundo. También suponemos, que ella reclutó gente pagada para que iniciaran el proceso de sabotaje y violencia, incendios y tiros de balas con saldos de muertos y heridos.

Igualmente, los ataques a los locales comerciales, vehículos y estatuas simbólicas en plazas e instituciones escolares; así, como trancas e incendios en calles y avenidas de alta circulación de vehículos; destrucción de calles, plazas y espacios comerciales.

Pero, lo más peligroso, grave y lamentable, fue la puesta en escena de la locura fascista, de origen italiano, español y alemán, en la supuesta confrontación contra el gobierno vigente de Nicolas Maduro.

Ese ímpetu fascista arrojó un saldo trágico y pone en evidencia la otra cara de la moneda. Detrás de la disputa por los votos, lo que realmente luce como la intención verdadera y de alcance estratégico, fue la violencia criminal desatada para generar muertos y venganzas inmediatas; es decir, el estallido de una guerra civil.

Paralelamente a esa ofensiva guerrerista, el CNE procede al escrutinio electoral para anunciar, como es costumbre, los primeros resultados para que el país sepa cuál es la tendencia y se prepare como ganador o perdedor, de acuerdo con la lógica del voto universal, directo y secreto.

Sin embargo y sorpresivamente, la señora María Corina se adelanta al CNE y pone a rodar sus propios resultados que dan como ganador absoluto al señor Edmundo; y a Nicolás como el perdedor, con una diferencia de votos demasiado exagerada.

La pregunta inmediata que vino a mi mente fue ¿Cómo obtuvo ella ese resultado tan ganador, antes de que el CNE, como  órgano rector y autorizado para informar, emitiera sus primeros anuncios y luego,  el resultado final como siempre se ha hecho?

La respuesta dada por los técnicos y expertos, aclaró que el sistema electrónico de transmisión de los datos desde cada centro de votación hacia el centro nacional, fue jaqueado o asaltado, para robar y modificar los votos emitidos por el pueblo soberano, en cada centro de votación.

 

Victoria electoral del glorioso pueblo bolivariano

Esta contienda electoral, estuvo totalmente polarizada entre las dos fuerzas que generan y encarnan las tensiones de nuestra realidad histórica de hoy y del futuro inmediato. De un lado, la continuidad histórica del proceso revolucionario bolivariano chavista con Nicolás como presidente; y del otro lado, el retroceso y desmontaje de la revolución bolivariana con el señor Edmundo o con la señora Corina en el Palacio de Miraflores.

En ese sentido y desde el punto de vista de la legalidad constitucional, garantizada por el Tribunal Supremo de Justicia, T.S.J. y el Consejo Nacional Electoral, C.N.E., el conteo electrónico de la votación dio como ganador a Nicolás Maduro con 5.150.092 votos, equivalentes al 51,20 % de los votos válidos.

El candidato Edmundo González obtuvo el segundo lugar con 4.445.978 votos, equivalentes al 44,02 % de los votos válidos.

Cada uno de los restantes ochos (8) candidatos presidenciales, obtuvieron un respaldo muy por debajo del millón de votos, como resultado de la altísima polarización entre Nicolás y Edmundo.

En consecuencia, la sumatoria de todos los votos de los diez (10) candidatos, representa el 80% de la votación válida y legitima, como tendencia irreversible, lo cual significa que el conteo total y final, absoluto y definitivo, de todos los votos válidos, será igualmente favorable al candidato Nicolás Maduro.

Queda claro, entonces, que Nicolás Maduro es el presidente legítimamente reelecto; mientras que el dúo sui generis Urrutia-Machado quedó en segundo lugar; y el tercer lugar está repartido entre los ocho candidatos restantes de la oposición no fascista, ni loca, ni criminal; sino un poco más sensata, equilibrada y convencida de su incapacidad para superar las rivalidades, las divisiones y la fragmentación en caudillitos sin mucha tropa.

 

Christian Farías / Ciudad Valencia